¿Por qué EEUU ha capturado a Maduro en horas cuando tardó meses con Sadam?
Sin botas, sin ocupación, sin guerra larga: la decapitación como ruptura estratégica de Trump frente al pasado

Nicolás Maduro, izquierda, y Sadam Husein, horas después de su arresto en diciembre de 2003 | Zuma Press y Departamento de Defensa de EEUU
La captura relámpago de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha reabierto un viejo debate en Washington y en las cancillerías occidentales. Cómo y por qué Estados Unidos ha pasado de largas campañas militares para derribar regímenes hostiles a operaciones quirúrgicas de captura selectiva, capaces de neutralizar a un jefe de Estado en cuestión de horas. La comparación más inmediata es inevitable: Sadam Huseín, localizado y detenido en diciembre de 2003 tras meses de ocupación militar de Irak, frente a un Maduro sacado de Caracas en una operación breve, precisa y sin un despliegue masivo de tropas terrestres.
El contraste no es solo técnico. Es histórico, político y estratégico. Y explica hasta qué punto Estados Unidos ya no combate las mismas guerras ni persigue a sus enemigos del mismo modo.
La coincidencia del calendario añade un simbolismo notable. Hace exactamente 36 años, un 3 de enero de 1989, el general Manuel Noriega, entonces hombre fuerte de Panamá, se rendía a las fuerzas estadounidenses tras la Operación Causa Justa, ordenada por el presidente George H. W. Bush. Noriega acabó juzgado en tribunales estadounidenses por narcotráfico. Maduro, tres décadas después, sigue un camino sorprendentemente parecido, aunque en un mundo radicalmente distinto.
De la invasión total a la captura selectiva
Cuando Sadam Huseín cayó, Estados Unidos optó por la máxima expresión de la fuerza militar: una invasión a gran escala, ocupación del país, derribo del régimen y una caza de ocho meses del dictador iraquí, que terminó oculto en un zulo cerca de Tikrit. El coste humano, económico y político fue inmenso. El «día después» —reconstrucción, estabilidad, legitimidad— se convirtió en un fracaso prolongado.
La operación contra Maduro responde a otra lógica. Según medios estadounidenses, el presidente Donald Trump dio luz verde a la misión varios días antes, y esta fue ejecutada por la Delta Force, la misma unidad que capturó y aniquiló a Abu Bakr al-Baghdadi, líder del Dáesh hasta 2019. La localización de Maduro se ha realizado con apoyo directo de la CIA, autorizada a operar de forma encubierta en Venezuela. No ha habido ocupación, ni columnas blindadas, ni semanas de combate urbano. Hubo inteligencia, infiltración y extracción.
Dos épocas, dos estrategias
La diferencia fundamental no está solo en la tecnología —satélites, drones, vigilancia electrónica—, sino en la doctrina política. Sadam era considerado un enemigo militar, un jefe de Estado soberano al que había que derrotar bélicamente. Maduro, para Washington, era un riesgo para la seguridad nacional por dirigir el cartel de los Soles una organización terrorista extranjera dedicada al narcotráfico, según la Administración Trump. De hecho, está acusado desde 2020 de narcotráfico y crimen organizado por la justicia estadounidense.
Ese giro jurídico permite algo impensable en 2003: tratar a un presidente en ejercicio como a un fugitivo internacional, no como a un adversario militar clásico. El precedente de Noriega, más que el de Sadam, resulta hoy más pertinente.
La captura de Maduro se inscribe además en un fenómeno más amplio. Varios de los dirigentes del llamado «eje del mal», denunciado por Estados Unidos hace 23 años, ya no están en el poder. En Irak, Sadam fue derrocado y ejecutado. En Siria, Bashar al-Assad huyó a Rusia, tras una guerra devastadora. En Venezuela, Maduro ha sido arrestado y trasladado fuera del país.
No todos han caído del mismo modo, pero el mensaje es claro: el tiempo juega contra los regímenes aislados, incluso cuando parecen protegidos por terceras potencias.
De las botas a la decapitación del mando
Una de las claves que explica la diferencia entre la captura de Maduro y la larga caza de Sadam Huseín es el cambio radical en la secuencia de intervención estadounidense. Durante décadas, el patrón fue reconocible: primero, despliegue masivo de tropas o bombardeo sistemático de centros neurálgicos —infraestructuras militares, comunicaciones, ministerios—; después, ocupación del territorio; y solo al final, la persecución del líder.
En Venezuela, la lógica se ha invertido. Estados Unidos no ha puesto botas sobre el terreno ni ha buscado controlar el país. Tampoco ha intentado paralizar de forma prolongada el aparato estatal. La operación ha sido breve, quirúrgica y con un objetivo único, ir directamente a por el comandante en jefe para descabezar el gobierno.
El bombardeo previo, limitado y selectivo, no tuvo como finalidad abrir un frente de guerra ni desorganizar completamente al Estado, sino crear las condiciones de seguridad necesarias para ejecutar la captura. El mensaje implícito es claro. Washington ya no busca dominar el territorio, sino neutralizar el poder antes de que el sistema pueda reaccionar.
Esta doctrina —decapitación inmediata del liderazgo sin ocupación— contrasta con Irak en 2003, donde la eliminación de Sadam fue casi una consecuencia tardía de una invasión total. En el caso venezolano, la captura del presidente es el inicio, pero no el final de la operación. El país queda intacto por ahora, el aparato de poder herido, y habrá que ver si el régimen bolivariano decide por la ruptura o la continuidad con el riesgo de otro ataque estadounidense.
¿Traición en el núcleo del poder?
Sin embargo, uno de los grandes interrogantes que sobrevuela entre los analistas es si hubo colaboración o traición desde dentro del propio sistema chavista. Ninguna operación de captura de este nivel se explica solo desde el aire. Requiere información precisa, rutinas confirmadas y fallos en los perímetros de seguridad.
Washington no lo confirma, pero el silencio de sectores clave del aparato venezolano alimenta la hipótesis de que alguien podría haber facilitado la captura del líder chavista, por el que se ofrecía hasta 50 millones de dólares. De este modo, Maduro podría haber caído no por una revuelta popular ni por una ofensiva militar convencional, sino por una grieta interna.
El éxito de la noche y el riesgo del día después
Estados Unidos ha demostrado en los últimos 20 años que es extraordinariamente eficaz en capturas selectivas —como Bin Laden en Pakistán o Ayman al-Zawahiri en Afganistán—, pero fracasa con frecuencia en la gestión del «día después». La pregunta clave ya no es solo cómo ha caído Maduro, sino qué viene ahora para Venezuela.
Muchos ciudadanos del país esperan que esta intervención no desemboque en más colapso, sino en una oportunidad. Washington, por su parte, aspira a un cambio de ciclo que suponga que cientos de miles de venezolanos residentes en Estados Unidos regresen a su país, algo imposible sin estabilidad política y recuperación económica.
El impacto internacional ha sido inmediato. Moscú, Pekín, La Habana y Teherán observan con inquietud cómo un presidente amigo ha sido extraído de un país donde se suponía protegido por el orden diplomático internacional. Rusia ha exigido explicaciones formales a Washington. El mensaje implícito inquieta a otras capitales, pues la soberanía ya no garantiza ninguna inmunidad.
La diferencia entre Sadam y Maduro no es solo de tiempo, sino de época. En 2003, Estados Unidos aún creía que podía rediseñar países enteros. En 2026, apuesta por intervenciones limitadas, quirúrgicas y jurídicas, aunque el riesgo siga siendo el mismo, ganar la noche y perder el mañana. Maduro ha caído en horas. Sadam tardó meses. Sin embargo, la historia demuestra que capturar a un dictador es siempre más fácil que construir lo que viene después.
