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Julio Borges: «Maduro cayó, pero el riesgo es que el chavismo se recicle con otro uniforme»

El dirigente opositor denuncia que la ambigüedad del Gobierno de Sánchez acabó beneficiando al régimen de Venezuela

Julio Borges: «Maduro cayó, pero el riesgo es que el chavismo se recicle con otro uniforme»

Julio Borges en la sede de TO. | Carmen Suárez

La captura de Nicolás Maduro en la madrugada de este sábado en una operación militar estadounidense ha sacudido el tablero político venezolano y abierto una etapa cargada de incertidumbres. Para Julio Borges, expresidente de la Asamblea Nacional y uno de los principales referentes de la oposición democrática, el acontecimiento no debe interpretarse como el final automático del régimen chavista, sino como la caída de una ficción largamente sostenida. «Supone el final de la ficción del ‘intocable’. Maduro no fue un presidente normal; fue el jefe visible de un sistema de represión y saqueo que convirtió al Estado en botín, a la ley en arma y a la ciudadanía en rehén», afirma en una entrevista concedida a THE OBJECTIVE tras conocerse la operación contra el dictador venezolano.

Borges subraya que el debate internacional ya no gira en torno a si en Venezuela hubo abusos aislados, sino sobre la responsabilidad en la cadena de mando de un aparato represivo descrito por organismos internacionales. «El mundo ya no discute si hubo excesos puntuales. Se han documentado patrones de violaciones graves, incluida la atribución de responsabilidad en la estructura del poder», señala. Sin embargo, advierte de que el chavismo no se reduce a un solo hombre. «El chavismo no es solo Maduro; es una red. La caída del vértice abre una oportunidad histórica, sí, pero también activa el instinto de supervivencia de quienes se beneficiaron del crimen y la impunidad».

Ese es, a su juicio, el principal peligro del momento actual. «Lo decisivo no es la captura; lo decisivo es impedir que el sistema se recicle con otro uniforme y el mismo método», resume. Borges considera que una transición real solo se producirá si desemboca en instituciones operativas y elecciones auténticas. «Si lo que ocurre es una reacomodación interna para preservar negocios y blindar a los culpables, entonces solo habremos cambiado el nombre del problema. Pero ni Venezuela ni el mundo tragará eso», sostiene.

Tutela internacional y liderazgo venezolano

Las declaraciones del presidente estadounidense, Donald Trump, en las que afirmó que su Administración gestionará el futuro inmediato de Venezuela, han reavivado el debate sobre una posible tutela externa. Borges rechaza tanto el tutelaje como la improvisación. «El riesgo dependerá de nosotros, los venezolanos», afirma, recordando que Trump ha vinculado ese control temporal a una transición «segura» y a intereses estratégicos. «Hay una verdad política: el madurismo dejó al país tan desinstitucionalizado que el vacío se vuelve peligroso. La salida inteligente es un marco multilateral, verificable, con prioridades humanitarias y conducción venezolana».

El dirigente opositor insiste en una idea central: «Apoyo internacional, sí. Acompañamiento, sí. Presión y garantías, sí. Pero el timón de la transición debe ser venezolano». A su juicio, ese liderazgo interno debe estar blindado por observación y verificación internacionales «serias», capaces de evitar tanto la captura del proceso por intereses externos como la reconstitución del poder mafioso interno.

Sobre la posibilidad de celebrar elecciones libres este mismo año, Borges se muestra partidario de la rapidez, pero no de la precipitación. «Necesitamos elecciones lo antes posible, pero no elecciones de cartón», advierte. Enumera una serie de condiciones mínimas: liberación de presos políticos, fin de la persecución, restitución de derechos a candidatos y partidos, un árbitro electoral creíble, auditorías claras, observación internacional real y garantías para que voten los venezolanos dentro y fuera del país.

Al mismo tiempo, alerta contra una transición indefinida. «Venezuela tampoco puede quedarse en una espera eterna. Cuando no hay reglas ni rumbo, el poder lo ocupan las mafias», afirma. De ahí su defensa de «una transición corta, seria y con plazos claros, que conduzca a elecciones creíbles». Su conclusión es tajante: «Que sea rápido, sí. Pero que esta vez sea de verdad».

Justicia penal y memoria de las víctimas

La captura de Maduro reactiva también el debate sobre su responsabilidad penal. Más allá de los cargos que pueda afrontar en Estados Unidos, Borges pone el acento en la dimensión moral e internacional. «Venezuela no puede construir democracia sobre una amnesia impuesta. Las víctimas existen y la justicia debe existir», afirma. Recuerda que, junto al proceso judicial estadounidense —con acusaciones graves como narcotráfico—, se mantiene la vía internacional: informes de Naciones Unidas que hablan de crímenes de lesa humanidad y el expediente abierto en la Corte Penal Internacional.

«Lo responsable es que esto no sea propaganda ni revancha», sostiene. «Debe haber verdad, debido proceso, responsabilidad individual y reparación. Y, a la vez, un esquema serio de justicia transicional que permita recomponer el país sin impunidad para los crímenes mayores».

Borges no oculta su preocupación por la reacción de sectores del antiguo aparato de poder. «No es solo un temor; es un cálculo razonable», afirma sobre la posibilidad de que militares, colectivos armados o élites económicas intenten bloquear la transición. «Para ellos, la democracia no es una amenaza ideológica; es una amenaza existencial: se les acaba la impunidad».

Por eso defiende una estrategia dual: «Inteligente y firme». Inteligente, ofreciendo garantías condicionadas a quienes se sometan a la ley y cooperen con la reconstrucción; firme, con «cero tolerancia a chantajes armados o intentos de imponer una paz mafiosa». En ese punto, considera decisivo el papel de la comunidad internacional mediante verificación, sanciones selectivas y respaldo a un cronograma electoral real.

Zapatero, España y la «zona gris»

Uno de los pasajes más duros de la entrevista se refiere al papel del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero. Borges es categórico: «No actuó como mediador neutral, sino como lobista del régimen». A su juicio, su presencia «sirvió para lavar la cara del chavismo, darle oxígeno diplomático y alimentar el cuento de una normalidad que los venezolanos jamás vivieron».

Habla de una «zona gris inaceptable» marcada por mediaciones opacas y canales informales. «España y Venezuela merecen luz: registros, agendas, comunicaciones, contratos, intermediaciones y beneficiarios», reclama. En esa misma línea, apunta al Gobierno de Pedro Sánchez y al episodio de la visita de Delcy Rodríguez en 2020. «No es cuestión de complicidad, pero sí de complacencia y opacidad. Y en dictaduras, la ambigüedad siempre favorece al opresor», concluye.

Con cerca de ocho millones de venezolanos fuera del país, Borges insiste en que el retorno no llegará por discursos. «La gente vuelve cuando vuelve la vida: seguridad, servicios, empleo, escuela y un Estado que no persigue». Ve posible un retorno gradual si la transición estabiliza servicios, garantiza el Estado de derecho y abre un gran plan de reconstrucción con apoyo internacional. «El sueño no es solo que regresen, sino que regresen con dignidad y con país».

La caída de Maduro, concluye Borges, abre una ventana histórica. Pero el desenlace dependerá de algo más complejo que una captura: evitar que el viejo sistema sobreviva bajo un nuevo nombre.

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