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Internacional

203 años después: vivir con la nueva doctrina Monroe

Ya estamos en el año II del orden global del siglo XXI. Después de Ucrania y Venezuela, viene Groenlandia

203 años después: vivir con la nueva doctrina Monroe

El presidente de EEUU, Donald Trump, supervisa la captura de Nicolás Maduro.

El presidente Donald Trump tomó posesión de su cargo el 20 de enero de 2025. Casi un año más tarde, el comienzo de 2026 ha contemplado el estreno de la renovada Estrategia Nacional de Seguridad de EEUU, anunciada en noviembre de 2025. Es la nueva doctrina Monroe, 203 años después de la original; y esta es más ambiciosa, más global. Más complicada. Ya está en acción en Ucrania y en Venezuela. Está a punto de aplicarse a Groenlandia.

La doctrina Monroe original, proclamada en 1823 por el presidente James Monroe, determinaba que las grandes potencias europeas no tenían que intervenir en los problemas de los países americanos. A cambio, la joven nación estadounidense, independizada de la metrópolis británica 47 años antes, no se involucraría en los asuntos europeos. Europa estaba entonces en plena fase restauración del absolutismo, con especial acento en España: los Cien mil hijos de San Luis llegaron de Francia, con la bendición de la Santa Alianza, para liquidar el Trienio Liberal y restablecer a Fernando VII como rey absoluto.

Así que Monroe dijo: América, para los americanos. No queremos sus movimientos de colonización, no los queremos aquí; por nuestra parte, no se nos ha perdido nada en ningún lugar del mundo que no sean las Américas. Aquello no les pareció mal a la mayor parte de los líderes hispanoamericanos, en plena fase de guerras de independencia con España. Muchos años después, en 1904, el Corolario Roosevelt les estropeó la digestión de la doctrina: EEUU —proclamó el presidente Theodore Roosevelt— se reservaba el derecho de intervenir en los países del hemisferio americano para proteger sus propios intereses.

Y así hizo en Cuba, Haití, Nicaragua, República Dominicana, Guatemala, Panamá… y ahora Venezuela, ya bajo el enfoque de la nueva Estrategia, bautizada por el chistoso ocupante de la Casa Blanca como doctrina Donroe (Donald+Monroe, ja, ja). Este enfoque, el Corolario Trump, mantiene el objetivo, lo actualiza con la lucha contra el narcotráfico y la inmigración irregular, incorpora a China en el escenario rival e introduce novedades contra el Viejo Continente: debilitar la unidad europea, desestabilizarla apoyando a las fuerzas y gobiernos antiUE, forzar acuerdos económicos y aranceles que dan ventaja a Washington y establecer una relación preferencial con Rusia, la gran saboteadora de Europa.

La intervención del pasado día 3 en Venezuela, pactada con el régimen chavista, coloca al autócrata Nicolás Maduro en los tribunales estadounidenses acusado de narcotráfico —y está muy bien que ya no dirija la represión en Caracas— pero deja intacto el régimen, por el momento. La doctrina Donroe está en acción, y habrá que ver si el secretario de Estado, Marco Rubio, es capaz de hacer algo decente en las próximas semanas y meses —su hoja de ruta de la transición en tres fases— para respetar las decisiones de los venezolanos en las elecciones de mayo de 2018 y de julio de 2024, ganadas en muy difíciles condiciones por la oposición democrática, esa misma que ahora no estaría preparada para intervenir en la transición a la democracia. Ojalá el acceso de las empresas norteamericanas al petróleo sea paralelo al acceso de los venezolanos a la democracia, precedido por la puesta en libertad de los presos políticos del chavismo.

El aperitivo de la Donroe ha sido Ucrania. Un día Zelensky recibe una palmada en la espalda, otro día un palmetazo. Un día Trump es colega de Putin, otro día el zar ruso sufre un desaire. Los europeos, convidados de piedra. Total, ¿qué les va en el envite? Europa, para los europeos; y si Rusia tiene ambiciones de restauración imperial, pues es cosa de todos ellos. Al fin y al cabo, parte de Rusia ha sido y es Europa.

El siguiente plato del menú es el territorio autónomo de Groenlandia, la isla de más de dos millones de kilómetros cuadrados —cuatro veces España— situada en la plataforma continental americana, pero bajo el control de Dinamarca —que está a 3.000 kilómetros de distancia— desde hace 300 años. Gas, petróleo, oro, rubíes y sobre todo minerales raros son las razones del apetito estadounidense sobre la isla, además de su ubicación estratégica, entre Europa y Norteamérica. Ha habido frecuentes avisos —algunos, previos a Trump— pero el nuevo desorden mundial y la rivalidad con China los han acelerado.

EEUU quiere comprar la isla. Ni Dinamarca ni Europa quieren venderla. ¿Y los habitantes de Groenlandia? Seguramente están abiertos al mejor postor, o al más fuerte. En todo caso, el choque está prácticamente garantizado.

¿Podrá aguantar Europa? No parece. Esta Europa pusilánime, marginada de la guerra de Ucrania, que titubeó y se rindió con la presión de Trump sobre los aranceles comerciales y que ha aceptado cómodamente el paraguas estadounidense para garantizar su seguridad durante decenas de años, no está en su mejor momento. Declara la voluntad de asumir, económica y militarmente, su propia defensa, pero ese es un proceso largo; tiene fuerza comercial, reglas y valores, pero son fichas que han perdido valor en el desorden mundial.

¿Y España? Poco que decir sobre el Ártico, y menos cuando ha intervenido mal y tarde en el Caribe. Ojalá el Gobierno español, que se contenta ahora con brindis venezolanos al sol en compañía de gobiernos populistas, hubiera liderado de verdad desde hace años la búsqueda de una solución democrática en lugar de plegarse al chavismo bajo la dirección de Zapatero.  

Hay cosas que hacer. En la UE, trabajar no como 27 países, sino como una Unión. Y jugar a fondo con esas fichas —la fuerza del comercio, las reglas, los valores democráticos— presentando cara al antiguo aliado, a Washington. Si las posiciones son firmes, será más fácil que se tengan en cuenta. Si son débiles y desunidas, la UE perderá cada vez cuerpo y alma.

Y en EEUU, seguir de cerca la realidad de lo que va a ir ocurriendo con esta nueva doctrina Monroe -si es que Marco Rubio es capaz de distanciarse de la charlatanería que Trump necesita emitir para ser Trump- y atender, dentro del país, el desarrollo de los próximos meses, la pelea política que desembocarán en las elecciones legislativas de medio mandato del 3 de noviembre. Con la experiencia de lo ocurrido este año —la guerra contra los propios ciudadanos estadounidenses, como demuestra la muerte ayer de una mujer a manos de los crueles agentes del ICE en una redada antiinmigrantes— y con la lección aprendida de lo caro que resulta no ir a votar, cabe la posibilidad de que Trump pierda la mayoría en la Cámara de Representantes. Sus dos siguientes años serían distintos. Los del resto del mundo, también.

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