Irán a oscuras mientras Occidente mira hacia otro lado
El error estratégico de los manifestantes iraníes es querer ser amigos de Occidente

Protestas en Irán contra el régimen de los ayatolás.
El jueves por la noche, los servidores de Teherán bajaron el interruptor. Un apagón digital total diseñado para que 90 millones de almas queden aisladas mientras el régimen afila los cuchillos. Lo verdaderamente pavoroso no es la oscuridad impuesta por los ayatolás, expertos en apagar luces y vidas; lo aterrador es el apagón voluntario, esa ceguera selectiva que se ha instalado en las redacciones y cancillerías de Occidente. Mientras Irán arde, Europa bosteza y la izquierda hegemónica se mira el ombligo, incapaz de procesar que sus fetiches antioccidentales se están desmoronando poco a poco.
Desde el 28 de diciembre, una marea humana inunda las calles. Hoy se cumplen dos semanas. Y no se equivoquen: esto no va de izquierda o derecha. Esto va de civilización contra barbarie. Desde las ciudades santas de Qom y Mashhad hasta las seculares Rasht y Anzali; desde los barrios ricos del norte de Teherán hasta los arrabales empobrecidos. Ricos y pobres, devotos y ateos, unidos por una certeza: quieren ser una nación, no una comunidad islamizada. Quieren recuperar el León y el Sol y quemar la bandera de la sumisión.
Sin embargo, aquí impera el silencio. Un silencio administrativo, burocrático, casi criminal. John Simpson, editor de asuntos mundiales de la BBC, ilustró el 1 de enero la bancarrota moral del periodismo occidental con una frase para la historia de la infamia. Cuando un tuitero cuestionó la escasa cobertura de las revueltas, se excusó diciendo que es «muy difícil» informar sin corresponsales sobre el terreno. Y añadió: «It’s a bit like Gaza» («es un poco como Gaza»). La hipocresía de Simpson es de una vileza repugnante. La BBC, que no tiene acceso directo a la Franja, lleva desde octubre de 2023 abriendo boletines diarios con material de redes sociales y fuentes de Hamás. Pero para los iraníes que se juegan el cuello enviando vídeos de oficinas estatales ardiendo en Isfahán, la BBC solo tiene excusas.
¿Y qué hay de nuestra izquierda? ¿Qué le pasa a nuestra progresía, que se licúa ante el turbante y escupe ante la democracia si esta viene avalada por Occidente? Nuestra izquierda, hegemónica en los medios, padece lo que George Chesterton en The Telegraph llama, con acierto clínico, estar «trastornada»: «Hay muchas maneras de describir la desconcertante reacción de algunos progresistas ante la posible caída del régimen teocrático en Irán, pero el más exacto es ‘trastornado’».
Es el síndrome de Occidente: la autoflagelación patológica. Si te opones a Estados Unidos o a Israel, ganas automáticamente puntos, pero si te quejas de Irán los pierdes. Es una doble vara de medir inquietante, considerando que hablamos de un régimen que legaliza el matrimonio infantil y ejecuta a homosexuales en grúas de construcción.
No obstante, y aunque sea cruel decirlo, el error estratégico de los manifestantes iraníes es querer ser amigos de Occidente. Si quemaran banderas americanas, tendrían portadas en The Guardian. Pero como piden libertad, democracia y el fin de la sharía, resultan incómodos. Rompen el relato.
Luego está el antisemitismo. No se puede entender la pasividad de la extrema izquierda ante Irán sin mirar a Israel. La dictadura de los ayatolás es el mayor promotor mundial del antisemitismo, el cajero automático de Hamás y Hezbolá, los arquitectos del pogromo del 7 de octubre. Para una parte de la izquierda occidental, atrapada en su laberinto ideológico, condenar a Irán se siente como una traición a la «causa palestina». Han llegado a tal punto de degradación moral que prefieren callar ante las violaciones de mujeres iraníes antes que criticar al régimen que promete borrar a Israel del mapa.
Es el viejo odio disfrazado de antisionismo el que explica por qué el Gobierno de Pedro Sánchez tiene línea directa con Teherán, pero no con Jerusalén. Si Irán fuese una democracia a la judía, las calles de Londres y Madrid estarían colapsadas de manifestantes biempensantes queriendo derribar aquello, desde el río hasta el mar. Pero Irán es una teocracia islámica que mata judíos a través de sus proxies, y eso, por lo visto, le otorga una bula papal. Eso mola. En Colonia, Alemania, se vio la estampa definitiva de nuestra decadencia: una «Charo» teutona gritando «¡Palestina libre!» a una multitud de iraníes que protestaban contra la dictadura de Jamenei. El feminismo de pancarta occidental calla ante las verdaderas feministas que en Irán se arrancan el velo frente a las balas porque, en el fondo, su odio a Israel pesa más que su amor por las mujeres.
La vida en Irán es esquizofrénica. De día, segregación en autobuses, playas y gimnasios; prohibición de bailar, de beber, de tocarse. De noche, en la clandestinidad de las villas y el desierto, la juventud se venga con fiestas donde corre el alcohol casero, las mujeres lucen escotes y narices operadas —Teherán es la capital mundial de la rinoplastia— y el pelo se tiñe de azul o rosa. Esa doble vida ha estallado. Ya no quieren esconderse en el sótano.
Pero Occidente ha decidido no mirar. Quizá sea el dinero de Qatar, ese pequeño gigante que riega universidades y redacciones occidentales mientras su cadena, Al Jazeera, blanquea al régimen de los mulás para proteger el gas compartido en South Pars. O quizá sea simplemente que reconocer la legitimidad de esta revuelta obligaría a admitir que llevamos décadas apaciguando a un monstruo.
Hay que escuchar a quienes han sufrido la tiranía, no a quienes la intelectualizan desde un cómodo sofá comprado en Maisons du Monde. Mani Basharzad, joven periodista iraní nacido en 2005 (afincado ahora en Londres), que conoce bien el monstruo por dentro, lo resume con una claridad descarnada que debería avergonzar a todos aquellos que callan:
«Amo a Irán, pero su gobierno es represivo y brutal. Financia a grupos terroristas en Medio Oriente. Compra armas para las milicias. Su policía moral deambula por las calles. Sus líderes también son tremendamente incompetentes: la inflación de dos dígitos ha sido la norma durante medio siglo. Sin embargo, algunos británicos —cegados por las cosas que no les gustan, como Israel— parecen darle vía libre a Irán. Están atrapados por una especie de síndrome de trastorno occidental que significa que cualquier cosa que se oponga a Occidente automáticamente gana terreno moral. Es como si fuera inimaginable que pudiera haber sistemas morales y legales mucho peores que los de aquí, porque siempre se supone que Occidente es el opresor. Pero créanme, como alguien que vivió toda su vida en Irán, existen peores sistemas legales. […]»
«Al crecer en Irán, un lema estaba en todas partes: en los libros de texto escolares, en las paredes de la calle, en la televisión estatal: Occidente es el gran mal. Curiosamente, en mi experiencia aquí, he escuchado una continuación más suave de esa misma idea proveniente de los propios occidentales. La razón, en mi opinión, es el pensamiento privilegiado: el privilegio es invisible para quienes lo tienen. En el momento en que naces británico, eres libre de criticar a tu gobierno, de pasear con tu novia sin miedo a la policía moral y, cuando llegas a la edad legal, de ir al pub sin correr el riesgo de quedarte ciego. Las cosas que a ti te parecen normales no lo son donde yo nací. Lo que para ti es la vida cotidiana es un sueño para muchos como yo».
Irán ha impuesto un apagón digital para que no veamos la sangre. Occidente, por cobardía, por interés o por puro trastorno ideológico, ha decidido sumarse a ese apagón. Si la oscuridad triunfa, no será solo culpa del verdugo que cortó la luz en Teherán, sino de todos los que, teniendo focos, decidieron no alumbrar la masacre. Los iraníes no están solos en las calles, pero están terriblemente solos en los telediarios. Y ese silencio, a mí, qué quieren que les diga, me produce arcadas.
