El retorno del sah de Persia: el heredero que aspira a un Irán democrático
En las últimas semanas, disturbios y levantamientos civiles están poniendo al régimen islamista en jaque

Reza Pahlavi, heredero del sah de Persia. | Reuters
Durante décadas, la monarquía iraní parecía una reliquia del pasado, sepultada por la Revolución Islámica de 1979 y relegada al exilio y al recuerdo. Sin embargo, las protestas recientes contra el régimen ayatolá y el cuestionamiento de la autoridad suprema han provocado una creciente movilización desde finales de diciembre, devolviendo al primer plano una figura que se creía amortizada: el heredero del último sah (también escrito como sha o shah, cuyo significado es Rey) de Irán. Reza Pahlaví, de 65 años, heredero a la Corona del antiguo Reino de Irán, se ha convertido en el principal referente de la oposición contra el régimen islamista.
La última dinastía de una monarquía milenaria
Pocos conocen que el actual país, regido por una dictadura islamista, fue durante 2.500 años una monarquía gobernada por diferentes dinastías. La última de ellas, la dinastía Pahlaví, fue instaurada en 1925 por Reza Shah. Su reinado supuso el inicio de un proyecto de modernización del país. Su hijo, Mohamed Reza Pahlaví, continuó esta línea desde que inició su reinado en 1941 hasta que fue derrocado en 1979: secularización del Estado, occidentalización de las élites, impulso de la educación y fortalecimiento del poder central. Esta idea de país lo convirtió en un aliado estratégico para Estados Unidos y el resto de Occidente.
Aunque, a todas luces, este proyecto prometía un gran impacto en el país, los cambios no fueron recibidos de la mejor manera. La percepción de una excesiva dependencia exterior y una modernización considerada acelerada por ciertos sectores provocó que, en 1979, una amplia coalición de fuerzas religiosas islamistas y cercanas a regímenes comunistas derrocara al sah, permitiendo el ascenso de Ruhollah Jomeini y dando paso a la República Islámica de Irán. La monarquía fue abolida y la familia real obligada al exilio.
El príncipe destronado
Desde el derrocamiento de la monarquía, el príncipe heredero Reza Pahlaví ha vivido entre Estados Unidos y Europa, lejos del poder, pero no del foco político. Pahlaví ha defendido durante años un Irán laico, democrático y respetuoso con los derechos humanos, denunciando especialmente la situación de las mujeres, cuyas libertades se han visto significativamente limitadas.
El heredero, que hasta hace poco se presentaba como un catalizador político y simbólico para unir a todos los sectores contrarios al régimen desde la diáspora, ha asumido un papel más visible tras ser aclamado por parte del pueblo iraní, que lo reconoce como un referente nacional. Mantiene una intensa actividad en redes sociales y medios de comunicación, concediendo entrevistas en las que analiza la historia reciente de su país y busca visibilizar ante el mundo las consecuencias del régimen actual.
En diversas declaraciones, Reza Pahlaví explica que el objetivo de su padre y su abuelo era convertir a Irán en la Corea del Sur de Oriente: «La visión de mi padre siempre fue que Irán se modernizara y tuviera aliados occidentales fuertes, la Corea del Sur de Oriente. Pero tras el triunfo de la Revolución nos convertimos en Corea del Norte», comentó el príncipe en una de sus últimas entrevistas para el canal Life Stories en 2024.
La familia real hoy
La dinastía Pahlaví es hoy reducida y dispersa. Reza Pahlaví es el principal referente público. Está casado con Yasmine Etemad-Amini, abogada de origen iraní, y tiene tres hijas —Noor, Iman y Farah Pahlaví—, todas nacidas en el exilio y con escasa implicación política, más allá de su participación en algunas manifestaciones en favor de los derechos del pueblo iraní. La tragedia también ha marcado profundamente a la familia: dos de los hermanos del heredero, Ali Reza y Leila Pahlaví, fallecieron prematuramente, ambos en circunstancias relacionadas con problemas de salud mental. A ello se suma la pérdida de su padre, el último sah, fallecido en 1980, un año después del triunfo de la revolución.
Por otro lado, la figura más emblemática del antiguo régimen es la emperatriz Farah Diba, viuda del último sah, que a sus 87 años sigue activa en el ámbito cultural y memorialístico. Farah ha mantenido una presencia discreta pero constante, defendiendo el legado histórico de la monarquía y participando en actos conmemorativos que difunde a través de distintos canales comunicativos. Su imagen continúa siendo poderosa, especialmente entre generaciones que asocian su figura con un Irán más abierto al mundo y al concepto de «persa». Su exótica belleza ha sido protagonista en numerosos medios internacionales, con especial énfasis en sus atuendos durante la coronación de su esposo o en sus vestidos de gala, donde la Corona no escatimaba en exhibir las grandes piezas del joyero real.
Un pasado que vuelve en tiempos de crisis
El resurgir de la familia real iraní no debe leerse como un simple ejercicio de nostalgia, sino como un síntoma. Cuando las instituciones pierden legitimidad, el pasado reaparece como alternativa y como imagen de un deseo de cambio.
Pese a que no todas las proyecciones apuntan a que las consignas monárquicas —aunque significativas como símbolo de resistencia— reflejen una mayoría sólida a favor del retorno de la dinastía Pahlaví, el mensaje a favor de un Irán alejado del islamismo, que recupere sus raíces persas y apueste por un sistema democrático, es claro. El propio Reza Pahlaví es consciente de que antes de la Corona va la democracia; por ello, no aboga por una coronación automática, sino por una transición mediante un referéndum en el que sean los iraníes quienes decidan el tipo de gobierno que desean para su futuro.
Su regreso al centro del debate confirma, por tanto, una idea fundamental: en política, ninguna historia termina del todo cuando las causas que la hicieron posible siguen abiertas. El pasado monárquico actúa hoy como recurso narrativo y catalizador emocional de un descontento profundo, una metáfora de un Irán que busca alternativas a un sistema percibido como cada vez más insostenible. En ese sentido, la historia no vuelve solo como eco del pasado, sino como espejo en el que una sociedad herida proyecta sus aspiraciones de libertad, dignidad y autodeterminación en un futuro incierto, unos anhelos que esperemos sean el inicio de la prosperidad para el pueblo de Irán.
