The Objective
Cuadernos FAES

Caribe, otoño, hoy

«Asombra saber cuán laborioso fue para García Márquez el proceso de escritura, pues se demoró siete años»

Caribe, otoño, hoy

Ilustración de José Joaquín Beeme.

En el 50º aniversario de la publicación de «El otoño del patriarca» y a 30 años de la puesta de largo en Cartagena de Indias de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, hoy Fundación Gabo, proponemos una nueva lectura de aquella novela singular que tiene tanto de crónica legendaria como de intrahistoria latinoamericana, de fabulación esperpéntica como de estudio de la psicología del poder.

El general tuvo quien le escribiera

Si el Gran Burundún prohibió el uso de la palabra en toda la nación, el Patriarca de Gabriel García Márquez, dos décadas más tarde, se prodigará en una incontenible verborrea del poder que es, a la vez, soliloquio y polifonía sin rostro ni tiempo.

El otoño del patriarca (1975) desparramó ante nuestros ojos de lector hispano una Wunderkammer barroca y tropical, una cornucopia de lenguaje, artilugios y bizarrías. Todo es tumultuoso y sin freno en los dominios de este arcaico animal taciturno (elefante, buey, saurio) de mirada fría y lánguidas manos enguantadas que arrastra sus patas y su hernia testicular por las estancias de palacio, el anciano más antiguo de la tierra (cuenta, quién puede saberlo, no menos de 350 años), que ha concebido 5000 sietemesinos con sus concubinas y hecho dinamitar a 2000 niños en alta mar, estuprador de colegialas y amante, como suelen los narcos, de una reina de la belleza que se le escapa con la complicidad de un eclipse, fiado a los designios de las cartas y los lebrillos entre sirenas repentinas y blasonados dragones. Todo, en esta república de pesadilla, aparece transfigurado «por ese raro resplandor visible de la conciencia que precede a la salida inminente del sol en el Caribe».

«El otoño del patriarca (1975) desparramó ante nuestros ojos de lector hispano una Wunderkammer barroca y tropical»

Comandante del tiempo y depositario de la luz, este prototirano regula los destinos, el amor y hasta la muerte en su reino de pesadumbre, atravesado por un tufo escatológico de tiempo estancado y putrefacción. Y aunque se sabe declinante y en inminencias de muerte («ya no soy más que un monicongo pintado en la pared de esta casa de espantos»), las gentes han ligado sus vidas a este padre cruel y vengativo: «habíamos terminado por no entender cómo seríamos sin él, qué sería de nuestras vidas después de él, no podíamos concebir el mundo sin el hombre que [nos] había hecho feliz». Por más que anduvieran perdidos en la penumbra: «nunca supimos quién fue, ni cómo fue, ni si fue apenas un infundio de la imaginación, un tirano de burlas que nunca supo dónde estaba el revés y dónde estaba el derecho de esta vida». Sin embargo su régimen, bien lo intuye, no le sobrevivirá: «al fin y al cabo cuando yo muera volverán los políticos a repartirse esta vaina como en los tiempos de los godos, ya lo verán, se volverán a repartir todo entre los curas, los gringos y los ricos, y nada para los pobres, por supuesto».

Porque sus generales se asesinan entre sí; hay continuos alzamientos, purgas (y sorpresivas amnistías), atentados, pestes inducidas; los presos son arrojados a los caimanes, despellejados vivos, cuando no se cobran las cabezas de los opositores, como cocos, en costales. Su aparato represor (tiene incluso un edecán nazi con dóberman que atiende por Lord Köchel) lo controla todo: «se anticipaban a las conspiraciones mucho antes de que empezaran a incubar en el pensamiento». Mientras la soberanía es troceada y malvendida, gracias a innúmeros embajadores gringos de nombre cambiante pero idéntica injerencia en asuntos de deuda externa y expolio de la riqueza nacional (caucho, cacao, tabaco, ferrocarriles, navegación; hasta el mismo mar territorial). Entre juegos amañados, desde partidas de dominó con otros dictadores depuestos (los asila, «muriéndose muertos», en una casona del acantilado antillano) hasta la misma lotería nacional, y la decadencia de su corte de los milagros pululada de paralíticos y leprosos, todo es felonía y oscurantismo: «ya no sé quién es quién, ni quién está con quién ni contra quién en este armatoste del progreso dentro del orden».

Verdades que no lo son

Para el profesor bogotano Rodríguez Amaya, que enseña en la Universidad de Brescia, el aclamado juego de magia y realidad no es la mayor de las «mentiras» –en el sentido de Vargas Llosa– cuando hemos de vérnoslas con su compatriota. La propia identidad colombiana, que ancla el imaginario garciamarquiano, es fruto de una mixtificación nacionalista que difumina el auténtico crisol de la cultura popular. Juglar del Nuevo Mundo (espacio de la utopía y tiempo del mito), Gabo actualizaría la fantasía de los cronistas de Indias en un barroco mestizo como modo de ser y de vivir, lejos del reduccionista marchamo «realismo mágico» que únicamente obedece a pereza crítica y prejuicios colonialistas. Su natal Aracataca, al sur del territorio explotado por la United Fruit Company, se vio envuelta en la «masacre de las bananeras» (1928), a manos de la multinacional y de los latifundistas con la complicidad del ejército, ese horror, y transmutado en literatura, impregna todo el ciclo de Macondo.

Pero es en El otoño… donde la verdad histórica y sus falsificaciones adquieren rango de farsa y delirio colectivos. Y muchas de las amargas consideraciones esparcidas por la novela resuenan con fuerza en nuestro tiempo, un tiempo abrumado como quizá nunca de noticias falsas y manipulaciones masivas.

«Siempre había una verdad detrás de la verdad», nos dice esa voz coral que percute el libro. Para empezar, el general tiene un doble oficial (Patricio Aragonés) que, al tiempo que suplanta su identidad, va urdiendo la traición. Su esposa, la exnovicia Leticia Nazareno, que restituye a la Iglesia los bienes de una desamortización forzada mientras exhibe a su hijo, un general de juguete como hecho a escala del patriarca, se hará con las riendas del poder absoluto hasta provocar el odio de sus adláteres y, finalmente, su muerte por una jauría entrenada.

Pero es su madre, Bendición Alvarado, quien encarna la mayor impostura: la de los orígenes bastardos del supremo, un milico iletrado que se encaramó al poder por un golpe de Estado al rebufo de unas remotas guerras federales. Rica que lo ignora, por trapacerías escriturarias de su hijo, aunque humilde vendedora de oropéndolas pintarrajeadas que nadie compra, será canonizada por lo civil por sus milagros, cuya falsedad destapará un tenaz nuncio apostólico.

«Es en El otoño… donde la verdad histórica y sus falsificaciones adquieren rango de farsa y delirio colectivos»

El Patriarca es dueño, al fin, de nada en su evanescente centro de mando. Imagen recurrente en la novela, real y a la vez premonitoria, es la de su cadáver devorado por los gallinazos, sueltas sus vacas y errabundas, el fuego de las boñigas iluminando tétricamente, en la letanía trinitaria del viejo olvidado (tres cerrojos / tres pestillos / tres aldabas), sus noches de palacio en descomposición. Corrupción, muerte y abandono: la gran mentira del poder que se quiere eterno.

Su reino es el reino del bulo, de los simulacros de verdad. El innominado dictador («él» por antonomasia: sólo una vez asoma el Zacarías de su lejana y desheredada cuna) «repasaba los periódicos al derecho y al revés buscando algo más que las noticias inventadas por sus propios servicios de prensa», pero a los siervos qué puede importar: «la gente tendrá más miedo cuanto menos entienda». Se distorsiona cualquier atisbo de realidad: «no me diga la verdad, licenciado, que corre el riesgo de que se la crea»; «no importaba que una cosa de entonces no fuera verdad, qué carajo, ya lo será con el tiempo». Y es que se podía gobernar a fuerza de patrañas, «sin que nadie nos estorbe dónde carajo estaba la verdad en aquel tremedal de verdades contradictorias que parecían menos ciertas que si fueran mentira».

Cien años de escritura

Asombra saber cuán laborioso fue para García Márquez el proceso de escritura, pues se demoró siete años, entre 1968 y 1975, mientras vivía en Barcelona. En algún momento se refirió incluso a diez años de documentación, sobre dictaduras latinoamericanas y, en especial, caribeñas, que finalmente dieron un libro torrencial, con una estructura –impregnada del concierto para piano nº 3 de Bartok– de seis capítulos que encierran poco más de cien frases, cada una con cientos de palabras, hasta culminar en la única frase del último capítulo.

Entre tanto sufrió un bloqueo creativo tras dejar de fumar (cuatro cajetillas diarias: cigarro enciende cigarro), y lo conjuró errando un mes por todas las islas del Caribe. La mera razón: «se me había acabado la gasolina de mi cultura básica para levantar el vuelo», pues «uno es de su medio ecológico y es peligrosísimo, gravísimo, salir de él», así que se imponía «un reajuste que se debe a una identificación total, del cuerpo y de la mente»: «no he podido desarraigarme del Caribe».

Por honestidad intelectual y por puro desafío, se había propuesto escribir un anti-Cien años de soledad, bombazo editorial cuya continuación todos esperaban, de manera que cuando salió El otoño… fue una desilusión total. Ya lo advirtió Benedetti: «Emigra de su seguro y feérico Macondo para encararse con un tema particularmente híspido: la figura de un dictador promedio, una suerte de monstruo antediluviano metido a gobernante», bestia apocalíptica e hipérbole paternalista que es más una idea feroz que una presencia real, un increíble alarde de pantagruelismo político.

Y es que Gabo imaginó un sátrapa de sátrapas, tan real como fantasmagórico, vagamente mitológico, cuyo poder inmenso apareja una inmensa soledad, marca de la narrativa garciamarquiana. Un dictador otoñal porque último y residual, atrapado en su propio búnker de memoria cuarteada y podrida grandeza, que «había tratado de compensar aquel destino infame con el culto abrasador del vicio solitario del poder», sólo que con los años «había llegado sin asombro a la ficción de ignominia de mandar sin poder, de ser exaltado sin gloria y de ser obedecido sin autoridad».

Soñado con Kurosawa

El cine fue siempre una fuerte tentación para Gabo. Crítico de cine en Bogotá, estudió en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma (1952-55) y envió crónicas del Festival de Venecia, editó revistas cinematográficas para el productor mexicano Gustavo Alatriste, escribió guiones y fomentó su escritura en la Escuela Internacional de Cine y Televisión, por él fundada en la ciudad cubana de San Antonio de los Baños. Las adaptaciones de su obra, con desigual fortuna, son ya numerosas, y nada le hubiera gustado más que ver su patriarcal novela traspuesta a la gran pantalla. Un reto que, aún hoy, sigue en el aire.

Sobre la difícil adaptación de Cien años de soledad, que sólo habría confiado a Kurosawa y finalmente ha osado realizar Netflix, en dos temporadas de ocho capítulos cada una –con los hijos de Gabo en roles productivos–, ya prefirió «respetar la inventiva del lector, su soberano derecho a imaginar», lejos de la faramalla industrial del cine: «¡Puta!, ¡qué bueno que tengo mi maquinita de escribir!, y me agarré a ella como el náufrago a la tabla». Si bien, estaba dispuesto a admitir, «una película puede ser algo tan íntimo, tan personal –sobran los directores y las obras que lo demuestran–, que podría parecer escrita a mano».

En cambio para El otoño… sí llega el anhelado momento Kurosawa. Después de ver Los sueños con Woody Allen en Nueva York, vuela a Tokio para encontrarse con el maestro japonés: «La fe que le tengo al ser humano se la debo en gran parte a las películas de Kurosawa». Llegó, invitado por el gobierno nipón, con su mujer Mercedes Barcha y con su agente literaria Carmen Balcells, y el 31 de octubre de 1990 pudo platicar finalmente, durante seis horas, con el cineasta. Una entrevista grabada que, en parte, publicó Los Angeles Times9.

Kurosawa estaba en una pausa de rodaje de Rapsodia en agosto (1991), la historia de una hibakusha de Nagasaki que recuerda la tragedia con sus nietos, en medio de la amnesia colectiva y la ausencia de perdón. El colombiano y él reflexionaron sobre los problemas que entraña el trasvase entre dos lenguajes artísticos: «La cámara no ve con los mismos ojos» que la literatura, y así Shugoro Yamamoto, autor de Las historias del doctor Barbarroja, siempre se opuso a que su obra fuera llevada al cine, por más que Kurosawa lo consiguiera en varias películas y Barbarroja (1965) fuera la favorita de Gabo y su familia.

García Márquez aprovechó para deslizarle la idea de una adaptación de El otoño…, puesto que había acometido las de otros originales literarios: Shakespeare, Gorki, Dostoievski. Podía «repensarlo en cine en otra cultura completamente distinta», sabiendo que «las cargas mágicas no están en el lugar, sino dentro de uno» –y añadía, consciente de estar abriendo una fruta amarga–: «ése es el problema». 

«Un día se me ocurrió el disparate de que hiciera El otoño…», declaró como augurando el fracaso. Pero Kurosawa, de 80 años, pensó que para ello debía desplazarse al Caribe y eso le aterró. Gabo le aclaró que, a partir del libro, «contara la historia de la soledad del poder en el Japón medieval». Al cineasta japonés, que había leído sus libros y se había iniciado igualmente en el periodismo, le interesó el asunto, pero Gabo se sorprendió de que su amigo no tuviera productor en su propio país: «los productores dicen que es un desastre económico. Parece mentira, pero el más grande creador del cine de hoy está pensando cómo resolver la producción de una cosa tan grande como ésta». Las dificultades de financiación, finalmente, habrían malogrado el proyecto.

«’Un día se me ocurrió el disparate de que hiciera El otoño…‘, declaró como augurando el fracaso»

En efecto, el periodista colombiano Gonzalo Robledo, que cubrió el encuentro por cuenta de TVE, recuerda que las conversaciones fueron muy discretas y que el último día, tras cenar ambos creadores en un hotel del centro de la capital, Gabo les dio la mala noticia: “Kurosawa me dice que está muy mayor para rodar la película en Colombia y no la ve como una adaptación al mundo japonés”. Agudamente observa Robledo, no obstante, que en 1980 Kagemusha (La sombra del guerrero) ya se había acercado al universo de El otoño. El bandido que suplanta al jefe feudal Shingen Takeda, mortalmente herido, tiene paralelos con el doble del Patriarca, que explica su increíble ubicuidad y muere su primera muerte. «Ambas obras contienen reflexiones sobre la artificialidad del poder, la manipulación política y el temor a la muerte», de manera que a Kurosawa la idea, con ser atractiva, le pudo resultar redundante.

Pero hubo aún otras posibilidades de no menor cuantía. El mismo Marlon Brando se habría propuesto para encarnar al Patriarca, en su despedida de la pantalla. Así lo atestigua un fax del actor, fechado en 199713, en que expresa su deseo al escritor. Había incluso un guion, probablemente escrito por Jerzy Kromolowski. Hasta Ciudad de México se desplazó un equipo en tareas de preproducción, al que acompañó el escritor sudafricano Coetzee que, sin embargo, no abrió boca14. Y Gabo, lógicamente entusiasmado, puso entonces dos condiciones: elegir al director (que pudo haber sido Sean Penn) y seleccionar las localizaciones. Nunca más se supo.

Con el cambio de siglo he podido rastrear otro acercamiento, también fallido. Emir Kusturica, que en noviembre de 2005 llegó a La Habana al objeto de presentar La vida es un milagro y rodar el periodo de desintoxicación de Maradona para el homónimo documental, se reunió con Gabo («siempre una fuente de inspiración») en la Escuela Internacional de Cine y Televisión, precisamente para hablar de una traducción fílmica de El otoño…, novela sobre la que, siete años antes, ya habían platicado en París. Pero, de nuevo, nada de eso cuajó.   

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