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Internacional

Libertad y democracia en Irán: ¿esta vez es diferente?

La lucha de millones de iraníes necesita apoyo. Y los ayatolás saben que la sombra de Venezuela es alargada

Libertad y democracia en Irán: ¿esta vez es diferente?

Un manifestante quema un retrato de Alí Jamenei. | Claudio Furlan (Zuma Press)

Un régimen fanático y despótico que se mantiene desde hace 47 años no cae después de casi tres semanas de manifestaciones en su contra, por masivas que sean. Un gobierno de ayatolás que odia a las mujeres y las mata, que no soporta lo diferente y lo elimina, tiene instrumentos para perpetuar el terror y falanges de sicarios para ejecutar sus órdenes. Una dictadura teocrática con armas nucleares es prácticamente invencible.

Demócratas iraníes, abandonad toda esperanza. ¿O no?

Cientos de miles de personas salen cada día —cada noche— a las calles de decenas de ciudades grandes y pequeñas de las 31 provincias de Irán desde el pasado 28 de diciembre para protestar por la escalada de precios y contra la dictadura y la represión que ha costado la vida probablemente a millares de personas. Las terribles imágenes que consiguen sortear la jaula de hierro impuesta por los clérigos y salir al exterior lo dicen todo. Ha habido antes, en numerosas ocasiones, manifestaciones populares, pero esta vez parece que hay más consistencia, mayor participación y menos miedo a la represión. Y la economía está en una situación pésima.

En las anteriores revueltas, sobraba valor y motivación, pero faltaba liderazgo. Ahora hay uno, extraño, pero quizá eficaz: Reza Pahlavi, el hijo del derrocado Sha. Desde el exilio ha hecho llamamientos que, para sorpresa de muchos, están recibiendo respuesta. Su figura es controvertida, por fuerza, pero para muchos antimonárquicos es válida si contribuye a unificar las protestas.

Reza Pahlavi sabe que los millones de iraníes hartos de los ayatolás quieren libertad y salir de la miseria, y él se ofrece si sirve para algo. No está improvisando. En 2006 tuve la oportunidad de entrevistarle para El País en su casa de Washington. Inspirado en la transición española a la democracia y contrario a intervenciones militares desde el exterior —«Todo iraní, yo incluido, es un nacionalista que reaccionaría inmediatamente en contra»—, el príncipe heredero decía esto: «El mejor instrumento que el mundo tiene contra este régimen no es otro que el pueblo iraní. Le puedo garantizar, sin ninguna duda, que lo que más le asusta al régimen es la gente en la calle. A este régimen solo le derribará la gente. Contando con que tengan el respaldo internacional».

Otro elemento diferente, claro, es Donald Trump. El régimen iraní lleva casi medio siglo sostenido en la violencia, la cárcel y las ejecuciones de los disidentes, y el mensaje político-religioso que emana de la autoridad, desde el líder supremo hasta los elementos clave —el Consejo de Guardianes y la Asamblea de Expertos— ha sido siempre enérgico. Esa firmeza ya no es la misma. El régimen tiene miedo. Ya sabe lo que es un ataque letal: lo sufrió a mediados de junio de 2025, cuando Israel, con el respaldo de EEUU y otros países y tras lo ocurrido en Gaza, el Líbano y Yemen, lanzó la operación León Ascendente que golpeó durante 12 días centros militares e instalaciones del programa nuclear iraní.

El 22 de junio hubo ataques directos estadounidenses. Días después, todas las partes reivindicaron el alto el fuego como una victoria, pero algunas resultaron más dañadas que otras. La dirección de la Guardia Revolucionaria Islámica y el aparato de inteligencia fueron blanco de bombardeos de precisión y sufrieron importantes bajas. Entre los supervivientes cundió la desconfianza por el grado de penetración del Mossad israelí entre sus filas.

El Gobierno de Teherán, con el llamado Eje de la Resistencia hecho polvo, se sabe vulnerable y trata desesperadamente de evitar otro choque, y el volátil Trump ha amenazado con intervenir para frenar la represión de las manifestaciones de estos días. El líder supremo, Alí Jamenei, tiene 86 años, y todavía debe de estar perplejo por lo que le ha ocurrido a su aliado y amigo Nicolás Maduro, al que, por cierto, prometió solidaridad contra Washington hace poco más de tres años en Teherán. «No existen dos países tan cercanos como los nuestros», le dijo. Ahora, esa proximidad se puede revelar tóxica.

Trump ha demostrado en Venezuela que no quiere atacar con tropas de tierra y que su prioridad no está ni en la democracia ni en los cambios de régimen, pero que se está aficionando a toda velocidad a la persuasión por la fuerza. En Teherán se entienden a la perfección las reglas de juego del nuevo orden internacional.

Si hay algo que nos falta, en todo caso, es información. La dictadura ha cortado de nuevo las comunicaciones internas y externas para tratar de aislar y apagar —por ahora, en vano— las protestas. Y el régimen es muy opaco. Sería fundamental saber si se detecta alguna señal de rebeldía en las fuerzas represivas, o algún movimiento de desaparición de líderes políticos y religiosos en desacuerdo con la represión o simplemente temerosos de nuevos ataques. Por el momento, no hay nada que lo indique.

Si hay algo que nos sobra es silencio e hipocresía. El silencio que, después de dos semanas y media de manifestaciones, empieza a corregirse: de los Gobiernos occidentales, la UE, instituciones como la ONU y medios de comunicación antiguamente respetables —la BBC y The New York Times se llevan la palma—. Y la hipocresía de los que solo ven unos derechos humanos, solo se rasgan las vestiduras por una particular violación de la legalidad internacional.

¿Dónde está la solidaridad con las mujeres iraníes que encabezan —de nuevo— esta revuelta? ¿Dónde las flotillas en auxilio de los disidentes a los que ejecuta la teocracia, de los torturados, de los que sufren? ¿O es que tienen razón los que piensan que el antisemitismo que ha teñido las protestas por Gaza enmudece algunas voces e impide la defensa de los iraníes? ¿Es que el patrocinio de Hamás y Hezbolá por parte de los ayatolás tapa bocas progresistas? ¿Es que la realidad no se ajusta al molde ideológico?

Es escandalosa la doble vara de medir de instituciones, medios de comunicación y grupos políticos. Es cobarde la posición de los que aseguran solidarizarse con las calles iraníes, pero dicen que todo es «muy complejo», y se sienten más cómodos criticando a Israel y EEUU. Es desvergonzada la posición de ciertas izquierdas que sufren por Maduro y los ayatolás y solo les sale la indiferencia, cuando no el desprecio, hacia los venezolanos y los iraníes que mueren por la libertad. En pocas ocasiones la pretendida superioridad moral —enfermedad infantil de esas izquierdas— ha sido tan reveladora de bajeza y de indignidad.

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