Rusia ya no es un socio fiable: lecciones de Venezuela para el mundo autoritario
La captura de Maduro, la huida de Al Asad y el debilitamiento de Irán revelan los límites reales del poder ruso

Nicolás Maduro y Vladimir Putin, el pasado mes de mayo en Moscú | Mikhail Metzel / Zuma Press
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en Caracas el pasado 3 de enero ha tenido un impacto que trasciende con mucho la política venezolana. Más allá del colapso de un régimen aliado, la operación ha puesto en evidencia una realidad incómoda para el conjunto del mundo autoritario: Rusia ya no es un socio fiable cuando la supervivencia de un aliado exige algo más que retórica.
En Caracas, el diagnóstico interno ha sido contundente. Fuentes de inteligencia citadas por medios venezolanos que operan desde Miami reconocen una ruptura de confianza con los servicios de seguridad cubanos y con el apoyo técnico ruso, incapaces de anticipar o neutralizar una operación anunciada públicamente desde Washington. La muerte de 32 militares cubanos durante el asalto —convertidos en mártires oficiales en La Habana— subraya la magnitud del fracaso. No fue solo una derrota operativa, sino un golpe simbólico al eje Caracas–La Habana–Moscú, presentado durante años como un contrapeso sólido al poder estadounidense.
Conviene despejar, además, una interpretación que ha circulado en algunos círculos. La operación de EEUU en Venezuela no fue un mensaje a Rusia de reparto tácito del mundo, al estilo de una Yalta moderna, donde los estadounidenses aspiran a controlar el continente americano y los rusos hacen los propio en su vecindad en Europa del Este. De hecho, Putin nunca ha necesitado autorización estadounidense para actuar cuando lo consideró oportuno. No la pidió en Georgia en 2008, no la recibió en Crimea en 2014, no esperó luz verde para intervenir en Siria en 2015, ni dudó en lanzar la invasión a gran escala de Ucrania en 2022. Pensar que Washington necesitaba ahora «señalizar» a Moscú su dominio del hemisferio occidental es ignorar las dos últimas décadas de política exterior rusa.
Precisamente por eso, Venezuela significa ahora lo contrario. La captura de Maduro fue una demostración de que Estados Unidos bajo la administración Trump puede actuar donde quiera, incluso en espacios donde Rusia creía haber consolidado influencia estratégica. En lugar de reforzar el orden multipolar que Putin aspiraba a construir, la operación estadounidense lo constriñe, reduciendo el margen de maniobra ruso a su entorno inmediato.
El precedente de al-Asad
Venezuela, además, no es un caso aislado. Es la confirmación de una pauta de repliegue selectivo. Cuando el régimen de Bashar al-Asad se derrumbó en Damasco el 8 de diciembre de 2024, Moscú se limitó a ofrecer asilo al dictador y su familia. Siria había sido presentada como el escaparate del retorno ruso al estatus de superpotencia. Sin embargo, llegado el momento decisivo, Rusia no defendió al régimen que decía proteger. Algo similar ocurre ahora con Irán pese a la retórica de asociación estratégica y a la cooperación militar. Ni Moscú acudió en su defensa cuando Israel atacó objetivos iraníes, ni lo está haciendo en el último mes con las calles ardiendo por el malestar ciudadano. El coste de una escalada para Rusia supera los beneficios.
Como subraya un reciente análisis de Chatham House, Rusia ha priorizado de forma inequívoca la guerra de Ucrania sobre todos sus demás compromisos internacionales, desde Oriente Medio hasta América Latina. La reacción ante la captura de Maduro lo ilustra con claridad. Declaraciones diplomáticas rutinarias por parte del ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, y silencio absoluto del Kremlin, pese a la relación personal entre Putin y el líder venezolano. Moscú ha asumido que Venezuela era prescindible.
Este repliegue no es voluntario, sino consecuencia de una sobreextensión estratégica y económica. Los datos procedentes de think tanks como Bruegel, PeaceRep y el Peterson Institute dibujan una economía rusa sometida a una presión creciente. La caída del peso de los hidrocarburos en el presupuesto público ha obligado al Gobierno a subir impuestos y endurecer la presión financiera interna. El Fondo Nacional de Bienestar se ha reducido hasta niveles que apenas permitirían cubrir un año de déficit.
En términos sociales, la economía de guerra en Rusia dista mucho de ser un éxito. PeaceRep estima que solo un 20% de la población rusa ha mejorado materialmente desde 2022, cuando comenzó la invasión de Ucrania, mientras que el resto del país es hoy más pobre. Los salarios reales han caído y el crecimiento ha sido poco sostenible. La guerra que debía consolidar la grandeza rusa está erosionando su proyección global.
Aviso de Moscú
En este contexto, Putin ha visto las limitaciones del llamado poder ruso. La mejor prueba fue el reciente lanzamiento contra la ciudad ucraniana de Leópolis del misil Oreshnik, un arma balística de alcance intermedio y capacidad nuclear. Militarmente, el gesto tiene un valor limitado. El misil no portaba carga nuclear, su uso exigía notificación previa a Estados Unidos y había sistemas más baratos capaces de causar daños similares. Sin embargo, el misil incorporaba una carga política, no militar.
El momento elegido fue revelador. Putin disparó el Oreshnik cuando Trump demuestra capacidad de acción unilateral con la captura de Maduro; cuando Rusia entra en 2026 con más sanciones, no menos; y cuando Moscú no puede aceptar ninguno de los planes de paz sobre Ucrania sin asumir una derrota política. El mensaje no iba dirigido a Kiev, sino a Washington. Fue una reacción estratégica y emocional a la pérdida de iniciativa.
Aquí emerge otro elemento clave. Donald Trump ha resultado ser un interlocutor cordial, pero ya no útil para Putin. El Kremlin esperaba que su regreso a la Casa Blanca trajera una relajación de sanciones o una salida negociada favorable. Ha ocurrido lo contrario. Hay más medidas de castigo; Estados Unidos se incauta de petroleros rusos; el secretario de Defensa, Pete Hegseth, ridiculiza públicamente los sistemas de defensa rusos tras la operación en Venezuela; y el secretario de Estado, Marco Rubio, afirma sin ambigüedad que Washington no teme una escalada con Rusia en relación con Caracas. La cordialidad personal no se ha traducido en concesiones estratégicas.
De este modo, Trump ha demostrado ser un jugador de ajedrez geopolítico más sofisticado de lo que Putin había calculado, especialmente en contraste con la etapa de Joe Biden, a cuya administración Moscú había aprendido a anticipar y gestionar. La presión sobre Europa en torno a Groenlandia, territorio de Dinamarca, debe leerse en ese mismo marco, no solo como una amenaza literal, sino como una pedagogía estratégica destinada a obligar a los europeos a asumir su propia seguridad, mientras mantiene ocupados a Rusia y China.
En términos simples, Trump no está abandonando el orden internacional. Está cambiando las reglas. Para el mundo autoritario, la lección que deja Venezuela es clara. En el nuevo escenario que se está configurando, las alianzas son contingentes y la protección ya no está garantizada. Rusia ha dejado de ser un socio fiable para los países autoritarios donde mantenía óptimas relaciones. Y Estados Unidos ha vuelto a demostrar que, cuando decide actuar, sigue siendo el único actor capaz de hacerlo en solitario.
