Pedro Carmona: «Cayó la cabeza del régimen, pero su estructura sigue intacta»
El expresidente interino de Venezuela analiza la situación de su país tras la captura de Nicolás Maduro

El expresidente interino de Venezuela Pedro Carmona. | Universidad Sergio Arboleda
En un momento clave para el futuro de Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro, el expresidente interino Pedro Carmona, de 84 años, analiza el nuevo escenario político y económico que se abre en el país. Carmona asumió la presidencia de Venezuela durante 48 horas en 2002, tras la salida temporal del poder de Hugo Chávez, que regresó dos días después. Ante la ausencia de garantías legales, Carmona se vio obligado a huir y solicitó asilo político en Colombia, donde ejerció como profesor universitario durante más de 20 años. Desde hace dos años, reside en España y reconoce hoy que uno de sus mayores errores fue no haber enviado a Chávez a Cuba en aquel momento.
PREGUNTA.- ¿Le sorprendió la captura de Nicolás Maduro o era algo que se podía prever?
RESPUESTA.- No me sorprendió del todo. Tras el gigantesco operativo aeronaval estadounidense en el Caribe, era evidente que no se trataba solo de narcotráfico. La doctrina militar de Estados Unidos indicaba que algo más podía ocurrir, aunque no una invasión clásica, sino una acción selectiva que terminó siendo una operación audaz y exitosa desde el punto de vista militar.
P.- ¿Cómo calificaría la presidencia de Delcy Rodríguez?
R.- Delcy Rodríguez es tan ilegítima como Maduro al provenir de una elección que fue fraudulenta. Parece haber existido algún tipo de compromiso de colaboración con Estados Unidos, cuyos efectos apenas comienzan a verse, como la liberación muy limitada y gradual de presos políticos. La gran incógnita es si esta estructura, corresponsable de lo ocurrido en el pasado, puede realmente servir de base para una transición democrática en Venezuela. Y esa duda es hoy, sin duda, la mayor preocupación.
P.- ¿Cayó el régimen o solo la figura de Maduro?
R.- Cayó la cabeza del régimen, no el régimen. La estructura madurista-chavista sigue intacta: los hermanos Rodríguez, Diosdado Cabello, el alto mando militar y el fiscal general. Es el mismo sistema, sin Maduro.
P.- ¿Qué papel juega Diosdado Cabello en este escenario?
R.- Cabello lidera el ala más radical y es un factor profundamente perturbador. Tiene influencia real sobre los cuerpos de seguridad y sectores militares. Su resistencia puede bloquear avances clave como la liberación de presos políticos. Es un actor de riesgo para el proceso de transición y para él mismo, y no se puede descartar que Estados Unidos termine de neutralizarlo políticamente.
P.- ¿La liberación de presos políticos depende también de él?
R.- En buena medida, sí. La influencia que ejerce es determinante. Hemos visto anuncios que luego no se concretan, como la supuesta liberación del yerno de Edmundo González Urrutia, que hasta ahora no se ha producido. Han salido algunas personas, por supuesto, incluidos ciudadanos españoles y figuras como Rocío San Miguel o el doctor Márquez, exmiembro del Consejo Nacional Electoral. Pero siguen detenidas muchas figuras relevantes de la oposición, como Juan Pablo Guanipa, y centenares de presos políticos cuyo destino sigue siendo incierto. Esto demuestra que el control represivo sigue intacto.
P.- ¿Qué opinión le merece la salida de presos políticos españoles y el silencio que han mantenido?
R.- Creo que el silencio no es una imposición del Gobierno español, sino una condición impuesta desde Venezuela. Tanto quienes permanecen en el país como quienes han salido tienen prohibición absoluta de hablar sobre lo que vivieron. El caso de Rocío San Miguel es paradigmático. Se trata de una mujer clave, con enorme credibilidad internacional, y su silencio responde claramente a un intento de ocultar las condiciones de encarcelamiento, la falta del debido proceso y las violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Quizás se priorizó la salida de estas personas antes que su derecho a denunciar públicamente lo ocurrido. Quizá también para proteger a quienes aún permanecen presos. Pero el costo es alto en términos de verdad y memoria.
P.- ¿Cree usted que habría sido posible un cambio radical en Venezuela sin un enfrentamiento civil interno?
R.- Hay que distinguir dos planos. Por un lado, Estados Unidos parece haber partido de un hecho real: la necesidad de neutralizar a los factores más desestabilizadores y potencialmente generadores de caos dentro del régimen, sobre todo, aquellos vinculados a estructuras armadas, cuerpos de seguridad, grupos paramilitares y milicias. Otro plano muy distinto es confiar en que ese mismo grupo de poder, que ha demostrado reiteradamente ser engañoso, vaya a cumplir compromisos políticos. La experiencia previa es clara. Los procesos de negociación en México, Noruega o Barbados terminaron siempre en incumplimientos. El régimen utilizó esas mesas para ganar tiempo.
Dicho esto, lo que estamos viviendo sigue siendo incierto y, en gran medida, especulativo. Puede haber prevalecido la tesis de la supervivencia con un compromiso asumido por sectores del régimen para mantenerse en el poder. Otros hablan incluso de traiciones internas. Se ha especulado mucho con el papel de los hermanos Rodríguez y con la posibilidad de que hayan sido coautores de la entrega de Maduro. Pero, insisto, son conjeturas.
P.- ¿Estamos ante una fase de estabilización previa a una transición democrática?
R.- Probablemente sí. Creo que podemos estar en una primera fase de contención del caos en la que se busca evitar un vacío de poder que pueda derivar en violencia o en la caída inmediata de cualquier gobierno de transición. Luego podría venir una transición con nuevos actores y, en un plazo aún incierto, elecciones libres que hoy son inviables.
P.- ¿Cómo ve a la oposición venezolana en este momento?
R.- María Corina Machado movilizó al pueblo venezolano llegando a las zonas más recónditas del país. Su conexión emocional con la gente fue extraordinaria. Además, ha alcanzado un reconocimiento internacional muy relevante. Su proyección como líder democrática y referente femenino en la resistencia venezolana ha sido clave. El premio recibido en Oslo, que ella misma dijo que era para el pueblo venezolano, proyectó la tragedia de Venezuela al mundo de una forma sin precedentes.
P.- ¿Cómo valora la actuación del presidente Trump y sus declaraciones sobre Venezuela?
R.- Algunas declaraciones de Trump generan reacciones negativas incluso entre los mayores opositores al régimen chavista. Cuando emplea un lenguaje imperial, casi de tutelaje, como si tratara a Venezuela como un protectorado, y afirma que los recursos petroleros son nuestros, genera controversia. Es diferente decir que debemos ayudar y contribuir a estabilizar, neutralizar y evitar el caos, lo cual es comprensible, a afirmar que vamos a ejercer control total sobre el país.
P.- ¿Trump se ha llegado a autodenominar presidente interino de Venezuela?
R.- Eso es excesivo, lesiona muchas sensibilidades. Son opiniones innecesarias que generan susceptibilidades en muchos actores dentro de un país como el nuestro que lleva años con la soberanía comprometida en manos de Cuba u otros intereses foráneos.
P.- O el trato que Maduro dio al principio a María Corina Machado poniendo en duda que el pueblo venezolano la respeta.
R.- Fue otra manifestación infeliz o impropia. María Corina ha demostrado no solo coraje, sino un liderazgo marcado y positivo. El uso de las palabras es una de las cosas que los Estados Unidos tienen que cuidar más porque los efectos pueden ser contraproducentes. Una cosa es decir que se quiere evitar un caos o estabilizar el país antes de que asuma un gobierno de transición, que sea fácilmente derrocado y que no se consolide; y otra, decir que María Corina Machado no tiene el respeto porque no es así.
P.- ¿Qué conclusiones saca de la reunión en Washington de Machado con Trump?
R.- Hubo un buen clima de entendimiento al reafirmar la urgencia de transitar hacia la democracia, liberar presos políticos o cesar el aparato represivo; además de un ambiente positivo para la participación de capital extranjero para la reconstrucción de la industria petrolera. Es importante reseñar el compromiso de Trump para lograr la democratización del país y que la agenda no se centre solo en los recursos naturales. Y me parece muy importante la reunión que tuvo con 14 congresistas de los Estados Unidos a los que expuso la realidad de Venezuela.
P.- ¿El derecho internacional ha fallado en el caso venezolano?
R.- Claramente. Hay miles de casos documentados de crímenes de lesa humanidad y la Corte Penal Internacional (CPI) no ha actuado. No se entiende que el CPI haya dictado sentencias contra Putin o contra Netanyahu, y no contra Maduro por delitos de lesa humanidad. A veces, respetar formalmente una legalidad internacional inoperante termina perpetuando el sufrimiento de un pueblo. Aquí el derecho internacional ha fallado claramente. Y no solo en la Corte Penal Internacional. También ha fallado el principio de la Responsabilidad de Proteger, recogido en el marco de las Naciones Unidas. Cuando un pueblo es atropellado en sus derechos fundamentales, cuando una nación es destruida institucional, política y económicamente, ese principio debería activarse. Pero tampoco ha funcionado.
P.- ¿Por qué no ha funcionado?
R.- Porque su aplicación depende del Consejo de Seguridad que está paralizado por el derecho de veto de los cinco miembros permanentes. Lo vimos con claridad cuando Rusia invadió Ucrania y el propio embajador ruso presidía el Consejo. El sistema internacional creado tras la Segunda Guerra Mundial no solo es hoy inoperante, está obsoleto y, en muchos aspectos, colapsado.
P.- ¿Cree entonces que hay casos en los que una acción excepcional puede estar justificada, incluso al margen de la legalidad internacional clásica?
R.- Cuando los mecanismos internos están completamente bloqueados, cuando no existe ninguna posibilidad de evolución democrática y cuando se están cometiendo crímenes de lesa humanidad, el apoyo externo a una causa legítima puede tener justificación política y moral.
Eso no significa ausencia de límites. La colaboración internacional debe orientarse a restituir el orden democrático, institucional y de libertades, no a imponer tutelajes. Pero es evidente que el sistema internacional ha permitido que el régimen venezolano sobreviva durante años gracias a su propia inacción.
Además, hay factores adicionales muy graves. Venezuela se ha convertido en un santuario del crimen organizado. El narcotráfico opera con libertad, hay convivencia con la guerrilla colombiana (ELN y disidencias de las FARC) que ejercen control territorial, minería ilegal, lavado de dinero y una corrupción desmedida que ha saqueado el país.
P.- Estados Unidos ha justificado la operación contra Maduro sobre la base de acusaciones de narcotráfico. ¿Cree que existen pruebas suficientes para sostener esa narrativa?
R.- Sí, existen testimonios y evidencias muy relevantes. Hugo el Pollo Carvajal ha aportado información clave sobre la estructura criminal del régimen. También lo ha hecho el general Clíver Alcalá, quien ocupó posiciones fundamentales durante el chavismo. Ambos han descrito con detalle la existencia de una red mafiosa que conecta narcotráfico, corrupción, lavado de dinero y alianzas internacionales. Esa estructura ha operado con total impunidad durante años y ha sido uno de los pilares de sostenimiento del régimen.
Además, estas conexiones no son solo internas. Hay vínculos con Cuba, Irán, Rusia y China, lo que añade una dimensión geopolítica y de seguridad regional muy relevante.
P.- ¿Un cambio profundo en Venezuela podría debilitar ese eje geopolítico?
R.- Sin duda. Un cambio real en Venezuela debilitaría de forma significativa ese eje autoritario y desestabilizador en América Latina. Durante años, desde la época de Chávez, salieron recursos gigantescos para apoyar proyectos políticos afines en la región, canalizados a través del Foro de São Paulo y, más recientemente, del Grupo de Puebla. Este último ha funcionado como una especie de fachada más moderada, con expresidentes y figuras políticas, incluido José Luis Rodríguez Zapatero, que han dado soporte político al proyecto original.
Pero ese entramado comienza a resquebrajarse. Ha habido cambios importantes en países como Argentina y Chile, movimientos políticos en Bolivia, y posibles transiciones en países como Honduras. Son péndulos que empiezan a moverse. Cuba también, atraviesa una crisis profunda ya que Caracas ha sostenido durante décadas a la isla con acuerdos petroleros que, según estimaciones, han supuesto transferencias cercanas a los 40.000 millones de dólares. La caída de la producción venezolana o un cambio en esa relación puede agravar seriamente la situación cubana.
Y lo mismo ocurre con Irán donde jamás imaginé que veríamos una crisis interna de la magnitud que hoy atraviesa, un país con influencia directa en Venezuela. Hay que recordar que quien abrió las puertas de América Latina a Irán fue Hugo Chávez con los acuerdos firmados con el entonces presidente Ahmadineyad, a quien Chávez llamaba «mi hermano».
P.- ¿Es posible la recuperación económica de Venezuela?
R.- Sí, pero solo con un cambio político profundo. La recuperación económica depende casi por completo de la recuperación de la industria petrolera. Y el deterioro sufrido en estos 27 años ha sido descomunal. No solo por las más de 1.500 expropiaciones, que dejaron un cementerio de empresas quebradas, sino porque se destruyeron sectores estratégicos: electricidad, siderurgia, aluminio, petroquímica y, de forma inexplicable, la propia industria petrolera.
PDVSA era la joya de la corona. En 1999 producía 3,4 millones de barriles diarios. Hoy no llega al millón; ha fluctuado entre 700.000 y 900.000 barriles. Esto no es un problema de reservas, sino de colapso técnico, desinversión y abandono total de la infraestructura.
Además, se despidió a más de 20.000 profesionales altamente cualificados, la élite petrolera del país, formados en las mejores universidades y en compañías internacionales como Exxon, Shell o ConocoPhillips. Esa pérdida de capital humano fue devastadora.
Se necesitan entre 70.000 y 100.000 millones de dólares para recuperar la producción hasta unos 2 millones de barriles diarios. Y eso sin hablar del colapso de las refinerías, que operan a una fracción mínima de su capacidad instalada.
P.- ¿Cree que las grandes empresas invertirían esas cantidades con el escenario político actual?
R.- No. Sin estabilidad política, seguridad jurídica y una perspectiva clara de futuro, ninguna gran empresa invertirá esas cifras. Las empresas miran a medio y largo plazo. Sin garantías jurídicas, no habrá inversión masiva. Hoy hay más de 9,1 millones de venezolanos en el exterior. No hace falta que regresen todos: con que vuelva una parte de ese talento, y con el aporte desde fuera, la recuperación es posible. Pero con los mismos actores políticos en el poder y sin una transición democrática clara, la inversión no fluirá.
P.- Más allá del petróleo, ¿qué otros retos estructurales ve?
R.- El reto institucional es central. No hay Estado de derecho en Venezuela. El poder legislativo es un apéndice del Ejecutivo y el poder judicial está totalmente cooptado. Ningún juez puede decidir con independencia. Sin justicia independiente no hay seguridad jurídica, y sin seguridad jurídica no hay economía posible.
Además, está el reto de la seguridad interna. Hay que desmontar estructuras criminales, colectivos armados, milicias y la presencia de la guerrilla colombiana. Todo eso sin provocar un estallido de violencia.
Y hay un reto aún mayor: la refundación de las Fuerzas Armadas. Fueron convertidas en un partido político armado, ideologizado y profundamente corrompido. Será necesaria una depuración profunda, una investigación objetiva de responsabilidades y una reconstrucción institucional. Esto incluye el desarme de la población civil y de los grupos paramilitares. Es una tarea de una complejidad enorme, pero ineludible.
P.- ¿Qué papel puede jugar España en el proceso de transición?
R.- España tiene vínculos históricos profundos con Venezuela y podría desempeñar un papel clave. Más allá de diferencias ideológicas, España ha mostrado solidaridad con los venezolanos, acogiendo a cientos de miles de ellos.
Dicho esto, figuras como José Luis Rodríguez Zapatero han generado una profunda desconfianza por su alineamiento con el régimen y con causas políticas muy oscuras en América Latina, como el Grupo de Puebla. Lo mismo ocurre con sectores como Podemos, que han defendido abiertamente al régimen.
Sin embargo, si se piensa en términos estrictamente económicos, la mejor apuesta estratégica para España sería apoyar un cambio político en Venezuela. Las oportunidades de inversión, reconstrucción y cooperación serían inmensas para las empresas españolas.
P.- Mirando a 2002 , ¿qué cambiaría de aquellas 48 horas como presidente interino?
R.- La crisis de 2002 fue un tsunami político. No hubo un plan preconcebido. Nadie sabía 24 horas antes lo que iba a ocurrir el 11 de abril. La renuncia anunciada por Chávez abrió un vacío de poder que el propio Tribunal Supremo reconoció después. No hubo golpe de Estado, hubo vacío de poder. En retrospectiva, creo que lo más conveniente habría sido que Chávez saliera del país hacia Cuba, como estaba dispuesto a hacer. Algunos altos mandos del Ejército se opusieron por razones más emocionales, querían que fuera jugado, que racionales. Eso fue un error. También habría sido preferible conformar una junta de transición más amplia, y comunicar mejor que la salida iba a ser constitucional: elecciones inmediatas para relegitimar poderes.
