The Objective
Análisis internacional

Trump, un año en la Casa Blanca: ¿es posible aguantar tres más?  

No es el único gobernante obsesionado por el poder a toda costa, pero sus acciones tienen más consecuencias

Trump, un año en la Casa Blanca: ¿es posible aguantar tres más?  

El presidente de EEUU, Donald Trump. | Michael Brochstein (EP)

Lleva un año en el cargo, y no ha habido día en el que haya dejado de tratar de convencer a estadounidenses y ciudadanos de todo el mundo de que es el más listo, el mejor negociador, el único que sabe lo que hay que hacer para ganar guerras. Pero el 61% de los norteamericanos dicen que el país no va en la dirección adecuada, según The Economist, y la popularidad de Trump baja al 36%, según Gallup.

En Europa Occidental, los datos de YouGov indican que las opiniones favorables están por debajo del 20%. En el caso de Dinamarca, el presidente Trump solo tiene un 7% de simpatías.

¿Qué le pasa a Trump? ¿Cómo tiene el valor de exculpar a los agentes antiinmigración del ICE cuando asesinan a ciudadanos estadounidenses? ¿Por qué exaspera a los europeos con las amenazas sobre Groenlandia, y este miércoles declara en Davos que hay una vía de entendimiento que excluye el uso de la fuerza después de hablar con el secretario general de la OTAN? ¿Por qué un día recibe a María Corina Machado y dice que quiere que se «involucre en el futuro de Venezuela», y después celebra el desempeño del Gobierno chavista de Delcy Rodríguez, la heredera de la corrupción y las torturas?

«No está bien de la cabeza», dicen algunos. «La cabeza le funciona perfectamente, lo que ocurre es que es un mal bicho», corrigen otros. «Ni una cosa ni otra», defienden sus —menguantes, pero firmes— partidarios: «todo lo que vemos, y no siempre entendemos, tiene que ver con que es un genio de la negociación».

Quizá, efectivamente, no hay que buscarle tres pies al gato. Quizá todo se debe a la aplicación a rajatabla de los Diez Mandamientos de Trump, que se encierran en tres: los tres principios que le enseñó el abogado Roy Cohn y que, aunque llevaron a la bancarrota a sus hoteles y casinos en seis ocasiones, también le condujeron a la Casa Blanca y le están llenando ahora de dinero los bolsillos (1.408 millones de dólares desde que es presidente, según The New York Times).

Es bueno recordar una vez más esos principios. Primero, «atacar, atacar, atacar»; segundo, «no reconocer nada y negarlo todo»; tercero, «pase lo que pase, nunca admitir la derrota y siempre reclamar la victoria».

¿Se puede acabar desequilibrado después de una vida entera de aplicar estas reglas a todo? Sí, en opinión del doctor Jonathan Reiner, un cardiólogo que trató al vicepresidente Dick Cheney y que ha pedido una investigación sobre la salud mental del presidente. Lo justifica por la carta de Trump al primer ministro de Noruega en la que le explica que ya no se siente «obligado a pensar únicamente en la paz después de haber sido rechazado para recibir el premio Nobel». «Esta carta debería desencadenar una investigación bipartidista en el Congreso», cree Reiner.

Eliot A. Cohen, profesor emérito de la Universidad Johns Hopkins y antiguo asesor del Departamento de Estado, razona de la misma forma: «Solo hay una explicación posible para la nota de Trump al primer ministro noruego: enfermedad mental».

¿Es Trump el peor presidente que ha tenido EEUU en los 250 años de su historia? Hasta ahora se llevaban la palma tipos como James Buchanan, predecesor de Lincoln y gran responsable de la guerra civil de 1861 que destrozó el país. También pelea por la calificación más negativa Andrew Johnson, que era vicepresidente de Lincoln y llegó a la Casa Blanca tras su asesinato. Populista de manual, bloqueó los derechos civiles de los esclavos liberados después de la guerra, boicoteó la Reconstrucción y sufrió el primer impeachment de la historia.

Es pronto para estar seguros de que Trump va a ganar la medalla —¡por fin, una medalla propia!— de ser el peor ocupante de la Casa Blanca, pero sus méritos son prometedores, y no encaja mal con sus dos acompañantes en el podio: Buchanan hizo inevitable la guerra civil, Johnson deshonró el esfuerzo de Lincoln para superar el conflicto y Trump es el agitador en jefe del actual enfrentamiento civil estadounidense. A su favor para que esa medalla sea de oro es que las consecuencias de los desmanes de Buchanan y Johnson las sufrieron sobre todo los norteamericanos, mientras que las habilidades negociadoras de Trump tienen repercusiones nacionales e internacionales.  

Quizá el empeño de saber qué le pasa a Trump no tiene mucho sentido. Quizá, preguntarse si está mal de la cabeza o es un genio del arte de negociar es una pérdida de tiempo, y vale más la pena pensar en lo que se puede hacer para sobrevivir al gran negociador.

Por ejemplo, pensar en la mejor manera posible de plantarle cara —en Europa y en EEUU— con firmeza y con paciencia. Por ejemplo, no exacerbar los enfrentamientos, como hace él, y tratar de reconstruir el orden internacional con cierto sentido común, respeto a las normas, espíritu de cooperación y claridad moral suficiente para distinguir entre el bien y el mal, entre los amigos y los enemigos, entre la democracia y la dictadura, entre la libertad y la tiranía.

Y confiar en que la historia tenga la última palabra.

Publicidad