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Palco real

Tres herederos y una corona: el dilema sucesorio de la monarquía francesa

El extinto trono francés se disputa por tres dinastías herederas de una de las coronas más importantes de la historia

Tres herederos y una corona: el dilema sucesorio de la monarquía francesa

El palacio de Versalles.

Francia es, paradójicamente, uno de los países europeos con una tradición monárquica más larga y, al mismo tiempo, uno de los que ha construido una identidad republicana más militante. Durante más de un milenio, reyes y emperadores gobernaron el territorio francés; sin embargo, desde finales del siglo XIX, la monarquía fue definitivamente expulsada del sistema institucional. Aun así, la Corona nunca desapareció por completo del imaginario colectivo. Hoy, en pleno siglo XXI, Francia sigue conservando muchas de sus formas aristocráticas y reales, ya sea a través de su protocolo, palacios o símbolos. Además, la reminiscencia monárquica permanece latente a través de los actuales pretendientes al trono. Cada uno proviene de las ramas más influyentes que reinaron en Francia, reclamando su sitio en el trono por razones diversas.

Del reino fundacional a la república rupturista

La historia de Francia es inseparable de la monarquía. Aunque nos podríamos remontar a Carlomagno —rey de los francos desde 768, rey nominal de los lombardos desde 774 y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico desde 800—, es desde Hugo Capeto, primer soberano de la casa, coronado en 987, cuando una de las dinastías pretendientes al trono en la actualidad se funde con el Estado. Los Capetos y sus ramas (Valois y Borbones) sentaron las bases del absolutismo moderno, que posteriormente culminaría en el reinado de Luis XIV. Su figura simbolizó como ninguna otra la identificación entre el rey y la nación, elevando la monarquía francesa a un modelo de poder en Europa.

Precisamente este momento supuso el cénit y el declive de la monarquía francesa. El absolutismo real comenzó a resquebrajarse, dando pie a la sobradamente conocida Revolución Francesa de 1789. Este acontecimiento no fue solo el derrocamiento de un rey, sino la negación del principio monárquico como forma legítima de gobierno, un hecho sin precedentes. La ejecución de Luis XVI marcó un punto de no retorno en la relación entre Francia y su monarquía. Sin embargo, el siglo XIX estuvo lejos de ser lineal: el Imperio napoleónico, la Restauración borbónica, la Monarquía de Julio y el Segundo Imperio evidenciaron que la cuestión dinástica seguía abierta y cada vez más dividida.

La caída de Napoleón III tras la derrota frente a Prusia en 1870 y la proclamación de la Tercera República cerraron definitivamente la vía monárquica. El fracaso de la restauración en 1873, debido a las disputas entre legitimistas y orleanistas, condenó a la Corona al exilio político. Desde entonces, la República se convirtió en el pilar indiscutible del sistema francés.

Tres pretendientes y una sola corona

Pese a la abolición de la monarquía, Francia mantiene hoy tres grandes líneas dinásticas que reclaman simbólicamente el trono, cada una con una interpretación distinta de la legitimidad histórica.

La corriente legitimista reconoce como jefe de la Casa de Francia a Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou. Descendiente directo de Luis XIV y bisnieto del rey Alfonso XIII de España, encarna la continuidad de la rama mayor de los Borbones. Para los legitimistas, la renuncia de Felipe V al trono francés en el Tratado de Utrecht es jurídicamente nula, por lo que la legitimidad sigue su curso natural. Este sector defiende una concepción tradicional de la monarquía, estrechamente vinculada al catolicismo y al orden histórico anterior a la Revolución.

Los orleanistas, por su parte, apoyan a Jean d’Orléans, conde de París y descendiente de Luis Felipe I, último rey de los franceses. Esta corriente propone una monarquía constitucional y parlamentaria, compatible con los valores democráticos actuales. Históricamente, fue la opción preferida por sectores liberales y burgueses, y hoy es considerada por muchos analistas como la más «adaptable» a un hipotético escenario moderno.

La tercera línea es la bonapartista, que reconoce a Jean-Christophe Napoléon, heredero de Napoleón Bonaparte. Más que una monarquía tradicional, el bonapartismo propone un liderazgo fuerte y plebiscitario, apoyado directamente por el pueblo. Aunque carece de estructura política sólida, el mito napoleónico sigue teniendo una enorme fuerza simbólica en Francia.

El monarquismo francés en la actualidad

El monarquismo contemporáneo en Francia es minoritario, fragmentado y carente de influencia institucional real. No existen partidos monárquicos con representación parlamentaria, y las organizaciones que defienden la restauración de la Corona se mueven en ámbitos culturales, intelectuales o asociativos. Action Française, por ejemplo, fundada a finales del siglo XIX, sigue siendo el referente histórico del monarquismo político, escenificado a través de la rama de los Orleans, y su legado está profundamente marcado por su pasado ultranacionalista y antirrepublicano.

Las encuestas muestran que el apoyo explícito a la monarquía rara vez supera un sorprendente 10% de la población y suele concentrarse en sectores conservadores, católicos tradicionales o nostálgicos del pasado. Para la inmensa mayoría de los franceses, la República no es solo un sistema de gobierno, sino un elemento central de la identidad nacional.

La República como identidad política

A diferencia de otras monarquías europeas que evolucionaron hacia modelos constitucionales estables, Francia construyó su legitimidad moderna en oposición directa a la Corona. Los valores republicanos (libertad, igualdad y fraternidad) se convirtieron en pilares casi intocables del discurso político, intensificados a través de la escuela, el laicismo y las instituciones del Estado.

Este rechazo institucional no impide, sin embargo, que la figura del rey siga generando debate en momentos de crisis. La hiperpresidencialización del sistema, la desafección política y la fragmentación social han llevado a algunos intelectuales a plantear, de forma teórica, si una figura arbitral hereditaria podría aportar estabilidad. Estas reflexiones, no obstante, permanecen en el terreno académico y simbólico. Muchos consideran que Francia es, en la práctica, una república monárquica, dada su estructura y su ceremonial. El presidente de la República, en muchas ocasiones, escenifica un protocolo más propio de un monarca.

La fascinación por la realeza

Francia mantiene una relación profundamente ambivalente con su pasado monárquico. Políticamente lo rechaza, pero culturalmente lo celebra. El Palacio de Versalles es uno de los monumentos más visitados del mundo; exposiciones sobre María Antonieta, Luis XIV o Napoleón atraen a millones de visitantes; y la estética real sigue siendo una fuente constante de inspiración artística y mediática.

Las casas pretendientes participan regularmente en actos culturales, conmemoraciones históricas y eventos memorialísticos, evitando en general la confrontación política directa. Su presencia pública se construye más como guardianes de una tradición histórica que como aspirantes reales al poder. Sin embargo, la perseverancia por mantener vivo el recuerdo de lo que el país una vez fue permanece latente, celebrada con orgullo y haciendo gala de sus tradiciones más significativas.

Sin ir más lejos, el conde de París, actual jefe de la Casa de Orleans, anunció recientemente que las ramas de los príncipes Miguel de Orleans y Teobaldo de Orleans quedaban fuera de la línea sucesoria, perdiendo sus descendientes los títulos de príncipe y el trato de «Alteza Real». Esta decisión se tomó al no cumplir dichos príncipes las estrictas leyes para poder pretender al trono, que exigen un matrimonio católico aprobado por el jefe de la Casa y que sus ramas permanezcan francesas y no gobiernen en otros países.

La supervivencia del relato

A diferencia de otros pretendientes a tronos hoy desaparecidos (Grecia, Italia e Irán), el caso francés es más complejo. Su dificultad para calar en la sociedad se debe no solo a los sólidos cimientos de la República, sino también a la división entre legitimistas, orleanistas y bonapartistas, que impide la articulación de un proyecto único capaz de extender la idea de una posible restauración monárquica.

La Casa Real francesa ya no gobierna, pero tampoco ha desaparecido. Sobrevive como memoria histórica, como patrimonio cultural y como referencia ideológica para una minoría que cuestiona los límites del modelo republicano. Sus pretendientes encarnan distintas versiones de un pasado común, recordando que Francia, pese a su firme republicanismo, sigue dialogando con su historia, convirtiendo a muchos de sus personajes en referentes de una época y en ideales de poder y belleza.

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