De Ginebra al golfo Pérsico: por qué la diplomacia de la paz está cambiando de capital
Las grandes decisiones en el nuevo orden global se trasladan y se negocian en capitales como Riad, Doha o Abu Dabi

Miembros de la delegación rusa tras las conversaciones trilaterales en un hotel de Abu Dabi. | Valery Sharifulin (Zuma Press)
Durante más de un siglo, Ginebra ha sido sinónimo de diplomacia, mediación y resolución de conflictos. Allí se instaló en 1920 la Sociedad de Naciones, antecedente directo de la ONU, y allí se consolidó un ecosistema único de organizaciones internacionales, agencias humanitarias y diplomacia multilateral. Sin embargo, el mapa de la paz global está cambiando. Y lo hace de forma silenciosa, pero constante, desplazando su centro de gravedad hacia Oriente Próximo y, en particular, hacia las monarquías del Golfo.
El último ejemplo es ilustrativo. Emiratos Árabes Unidos ha acogido este fin de semana conversaciones directas entre Rusia, Ucrania y Estados Unidos, un formato impensable hace apenas unos años fuera de capitales europeas tradicionales. No es un hecho aislado. Arabia Saudí, Catar, Omán y Emiratos llevan tiempo consolidándose como nuevos mediadores en conflictos de alta intensidad, desde Ucrania hasta Gaza, pasando por Afganistán o las negociaciones indirectas con Irán.
De la neutralidad suiza al pragmatismo del Golfo
Ginebra fue durante décadas el lugar natural para negociar por tres razones: neutralidad política, densidad institucional y prestigio histórico. Suiza ofrecía discreción, seguridad jurídica y un entorno alejado de las grandes rivalidades de poder. Sin embargo, ese modelo se ha erosionado. Aunque el país fue tradicionalmente un paraíso financiero y un actor celoso de su neutralidad, Berna ha alineado su política exterior con la del resto de Occidente tras la invasión rusa de Ucrania, adoptando sanciones económicas contra Moscú. Esa decisión, que puede resultar comprensible desde una lógica normativa, ha reducido su margen como mediador aceptable para todas las partes.
Al mismo tiempo, el sistema multilateral clásico muestra signos de fatiga: bloqueos, vetos cruzados, procesos interminables y una creciente desconexión entre diplomacia formal y resultados tangibles. En ese contexto, las monarquías del Golfo ofrecen algo distinto: pragmatismo, liquidez y capacidad de convocatoria.
Liquidez, marca país y diplomacia
A diferencia de Suiza, cuya fortaleza reside en su capital institucional acumulado, los países del Golfo cuentan con una capacidad financiera prácticamente ilimitada para respaldar procesos diplomáticos, garantizar seguridad, logística, incentivos económicos o reconstrucción postconflicto. La diplomacia de la paz ya no se apoya solo en la neutralidad, sino también en la posibilidad de hacer viables los acuerdos.
Este esfuerzo no es improvisado. Forma parte de una estrategia de marca país cuidadosamente diseñada. Durante la última década, estos países han invertido miles de millones en visibilidad global con ejemplos como el Mundial de Fútbol de Catar 2022, la celebración recurrente de la Supercopa de España en Arabia Saudí, el fichaje de grandes estrellas del fútbol europeo por clubes saudíes o la organización de campeonatos internacionales de golf, Fórmula 1 o tenis.
El mensaje es claro. Estos países quieren ser grandes capitales del nuevo orden global, no solo en lo económico o energético, sino también en lo político y diplomático. La mediación en conflictos internacionales es el siguiente paso lógico.
Ucrania, Gaza y el nuevo tablero diplomático
Arabia Saudí ha organizado reuniones clave sobre Ucrania con participación de países occidentales, asiáticos y del sur global. Catar ha desempeñado un papel central en la mediación entre Israel y Hamás y en las evacuaciones y negociaciones humanitarias en Afganistán. Omán mantiene desde hace años canales discretos entre Washington y Teherán. Emiratos, por su parte, se ha especializado en intercambios de prisioneros y acuerdos humanitarios entre Rusia y Ucrania, ganando credibilidad como mediador funcional.
Estos países no compiten directamente con Ginebra, sino que la sustituyen en aquellos ámbitos donde el multilateralismo clásico no llega. Mientras Suiza sigue siendo clave para procesos técnicos, humanitarios y normativos, el Golfo se ha convertido en el espacio donde se exploran acuerdos políticos de alto voltaje, con menos focos mediáticos y mayor flexibilidad.
El desplazamiento no es solo geográfico, es estructural. A medida que el centro de gravedad geopolítico se mueve hacia Asia, también lo hace la diplomacia. Las grandes decisiones del siglo XXI ya no se toman exclusivamente en Bruselas, Ginebra o Nueva York. Se negocian en Riad, Doha o Abu Dabi. La paz, como expresión de poder, sigue la misma lógica.
En este contexto, no sería sorprendente que la nueva Junta de la Paz impulsada por el presidente estadounidense Donald Trump, en la que participan varios países árabes, termine estableciendo su cuartel general en Oriente Próximo. Sería coherente con la tendencia actual y con la creciente centralidad diplomática de la región.
Europa ante el riesgo de irrelevancia
Lo que Europa no puede permitirse es la impasibilidad. El orden liberal construido tras la Segunda Guerra Mundial —basado en instituciones, normas y procedimientos— está en plena transformación. Ignorar este cambio o aferrarse a inercias pasadas implica perder influencia en la definición de las nuevas reglas del juego.
Ginebra no desaparecerá seguramente como capital diplomática, pero ya no es suficiente. No existe tampoco en la capital helvética la discreción que puede ofrecer cualquiera de los países del Golfo, que con su control sobre los periodistas y los medios, pueden evitar las fugas de información, lo cual también genera un debate sobre la transparencia exigible o no a esta clase de eventos y al que la administración estadounidense no ha dudado recurrir en décadas a pesar de sus ideales arraigados en la libertad de prensa e información.
La paz del siglo XXI se negocia donde hay poder, discreción y capacidad de interlocución transversal. Aceptarlo no significa renunciar a los valores europeos, sino adaptarlos a una realidad en la que otros actores han aprendido a jugar con ventaja. La alternativa es clara, subirse al tren de la historia o quedarse en el andén, contemplando cómo otros deciden el futuro del orden internacional.
