Claves para entender Venezuela y otras realidades complejas del orden mundial
«Estamos de vuelta a la competición estratégica entre grandes potencias, en un mundo poshegemónico o multipolar»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Ya hemos dicho, en varias ocasiones, que ha regresado lo de siempre: frente al ensueño de un gobierno mundial, estamos de vuelta a la competición estratégica entre grandes potencias, en un mundo poshegemónico o, si se prefiere, multipolar. Donald Trump lo sabe. Y casi todo lo que hace tiene que ver con ello.
Es obvio que el narcotráfico no explica por sí mismo la intervención en Venezuela. Tampoco lo hace que el régimen de Maduro haya hecho la transición de una democracia a una autocracia. Un tipo de transición a la inversa, ya advertida, por cierto, por John Mearsheimer en un libro de 2001. Pero claro, es mejor no hacer caso a los que saben: es mejor dejarnos arrastrar por los cantos de sirena de los liberales y de la izquierda políticamente correcta. Así nos va.
Básicamente, decía que no parece excusa suficiente forzar la democracia en Venezuela. No lo parece porque ninguna norma de derecho internacional positivo, ni ninguna teoría de la guerra justa admite que se pueda violar el derecho internacional para imponer la democracia: ninguna. Nunca.
Por lo demás, tampoco la teoría realista admite eso. La pongo aparte, porque el realismo ni es, ni pretende ser, una teoría moral. Entonces, mi primera afirmación de calado, en el artículo de hoy, es de índole teórica: Trump ha mostrado, con la intervención de EEUU en Venezuela, que su política exterior posee tics neocon, es decir, tics no realistas.
Para los menos avezados, recordaré brevemente que, en los EEUU., país nodriza de la teoría neocon, lo neocon se ha identificado, sobre todo, con el partido demócrata y no con el partido republicano. ¿Sorprendente? No tanto: sus principales avaladores, como Samuel P. Huntington o Nathan Glazer, fueron votantes confesos del partido demócrata a la par que teóricos del núcleo duro neocon. Trump está en esas, haciendo su particular transición, del realismo a lo neocon, probablemente debido a que, entre sus asesores, la sombra de los viejos halcones neocon es demasiado alargada como para ser obviada de un modo sistemático. El inequívoco apoyo a Israel en Gaza es, asimismo, un tópico neocon, no realista. El tiempo dirá qué tendencia es la que acaba dominando.
Lo anterior es, en todo caso, un academicismo, que puedo y debo permitirme, dada mi profesión. Pero ahora iremos al terreno de la competición entre potencias como tal. Es decir, si la reciente operación venezolana, brillante en lo militar, ni la lucha contra el tráfico de drogas ni la reconversión de Venezuela en una democracia homologable (más allá de la búsqueda de legitimidad a través de la imposición de la democracia, aplaudida por todos los neocon del mundo, con razón o sin ella) son explicaciones suficientes, por más que ofrezcan una pequeña parte de la verdad… ¿dónde debe buscarse la suficiencia?
En dicha competición entre grandes potencias. Todo está relacionado, con un único tablero mundial. Todo: China es el gran rival de EEUU. El famoso Shift to Asia es, de hecho, anterior a Trump. Viene de Obama, en lo político, y de Mearsheimer, todavía antes, en el plano académico.
¿Qué tiene que ver China en la política exterior de EEUU? Todo. Veamos. China mantiene una relación de pseudoalianza o protoalianza con Rusia e India (BRICS; OCS…). En la Casa Blanca saben que, si van mal dadas, no podrían vencer en una guerra contra China y Rusia (e India) a la vez. O, si lo hacen, el precio a pagar sería terrible, para la economía y la sociedad estadounidenses. Entonces, en Ucrania, Biden intentó usar a Ucrania para desgastar a Rusia (bloodletting; proxy war) y de ese modo sacarla de la ecuación. Como quiera que, diga lo que diga la propaganda occidental, Rusia sigue avanzando en suelo ucraniano, Trump asume el mismo diagnóstico de Biden respecto a China, pero cambia la estrategia para lograr sacar a Rusia de la ecuación y así aislar a China: llegar a un acuerdo con Moscú.
Pero… ¿qué pasa con India? Una potencia dotada de la tríada nuclear, con una marina de guerra en constante crecimiento y uno de los ejércitos de tierra mejor dotados de armamento y, ojo, personal, del planeta. La guerra de Ucrania ha acercado de nuevo (ya fue un clásico en la Guerra Fría) a Rusia e India: India recibe petróleo ruso —pese a las sanciones occidentales—, lo transforma en gasóleo, gasolina y otros derivados y lo revende a los muy inteligentes aliados occidentales.
La cuestión es que Venezuela tiene petróleo. EEUU no lo quiere para sí. El crudo venezolano es de peor calidad («pesado» y caro de refinar) que el de EEUU, y no digamos que el de Arabia o Irán. Pero la situación de Washington es desesperada, por culpa de las sanciones a Rusia. Suena raro. No lo es, no. Ocurre que, si no se permite a los aliados comprar petróleo a Rusia, pero necesitan petróleo en todo caso, de algún lugar debe salir. EEUU es autosuficiente. Pero su capacidad para satisfacer la demanda de los aliados a medio plazo es, como mínimo, discutible.
Y no se trata solo, y principalmente, de lo que ocurra con Europa. Nos encanta mirarnos al ombligo, pero poco a poco nos vamos dando cuenta, por la fuerza de los hechos, de que no somos nadie. En cambio, ahí entra, de lleno, India. Recuperemos el hilo principal del artículo de hoy… si China es el gran rival, hay que aislarlo de sus socios y/o aliados. Para Rusia, valgan los acuerdos Washington–Moscú, para poner fin a esa guerra, en términos favorables a Rusia. Para India, la apuesta de Trump es la misma: arrastrar a India fuera de la órbita china y acercarla a EEUU. Pero obras son amores y no buenas razones. El petróleo venezolano, si llega a India en buenas condiciones, podría poner fin a ese triángulo amoroso Pekín–Moscú–Nueva Delhi, o, al menos, podría deteriorarlo significativamente.
Para ello, no basta el fracking: son demasiados barriles… Era perentorio llevarse al propio redil el crudo venezolano.
Esa es la razón principal de la jugada de Trump. Pero, además, el control estadounidense del crudo venezolano puede contribuir a la caída del régimen cubano.
Hablemos un poco de Groenlandia. ¿Qué une a Venezuela y a Groenlandia? Aparentemente, nada. Sin embargo, si leemos la obra The Geography of the Peace (1944), de Nicholas Spykman, a la sazón, con Mahan y Mackinder, uno de los tres mosqueteros de la geopolítica clásica, esos dos casos tienen mucho en común. Porque Spykman plantea que Groenlandia y Venezuela (el litoral sur caribeño, en realidad) constituyen los límites de América del Norte, al Este y al Sur. La tesis de este ciudadano estadounidense de origen holandés (ergo, un WASP prototípico) no tiene desperdicio: a su entender, el resto de América del Sur ni siquiera debería llamarse «América», del mismo modo —añade— que no llamamos a «África» la «Europa del Sur» (eso sí, como en el caso de América, plantea que África empieza en el desierto del Sáhara). En otro libro, America’s Strategy in World Politics (1943), Spykman mostró una sensibilidad inusual hacia lo que sucede en lo que erróneamente se llama «América». Pero siempre en clave de que la Casa Blanca evite la penetración de cualquier ideología alternativa (fascismo, en su momento; comunismo, en la Guerra Fría; populismos de izquierda, en la actualidad).
Sea como fuere, Groenlandia y Venezuela, de acuerdo con esa tesis, sí son «América», de modo que la vigilancia de Estados Unidos debe ser todavía mayor, porque a ojos de Spykman esos territorios no son sino extensiones naturales de su propio país. Ni siquiera sería jugar fuera de casa. Y sí, con Canadá ocurre lo mismo, por supuesto. Ya se parece mucho a un Estado más de Estados Unidos, y la aspiración de máximos es que eso se formalice.
Dicho lo cual, lo que sucede con Groenlandia es más de lo mismo, es decir, en clave geopolítica, también debe ser interpretado en clave china. Lo de Spykman es una narrativa legitimadora. Pero lo importante es el objeto de legitimación. Entonces, lo decisivo es que Groenlandia es un territorio rico en tierras raras. Hoy en día, cuando son explotadas, lo son por empresas australianas, tras llegar a acuerdos con empresas chinas. Es así porque son los dos Estados con mejor aptitud tecnológica para ese reto. EEUU, antes de Trump, se ha dormido en los laureles, en este como en otros asuntos. Por poner un ejemplo, aunque en suelo norteamericano hay reservas significativas de galio o de germanio, EEUU prefiere no explotarlas (viva el ecologismo) e importarlas de China (sic). Pero Trump ha dicho basta y se apresta a quitarle el negocio a China en Groenlandia, para desarrollar su propio músculo al respecto.
Lo que está pasando, además, hay que analizarlo con el zoom de la fotografía convenientemente ampliado: China lleva lustros construyendo un imperio económico mundial. Groenlandia no es un hecho aislado. Simplemente, es más fácil intervenir ahí que en otros lares. Pero China domina África: ha penetrado desde Marruecos y Argelia (sí, también Marruecos), desde Yibuti y Etiopía; desde Angola; Sudáfrica ya está en BRICS; y el objetivo es converger hacia el centro del continente, a sabiendas de que en 2100 África será el mercado más grande del mundo, con diferencia. En Hispanoamérica sucede algo similar: desde Mercosur a Perú (recordemos el puerto de Chankai), a sus instalaciones de seguimiento de satélites en Cuba y Argentina. Y no voy a mencionar, por tópico, la Nueva Ruta de la Seda y la apertura de la ruta norte del Ártico. Lo cierto es que el nerviosismo de Washington es entendible, porque hace años que están perdiendo la carrera en disputa de la hegemonía. Groenlandia es una pieza más de un gran tablero que, simplemente, está más cerca y es más fácil de controlar (no es plausible que una OTAN sin EEUU entre en guerra contra EEUU, y menos la UE, que ni siquiera es un actor internacional digno de tal nombre).
Hay más cosas, si entramos en detalles, pero siempre en la misma clave… Groenlandia está poco poblada por nativos y menos, si cabe, por daneses. Por ello, la llegada, ya consumada, de varios miles de trabajadores chinos augura un vuelco demográfico a medio plazo. Las autoridades autonómicas groenlandesas han visitado Pekín para reforzar lazos, en detrimento de su dependencia de Copenhague. Poca broma. De hecho, China es tan desinhibida que llegó a proponer la reapertura de una antigua base naval estadounidense de la Segunda Guerra Mundial, aprovechada por la OTAN en plena Guerra Fría (Gronnedal), en beneficio propio. Eso se evitó, en última instancia y de momento, de modo que últimamente es frecuente la presencia de alguna fragata danesa por esos lares. Es algo testimonial.
No son cuestiones de la semana pasada. Si algún lector está interesado en profundizar en la estrategia china en el Ártico, puede consultar uno de mis artículos (corto y claro) publicado en 2018, en la Revista General de Marina («La geopolítica del Ártico: una nueva pieza en el gran tablero chino»). Hay que anticiparse a las cosas.
¿Qué sucederá con Groenlandia? Mi hipótesis principal es que EEUU terminará comprándola a Dinamarca. Como ya hizo con Alaska (en esa ocasión, a Rusia); o como ya hizo con Florida (en esta otra ocasión, nos la compró a nosotros que, en dicho contexto histórico, también éramos aliados suyos). En fin, si finalmente sucede… ¿a quién le podría sorprender? De momento, gracias a la oposición europea, Trump se va a salir con la suya sin gastar un dólar, tras utilizar a la OTAN para ello: puede que Groenlandia siga siendo una colonia danesa, pero, además, ya será un protectorado estadounidense. ¿Y Dinamarca? Pues nada…
Volvemos a Tucídides: ya dijo… «El fuerte hace lo que puede; el débil sufre lo que debe». Estas palabras, de la Historia de la guerra del Peloponeso, fueron escritas hace unos 2.500 años. Nada ha cambiado. Entonces… ¿quién soy yo para contar cuentos de hadas? Mi trabajo consiste en explicar la realidad, tarea más complicada de lo que parece, no limitándome a describirla. Explicar es más que describir. Contar cuentos es menos que todo lo anterior.
Otro día hablamos de la «Junta de Paz» de Trump. La ONU lo ha puesto muy fácil. Pero hay más cosas…
Jose Baques es investigador invitado del Centro para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria.
