Cumbre CAF en Panamá: ¿hacia una integración hispánica?
Juan Pablo Salazar, director de Inclusión de CAF, plantea la historia compartida como elemento de la infraestructura

De izquierda a derecha: D. Joaquín Goyache Goñi, rector de la Universidad Complutense; D. Luis Díez-Canseco, decano de la facultad de Derecho de la Universidad Tecnológica de Perú; Elvira Roca Barea, escritora, ensayista y docente en Utamed; D. Javier Panera Cuevas, director de Actividades Culturales de la Universidad de Salamanca y D. Carlos Alonso Lucio, exsenador colombiando y director de Cívicos.
El miércoles a las dos de la tarde, hora local, cuando terminaron de hablar los jefes de Estado presentes en la cumbre, el Panamá Convention Center estaba lleno a rebosar. Y eso que los discursos políticos suelen ser plúmbeos pero la muy variopinta fauna humana que aquí se ha dado cita lo ha soportado con ejemplar paciencia. Hay de todo y las mil músicas del español se oyen una tras otra con cada persona que pasa. Empresarios, cocineros, líderes de distintas profesiones, gente del deporte, la ingeniería, la música, la banca… Hay de todo aquí —quizás demasiado— pero como dicen los impulsores de la idea de crear un Davos hispano, al menos en los primeros achuchones, el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe precisa ser grande para que sea visible. Esta es la segunda vez que se celebra.
Nuestro valedor en esta cumbre es D. Juan Pablo Salazar, director de Inclusión de CAF, que son las siglas con que popularmente se conoce al Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe.
Desde el escenario pide al público dos minutos de paciencia—. Estamos alambrando a los panelistas —dice. Genial expresión.
La sala donde se desarrolla este panel que ha coordinado sobre deporte e inclusión está a reventar. Inclusión, integración, son las palabras que mejor definen a este joven ejecutivo de CAF en todos los ámbitos de su vida y no solo en el mundo del deporte o el de la integración de personas con todo tipo de discapacidades. Su espíritu inclusivo va volando a lo grande, hacia esa inmensa y desestructura comunidad panhispánico que no atina a encontrar en el mundo un modo de hacer valer su peso. Por eso ha sido también el valedor de nuestro panel, que tuve el honor de coordinar y que llevó por título El poder de la palabra: estrategias para reconstruir el prestigio de nuestra lengua y cultura. En él hemos dialogado D. Luis Díaz-Canseco, peruano y expresidente del Tribunal de Justicia de la Comunidad Andina (el tercero más importante del mundo en resolución de litigios internacionales) y rector de la facultad de Derecho de la Universidad Tecnológica de Perú; D. Carlos Alonso Lucio, exsenador de la República de Colombia y director de Cívicos, una plataforma que impulsa el debate político y la participación ciudadana; D. Joaquín Goyache Goñi, rector de la Universidad Complutense de Madrid y D. Javier Panera Cuevas, director de Actividades Culturales de la Universidad de Salamanca.
Empecé disparando a bocajarro y señalando, con el beneplácito de mis panelistas, que allí sentados había dos destacadas personalidades de la derecha y la izquierda americanas y que ambos estaban perfectamente de acuerdo en que el proyecto panhispánico tiene que estar más allá de los límites de la ideología política y hacerse, de la raíz hasta las hojas, trasversal. Es un horizonte común que debe verse por encima de la disputa del momento entre los partidismos políticos, porque trasciende este contexto momentáneo y lo supera. Hemos hablado de muchas cosas: la transferencia de conocimiento entre nuestras universidades; de cómo prestigiar nuestra lengua en el terreno científico; de la ignorancia de cuánto compartimos tanto en el terreno jurídico como en el terreno histórico; de los motivos por los que hemos absorbido internamente los argumentos de la leyenda negra… Y mucho más. Por ejemplo: ¿tiene el español el lugar que le corresponde en los organismos internacionales? Y si no es así, ¿cuál es la causa? Porque estamos hablando de la segunda lengua materna por número de hablantes del mundo, según nos dice el Anuario 2024 del Instituto Cervantes. En fin, sería demasiado largo de contar los muchos puntos esenciales que hay que analizar para comprender la baja autoestima de la gran comunidad panhispánica y cómo este problema lastra las mil fortalezas que ya posee. Pero la siguiente pregunta es qué mueve a un banco de desarrollo que nace en Colombia y se expande por 23 países a promover no solo un panel con este contenido sino también un foro internacional de este tipo. Y le preguntamos, claro está, a nuestro hombre en CAF, Juan Pablo Salazar.

PREGUNTA- ¿Cómo nace esta iniciativa dentro de CAF y cuál es su objetivo a largo plazo?
RESPUESTA- Nace de una reflexión muy propia de CAF como banco de desarrollo y también de una cierta incomodidad. Como banco de desarrollo, CAF tiene la misión de acompañar a los países de América Latina y el Caribe en procesos de desarrollo. Y tradicionalmente cuando uno piensa en un banco de desarrollo piensa en infraestructuras: carreteras, puentes, energía, ciudades… Y todo eso es indispensable, pero hay un momento en que empezamos a preguntarnos si eso era suficiente. Porque de poco sirve construir un puente entre Bolivia y Brasil, o entre Perú y Colombia si no existe antes un tejido social, cultural y simbólico que dé sentido a esas infraestructuras. El desarrollo no es solo hardware; también es software. Es la historia en la que creemos, la manera en que nos pensamos como región, aquello que nos une y nos permite proyectarnos colectivamente.
P.- ¿La cultura compartida también es infraestructura?
R.- Claro. Desde ese punto de vista es completamente pertinente, y diría que necesario que CAF invierta en esa infraestructura cultural. Es preciso ayudar a que la región se piense a sí misma como un proyecto común, no solo como una suma de países. Esa integración cultural es en el fondo una forma de poder blando sin la cual ningún proyecto económico o político de largo plazo se sostiene.
P.- ¿Este es el momento adecuado en tu opinión? ¿Por qué? Hay pensamiento geoestratégico de altura en esta cumbre.
R.- Estamos en una coyuntura histórica muy particular. El orden mundial está claramente en proceso de reconfiguración. Las reglas, los equilibrios y los centros de poder están cambiando. Y América Latina no puede conformarse con ser un invitado de segunda categoría en esa mesa. Si queremos reclamar un lugar propio en el mundo, primero tenemos que creérnoslo. Y eso pasa inevitablemente por reconciliarnos con nuestra historia. No desde una lógica revisionista o de trincheras sino desde una integración madura de nuestras luces y nuestras sombras. Solo así podemos construir una identidad compartida que fortalezca la autoestima colectiva de la región. La visión de largo plazo de CAF es contribuir a que América Latina y el Caribe sean cada vez más relevantes en el mundo y esa relevancia no se construye únicamente con ladrillo y cemento. Se hace también, y quizás sobre todo, con ideas, relato y conciencia histórica.
«Una identidad basada en la queja no construye proyectos de futuro ni de cooperación duradera»
P.- En tu caso particular y también dentro de CAF, ¿qué motivos te llevaron a promover un conversatorio como este?
R.- En mi caso personal nace de una convicción muy profunda. Yo me di cuenta ya de adulto de que la historia de mi país y de nuestra región, tal como me la enseñaron en el colegio, era una historia profundamente incompleta y, en muchos sentidos, sesgada.
En mi generación crecimos con un relato bastante pobre: o éramos herederos de víctimas absolutas o descendientes de victimarios absolutos. Un esquema muy simple, donde unos españoles aparecían únicamente como saqueadores y unos pueblos indígenas como figuras nobles pero completamente impotentes frente a la historia. En este marco, nosotros quedábamos atrapados en una identidad construida desde la culpa, el resentimiento o la impotencia.
P.- ¿Y cómo se supera eso? Porque en España no creas que se enseña algo muy diferente.
R.- Empecé a educarme por fuera de ese relato, a entender qué significó realmente el surgimiento del Nuevo Mundo, qué implicó que por primera vez la humanidad tuviera conciencia global de todos los continentes; cómo se construyó un sistema político, cultural y jurídico que duró más de tres siglos y también qué ideas y narrativas contribuyeron a su derrumbe. Y algo cambió. No porque todo fuera admirable sino porque entendí que nuestra herencia era infinitamente más compleja, más rica y más ambigua de lo que nos habían contado. Luces y sombras, aciertos y errores, creación y violencia, todo junto. Y sentí que el paradigma con el que muchos crecimos nos había robado esa complejidad, y con ella, una herencia mucho más abundante de la que creíamos tener.
P.- ¿Y cuál es a tu juicio la consecuencia más grave de ese relato amputado que se nos ofrece como historia general para ubicarnos en el mundo a los hispanohablantes?
R.- Estoy convencido de que lo que me pasó a mí no es excepcional. Creo que es algo que está pasando en Polanco, en Palermo, en Chapinero o en cualquier barrio de América Latina. Crecemos dentro de un relato que no le hace justicia a la realidad histórica y eso ha tenido un efecto muy concreto: un golpe profundo a la autoestima colectiva de la región. Somos más de 500 millones de hispanohablantes en el mundo. Compartimos una lengua, una tradición cultural y una historia entrelazada. Objetivamente somos un gigante, pero un gigante dormido, que no termina de creerse lo que es ni el potencial que tiene, si lograra pensarse de manera más integrada y menos acomplejada.
P.- ¿De la conciencia de esta necesidad salió la idea de presentar este panel en la cumbre de Panamá?
R.- Sí, con esa misma lógica. La conformación del panel fue cuidadosamente pensada. Nos interesaba que la conversación no quedara encerrada ni en una mirada exclusivamente española ni en una latinoamericana sino que reflejara ese espacio compartido, a veces tenso, a veces fecundo, que es el mundo hispánico. Por eso hubo dos voces europeas y dos americanas, y bueno tú, que estabas en medio moderando; voces provenientes tanto del ámbito universitario como de la experiencia política y cultural, de la derecha y de la izquierda. Esa combinación era fundamental para que el panel no fuera una celebración identitaria sino un ejercicio serio de reflexión sobre pasado, presente y futuro.
P.- ¿Sin una valoración positiva de la historia compartida es imposible una integración de la comunidad panhispánica?
R.- No diría que sin una valoración positiva de la historia compartida sea imposible cualquier forma de integración panhispánica. Lo que sí creo es que, sin esa valoración, la integración está condenada a ser frágil, y en última instancia, estéril o efímera. Si el único punto de encuentro que tenemos es el resentimiento, lo único que podemos proyectar en común es eso mismo: una identidad basada en la queja, la revancha o la negación del otro. Con ese punto de partida no se construyen proyectos de futuro ni de cooperación duradera.
«Más allá de sus errores, [la historia del Nuevo Mundo] fue una empresa profundamente épica en términos humanos»
P.- ¿Cómo podemos avanzar hacia ese equilibrio de valoración justa en un relato histórico que ha estado tradicionalmente enfrentado entre la demonización o la santificación?
R.- Hablar de una valoración positiva de la historia compartida no significa idealizarla ni convertirla en una leyenda rosa. Significa asumirla en toda su complejidad. Reconocer que nuestra historia común está hecha de injusticias, violencias y fracasos, pero también de gestas extraordinarias, capacidad de organización, creación cultura y mestizaje. Y no solo desde lo español sino también integrando lo valioso y heroico de nuestros ancestros indígenas y afrodescendientes. Negar cualquiera de esas dimensiones nos empobrece.
P.- ¿Es posible hacer de esa historia compartida un pilar de fuerza para el futuro? Que una comunidad tan grande sea tan débil es casi un sinsentido…
R.- Mira, cuando uno se fija en la historia del Nuevo Mundo con algo de distancia, se da cuenta de que, más allá de sus errores, fue una empresa profundamente épica en términos humanos. Atravesar océanos, fundar ciudades, crear sistemas jurídicos, mezclar lenguas, culturas y creencias y sostener durante siglos una civilización compleja en condiciones extremadamente difíciles no es obra de sociedades débiles. Quizás una metáfora útil sea la del fútbol. Una camiseta pesa. No porque esté limpia de derrotas sino porque ha sobrevivido a ellas. Un equipo no gana campeonatos renegando de su historia sino sabiendo de dónde viene, recordando cuándo cayó y cómo se levantó. La identidad no se construye desde la perfección sino desde la capacidad de sobreponerse a las crisis. Algo parecido ocurre con la comunidad panhispánica. Sin una relación madura y afirmativa con nuestra historia compartida, una relación que integre las heridas y los logros es muy difícil construir una épica común que mire hacia adelante con valentía. Y sin esa épica, sin un relato de sentido, cualquier intento de integración termina siendo puramente instrumental y fácilmente descartable.
P.- ¿Cuál crees tú que podría ser el papel de España en este gran impulso de integración? Porque la verdad es que en esta cumbre apenas si hay presencia española visible. ¿Hispanoamérica e Hispanoeuropa están destinadas a no encontrarse más que para promover polémicas estériles?
R.- España tiene un papel potencialmente muy importante en cualquier impulso serio de integración panhispánica, pero es un papel que aún no termina de asumir con claridad. Durante años ha oscilado entre una presencia demasiado cargada de pasado y una retirada casi total del debate, y ninguna de las dos opciones es especialmente productiva. En un proyecto de integración maduro, España no puede ni liderar jerárquicamente ni desaparecer. Su lugar natural es el de socio cultural e intelectual, facilitador de conversaciones, puente entre Europa y el mundo hispanoamericano. No como tutor ni como espectador sino un actor que camino al lado, aportando reflexión, academia y debate público. Quizás la baja presencia española visible en esta cumbre sea también una señal de que todavía estamos aprendiendo a construir este espacio común de forma más horizontal y contemporánea.Algo se mueve en América y nos afecta, lo queramos o no. Podemos seguir sine die la tradición autárquica tan del gusto celtibérico, la que cultiva el excepcionalismo en dos frentes que son cara y cruz de la misma moneda: el glorioso pasado jamás igualado por ningún otro o del espantoso pasado que hay que aborrecer y hasta eliminar de los libros si fuera posible. Por ese camino no se va a ninguna parte. Ya deberíamos saberlo. Es preciso en el momento presente cultivar una estrategia de convergencia que nos haga fuertes. La subordinación como sistema de supervivencia es opción conocida y no deberíamos conformarnos con ella. Acabaré citando el reciente e histórico discurso del primer ministro de Canadá Marck Carney en Davos: si no estás en la mesa es que estás en el menú.
