¿Se acerca la hora de Cuba?
La sombra de la caída del chavismo es alargada. Washington y La Habana negocian, y Trump cree «que habrá un acuerdo»

El presidente cubano Díaz-Canel condena en La Habana la captura de Maduro. | EP
La imagen de Nicolás Maduro capturado en Caracas el pasado 3 de enero por las autoridades estadounidenses de la Administración del Control de Drogas (DEA) y trasladado a Nueva York con su mujer para ser juzgado por narcoterrorismo y otros delitos sorprendió al mundo, pero fue un shock especialmente duro para el régimen de La Habana.
El desarrollo posterior de los acontecimientos en Venezuela —la cooperación del chavismo con EEUU a través de la presidenta en funciones Delcy Rodríguez, su anuncio de una amnistía para los presos políticos y las ambiguas noticias sobre la posibilidad de que se abra un horizonte electoral—, además del hecho de saberse en el punto de mira de la Casa Blanca, ha terminado de sacar al Gobierno cubano de su burbuja.
Se acabó definitivamente el petróleo venezolano —25.000 barriles diarios en 2023, 10.000 barriles diarios en 2024 y 2025— y se acabó también la sustitución que La Habana había encontrado a lo largo del último año, el petróleo mexicano. Trump le pidió el sábado a la presidenta Sheinbaum que cerrara el grifo —en realidad, le enseñó su carta preferida, el garrote: la amenaza de sanciones y aranceles contra cualquier país que envíe petróleo a Cuba— y ella cedió. Después, Sheinbaum ha dicho que México mandará «ayuda humanitaria» a la isla, y que tratará de reanudar los envíos de crudo. Buenas palabras de cara a su galería, y parches para una dramática situación de crisis económica y energética, con escasez de todo, apagones continuos y un deterioro aún más profundo de lo habitual en las condiciones de vida de los cubanos. Y Cuba tiene reservas de petróleo para aguantar solo unas semanas.
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, reaccionó con furia el viernes de la semana pasada a la amenaza de aranceles para los suministradores de petróleo. Agitó de nuevo el apolillado pleonasmo castrista —patria o muerte— y habló de EEUU como «un imperio en decadencia». Más o menos como Nicolás Maduro hace un par de meses, y poco consolador para los cubanos, que no tienen luz, ni alimentos ni libertad.
Pero a Díaz-Canel no le ha pasado inadvertido el modus operandi del comandante en jefe del decadente imperio. Dos días más tarde, el ministerio cubano de Exteriores anunció «su compromiso de cooperar con Estados Unidos y otras naciones para fortalecer la seguridad regional e internacional». Y mucho más: «Cuba declara categóricamente que no alberga, no apoya, no financia ni permite organizaciones terroristas o extremistas. Nuestro país mantiene una política de tolerancia cero frente al financiamiento del terrorismo y el lavado de dinero, y está comprometido con la prevención, detección y enfrentamiento de actividades financieras ilícitas, en consonancia con los estándares internacionales».
Justo lo que Trump quería oír, así que el presidente estadounidense se apresuró a jugar al juego que más le gusta: intimidación y reconciliación; palo y zanahoria. Después de este comunicado, Trump ha dicho que están hablando «con las más altas esferas» del régimen y se ha permitido aventurar lo siguiente: «Creo que vamos a llegar a un acuerdo con Cuba».
La oposición no se fía del régimen cubano. El blog 14/Medio recoge las palabras del exiliado José Daniel Ferrer en el sentido de que el Gobierno de La Habana, ahogado como está, trata de ganar tiempo y confía en que el resultado de las elecciones legislativas de medio mandato de EEUU en noviembre debilite el poder de Trump.
Mientras tanto, se habla de reuniones en México entre una delegación cubana encabezada por el general Castro Espín y un alto funcionario de la CIA. Y The Wall Street Journal asegura que el Gobierno de EEUU busca «un interlocutor cooperativo en La Habana con el que negociar». ¿La Delcy Rodríguez de La Habana? Visto lo visto —la increíble eficacia de la captura de Maduro, que solo ignoraban, aparentemente, los 32 militares cubanos que le protegían y que murieron en la operación, y la actual colaboración entre Washington y los herederos del chavismo—, el divide y vencerás es un territorio ya explorado por la Casa Blanca, y no hay que descartar nada.
El antecedente venezolano del 3 de enero sugiere que cualquier posible acuerdo entre Cuba y EEUU será sin duda mejor que lo que hay, pero también que la democracia no está entre las prioridades de Trump. La semana pasada, el secretario de Estado, Marco Rubio, de origen cubano y en el centro de todos estos movimientos, dijo en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado que a EEUU le gustaría un cambio de régimen en Cuba: «Eso no significa que vayamos a provocarlo, pero sin duda nos encantaría verlo. No hay duda de que sería un gran beneficio para Estados Unidos que Cuba ya no estuviera gobernada por un régimen autocrático».
A EEUU le importa extraer todas las ventajas posibles de socios y adversarios, una política que tendrá pésimas consecuencias a medio y largo plazo. Pero, a corto plazo, el relanzamiento de «América, para los americanos» puede pasar factura a las autocracias en el hemisferio. Ha empezado a ocurrir —veremos cómo acaba— con el chavismo venezolano y ahora le puede pasar al castrismo, que lleva casi 70 años sometiendo a los cubanos al hambre, el sudor y las lágrimas. Y ojalá llegue a la dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua.
Nada de esto importa a alguna izquierda española que aún tiene a la dictadura cubana como modelo y cuya principal preocupación es que el Gobierno español trabaje en la UE para preservarla.
Ojalá el trabajo del Gobierno español con respecto al futuro de Cuba no vaya en la dirección de lo que ha hecho —y lo que ha dejado de hacer— en cuanto a Venezuela. Ojalá ejerza el liderazgo que debería, por razones históricas y culturales —un imposible, con esta coalición que sostiene a la Moncloa, y con el zapaterismo como inspiración— y contribuya a que Venezuela, Cuba y Nicaragua aterricen cuanto antes en la libertad y la democracia.
