El 250 aniversario de EEUU, una oportunidad diplomática que España no aprovecha
La Casa Blanca rescata el papel de España en 1776, pero Sánchez prefiere seguir recordando el fin del franquismo

Trump quiere levantar una réplica de la escultura de Colón que fue destruida por radicales en 2020. | Samuel Corum - Pool via CNP / Zuma Press
Mientras Estados Unidos prepara una conmemoración histórica de alcance global por los 250 años de su independencia, el Gobierno de Pedro Sánchez ha optado por un perfil bajo que contrasta con el reconocimiento creciente en Washington del papel decisivo que tuvo nuestro país en aquella gesta. En pleno año simbólico para la relación atlántica, el Ejecutivo español parece más preocupado por su cruzada ideológica contra la hispanidad y el trumpismo que por reivindicar la huella española en el nacimiento de la república norteamericana. Prueba de ello fueron las críticas vertidas desde la Moncloa la semana pasada a la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, por conceder la medalla internacional a EEUU por el 250 aniversario de su nacimiento.
La propia embajada de Estados Unidos en Madrid lo ha dejado negro sobre blanco: «Hace 250 años, el camino hacia la independencia de Estados Unidos no se recorrió en solitario. España fue un socio clave y un aliado decisivo», ha difundido en sus redes sociales. No es una concesión retórica. Se citan nombres, hechos y escenarios: el conde de Aranda, Diego de Gardoqui —primer representante español ante el Congreso Continental—, Juan de Miralles y, sobre todo, Bernardo de Gálvez, cuya ofensiva en el golfo debilitó decisivamente al Imperio británico.
Es Washington quien está recordando que sin España el desenlace habría sido distinto. No el Gobierno de Pedro Sánchez.
Deriva antitrumpista
El programa estadounidense bajo el sello Freedom 250 incluye actos centrales en Filadelfia y Nueva York en julio de 2026, celebraciones en Mount Vernon organizadas por el Departamento de Estado, conmemoraciones en San Agustín y la evocación de Yorktown. La narrativa fundacional incorpora explícitamente la dimensión internacional del conflicto.
Frente a esa ambición, la agenda española en Estados Unidos se limita a pequeñas colaboraciones culturales, actos sectoriales y presencia simbólica: el buque escuela Juan Sebastián de Elcano en Sail250, apoyo a museos, piezas teatrales, jornadas gastronómicas y la participación de cuatro cazas españoles en el desfile del 4 de julio. Presencia, sí. Liderazgo político, no.
Para el diplomático y eurodiputado del PP Nicolás Pascual de la Parte, el problema es de enfoque. «Este año se conmemora el 250 aniversario de la independencia de los EEUU de Norteamérica, en la que la participación de la Corona de España fue decisiva en términos de asistencia económica, financiera y militar». Y añade que ese papel «lo van reconociendo crecientemente tanto las élites políticas y académicas como el pueblo norteamericano».
Su crítica es directa: «El Gobierno de Sánchez, cegado por su sectarismo político y su incuria intelectual, confunde la historia de los Estados Unidos y sus vínculos con España con el puntual inquilino de la Casa Blanca». El resultado, a su juicio, es evidente: «Perdemos así una gran oportunidad para celebrar juntos una historia común y profundizar nuestros vínculos con la gran nación norteamericana. Una pena y una vergüenza».
El trasfondo es político. Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, el Ejecutivo español se ha alineado con la izquierda global en una campaña de confrontación ideológica constante. Las declaraciones, los gestos y la retórica oficial han colocado a España en la vanguardia del bloque crítico con el presidente estadounidense.
Pero una cosa es la discrepancia política y otra la gestión estratégica de una efeméride histórica. Estados Unidos no es Trump, recuerdan los diplomáticos consultados. La independencia de 1776 no pertenece a un partido ni a una Administración concreta. Sin embargo, la narrativa oficial española parece condicionada por la batalla cultural interna.
Memoria selectiva
La comparación con otras conmemoraciones recientes resulta inevitable. En 2022, los 500 años de la primera vuelta al mundo culminada por Juan Sebastián de Elcano —una de las mayores hazañas de la historia universal— pasaron sin una apuesta institucional acorde a su magnitud. Y no fue un caso aislado. Otras fechas clave del legado histórico español tampoco han contado con el respaldo del Ejecutivo.
Sin embargo, el Consejo de Ministros autorizó la semana pasada otra transferencia de 14,6 millones de euros para el Comisionado de los «50 años de España en libertad» y seguir conmemorando el fin de la dictadura. Más de 600 actividades en 2025 y la promesa de reforzar la agenda este año. Un presupuesto superior al anual del CIS o de la Casa Real, aprobado en un contexto de prórroga presupuestaria.
El Ejecutivo justifica ese gasto en la necesidad de reforzar los valores democráticos entre la población joven mediante congresos, ciclos de cine, exposiciones y actos culturales centrados en la Guerra Civil y la dictadura franquista. Pero la comparación alimenta la percepción de memoria selectiva.
Mientras se destinan millones a una agenda con fuerte carga ideológica interna, la conmemoración internacional de una gesta en la que España fue protagonista recibe un tratamiento residual.
El contraste es aún mayor si se tiene en cuenta que fue el propio presidente Joe Biden quien reconoció en 2022, en el Palacio Real de Madrid, que la independencia estadounidense no habría sido posible sin la contribución española. Es decir, el reconocimiento existe al más alto nivel. O incluso el propio Trump ha decidido colocar una escultura de Colón en los jardines de la Casa Blanca. Es decir, mientras que una parte de la historiografía tradicional con influencia anglosajona situaba el origen de los EEUU con la llegada del Mayflower, la historia del país no puede entenderse sin la llegada de los españoles en los albores del siglo XVI a Florida con Juan Ponce de León.
Las grandes efemérides no son meros aniversarios. Son instrumentos de diplomacia pública. Permiten reforzar alianzas, proyectar influencia y actualizar vínculos estratégicos. En un momento de tensiones geopolíticas, competencia tecnológica y redefinición del orden internacional, la relación con Estados Unidos sigue siendo central para España.
El 4 de julio de 2026, cuando Filadelfia concentre la atención mediática mundial, se evocará la ayuda española. Se mencionará a Gálvez, a Gardoqui, a Aranda. La pregunta es si el Gobierno español habrá decidido ocupar el lugar que la propia narrativa estadounidense le reconoce o si seguirá atrapado en su disputa ideológica con el ocupante actual de la Casa Blanca.
Porque en diplomacia, las oportunidades no se repiten con facilidad. Y el 250 aniversario de Estados Unidos es, para España, algo más que una fecha redonda: es una ocasión para convertir la historia en estrategia.
