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Internacional

Ucrania: entramos en el quinto año de guerra

Una mala paz con concesiones a Moscú sentaría las bases de otra futura agresión rusa en Europa

Ucrania: entramos en el quinto año de guerra

Zelenski visita la ciudad de Kúpiansk, en la región de Járkov (Ucrania). | Presidencia de Ucrania

Dentro de unos días —el 24 de febrero— se cumplen cuatro años de la invasión rusa de Ucrania. Grandes expertos en geoestrategia y reputados analistas pronosticaron entonces que las tropas del Kremlin iban a barrer a los ucranianos en unas semanas. No fue así, y ahora el ejército de Ucrania es el más fuerte de Europa. Las ayudas occidentales, muy valiosas pero insuficientes, y la voluntad de independencia y libertad del país lo han hecho posible.

Donald Trump quiere terminar con la guerra como sea e intenta que Vladímir Putin no salga mal librado; por ahora lo está consiguiendo. Aunque Rusia está en una pésima situación, el Kremlin no concederá nada mientras la Casa Blanca no le obligue.

En la recién celebrada conferencia de Múnich sobre seguridad y defensa se hicieron públicos los últimos cálculos —no hay datos de Moscú, obviamente— de bajas rusas: 65.000 entre diciembre y enero. Según la OTAN, Rusia ha sufrido más de un millón de muertos y heridos desde que empezó la invasión.

No es que al Kremlin le importe mucho, puesto que en las dictaduras no hay opinión pública libre ni elecciones democráticas, pero la población es consciente del desastre: además de los jóvenes que no vuelven del frente o llegan malheridos, la economía creció por debajo del 1% en 2025 —lo único que aumenta, en cifras enormes, es la industria defensiva, el 8% del PIB—, los ingresos por exportaciones caen, el déficit crece y los precios internacionales del petróleo y del gas, que han descendido, suponen la mitad de ingresos que hace un año. Las previsiones son pésimas. Económicamente, Rusia está, según The Economist, en una zona de muerte.

Ucrania sí está agotada, sin duda. No solo por su sangría —es un país mucho más pequeño que ha soportado ya, según las estimaciones de la BBC, 140.000 muertos y decenas de miles de heridos, desaparecidos o cautivos—, sino también por la economía de guerra y su dependencia de Europa, que es irregular y que depende de las fluctuaciones políticas y de las propias crisis europeas.

La guerra debe acabar, pero hay dos formas al menos de que termine: con un apaño entre EEUU y Rusia por el que cesan las hostilidades, pero los rusos se quedan con parte del este de Ucrania e imponen condiciones que chocan con la independencia del país, o con una negociación real en la que los términos tienen en cuenta que hubo un agresor y una invasión fracasada, y que nada de lo que se acuerde puede determinar la voluntad de los ucranianos sobre su futuro.

Por el momento, en Ginebra se celebran conversaciones entre Ucrania y Rusia, con EEUU como patrocinador. Las jornadas que ha habido hasta ahora no han arrojado resultados. Los observadores repiten desde hace semanas que el gran obstáculo es el empeño ruso en mantener el territorio ucraniano conquistado al principio de la ofensiva, el Donbás. Las conversaciones van a continuar. Ni Rusia ni Ucrania quieren cargar con la responsabilidad de romper el diálogo. Rusia, que no cede en nada, se aferra a la relación especial entre Trump y Putin, y Ucrania hace todo lo posible por incorporar a Europa a la negociación. De hecho, expertos de Reino Unido, Francia, Italia y Alemania están en Ginebra sin haber sido invitados, a petición del presidente Zelenski.

A corto plazo, resolver adecuadamente esta guerra es el asunto más importante para el futuro de Europa. A medio y largo plazo, las tareas son otras, e igualmente complejas. Algunas se abordaron este fin de semana, en la reunión de seguridad y defensa de Múnich. En esa cita, y por lo que refiere a un aspecto central, como es la relación entre estadounidenses y europeos, hubo una de cal y otra de arena por parte de EEUU.

Por una parte, el tono de la intervención del secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional Marco Rubio fue mejor que el del vicepresidente J.D. Vance del pasado año. Es cierto que Vance dejó el listón tan bajo que no era fácil igualarle en intimidación y zafiedad.

Por otra parte, el fondo de la intervención de Rubio no varió demasiado de la manera en la que EEUU ve a sus antiguos aliados europeos, aunque hubo una retórica distinta a los ladridos que últimamente escuchan los europeos: «Nuestro destino está y siempre estará entrelazado con el suyo, porque sabemos que el destino de Europa nunca será irrelevante para el nuestro». Y Rubio fue un poco más allá: «En una época en la que los titulares anuncian el fin de la era transatlántica, que quede claro para todos que ese no es nuestro objetivo ni nuestro deseo, porque para nosotros, los estadounidenses, nuestro hogar puede estar en el hemisferio occidental, pero siempre seremos hijos de Europa».

El tono europeo fue positivo. «Europa tiene que aprender a convertirse en una potencia geopolítica», reconoció el presidente francés, Emmanuel Macron, con el que se alinearon la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el primer ministro británico, Keir Starmer, el canciller alemán Friedrich Merz y otros —no todos: como viene siendo habitual, Pedro Sánchez dio la nota— en la visión de una Europa fuerte que pueda defenderse, garantizar su seguridad y capaz de competir económicamente con Rusia, China y EEUU.

En Múnich se habló de estas necesidades a medio y largo plazo, para las que ya empiezan a circular propuestas: para los retos políticos y económicos, una Europa con una nueva organización que se base en el consenso y no en la unanimidad, y que dinamite la burocracia; una Europa con un mercado interior y de capitales único, con inteligencia artificial propia y que se tome en serio su defensa, desde la industria armamentística hasta una fuerza conjunta de disuasión nuclear. No son ideas nuevas ni es sencillo avanzar en su desarrollo.

En todo caso, nada de todo esto sirve para acelerar la paz en Ucrania. Si Europa entrara activamente en el conflicto, Rusia perdería la guerra. Como eso no parece que vaya a ocurrir, los europeos deben emplearse a fondo para que EEUU mantenga la distancia con Moscú. Acabar este conflicto con una mala paz es sentar las bases de otra agresión y de otra guerra. Eso es lo que se juega Europa —y ojalá EEUU entienda el fondo del asunto— después de estos cuatro años de resistencia de Ucrania.

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