El chavismo viste su mejor camuflaje para perpetuarse en el poder
«La amnistía, hay que aclararlo, no es una apertura ni una distensión. Se limita a hechos del pasado»

Delcy Rodríguez. - Archivo
Después de 27 años lidiando con este monstruo rojo y verde, es posible entender que el chavismo es una entramada organización capaz de reinventarse para mantener activas sus aspiraciones de perpetuarse en el poder. Ahora lo ha hecho de nuevo: se ha aprobado una supuesta ley de amnistía que, en el mejor de los casos, ayudará a liberar a centenares de anónimos manifestantes que nunca debieron estar presos por haber protestado en las calles o en redes sociales contra el régimen.
La Asamblea Nacional aprobó la ley por unanimidad, lo que incluye a los 253 diputados chavistas sin disfraces y a 29 «opositores», representantes de partidos sin arrastre popular que son los aceptados por el Gobierno, en esa especie de atropello consentido que es el legislativo venezolano.
Esos opositores incluyen a exlíderes medios, disidentes de la Plataforma Unitaria, la coalición de partidos que le dieron su respaldo al exdiplomático Edmundo González en 2024, llevándolo —según los escrutinios salvados del fuego por la oposición— a derrotar a Nicolás Maduro en las urnas.
Pero esos políticos «conciliadores» también son, en su mayoría, acérrimos enemigos de la líder opositora María Corina Machado, así que también les viene bien esa supuesta amnistía y reconciliación que les excluye a ella, a González y a otros disidentes exiliados en España o en Estados Unidos. Como son minoría, si esos diputados se hubieran abstenido, salvaban la honra. De todos modos, el chavismo solo bastaba y sobraba para aprobarla.
Pero estos políticos que también levantaron la mano son solo convidados a la fiesta del chavismo. Chavismo con uñas y dientes. El fondo de todo esto es que la autodenominada revolución bolivariana parece cultivar otra vez aquella máxima dialéctica de un paso para atrás y dos para adelante, o algo así. De este modo, se agazapa detrás del bosque de amenazas y acciones erigido por la administración de Donald Trump, dispuesto a esperar una nueva oportunidad para zafarse.
El escenario venezolano hoy contraría las previsiones de los opositores más optimistas, hechas en enero, cuando, en medio del estupor y la incredulidad por la espectacular captura de Maduro, muchos creyeron que estaban presenciando un acelerado derrumbe del chavismo.
Y claro, el régimen está malherido, intentando mantener la cohesión total entre sus distintas facciones, con jefes que se miran mutuamente con desconfianza; atraviesa sospechas de alta traición y no encuentra cómo explicarle a sus desnutridos seguidores de la base popular que ahora están negociando y recibiendo en Caracas con espléndidas ceremonias a los procónsules de Trump, que son los mismos carceleros de Maduro.
También ha perdido la autonomía financiera, y como a cualquier empresa intervenida o a cualquier persona irresponsable de sus actos, el Gobierno de Trump le controla los ingresos por exportación de petróleo. Esas visitas de supervisión incluyen la del general Francis L. Donovan, nuevo jefe del Comando Sur, la división de las Fuerzas Armadas de EEUU que montó la captura e incursión de 150 aeronaves y varios barcos en el espacio aéreo y mar venezolanos.
En otra ladina estrategia, el aparato chavista está usando la presión internacional para intentar quedar bien en la foto con su ley de amnistía y a la vez tratar de liquidar cualquier posibilidad de que la oposición democrática pueda acceder al poder y capitalizar ese abrumador respaldo popular del que todavía goza.
Los objetivos son claros: lograr que la nueva ley le lave la cara a un régimen acusado de supuestos delitos de lesa humanidad ante la Corte Penal Internacional, sin sacrificar gran cosa. Ya de hecho, el infaltable gobierno de España está abogando por su amiga Delcy y pide que la Unión Europea le levante las sanciones a la presidenta interina apoyada por Trump. Bruselas parece menos entusiasta que Pedro Sánchez. Mientras, desde Washington, el FMI se dice dispuesto a reanudar sus relaciones con Venezuela, suspendidas desde hace 22 años por órdenes del militar Hugo Chávez.
La otra apuesta es más temeraria en este todo o nada: el chavismo espera que Trump caiga por algún accidente en el camino, lo que según esa visión incluye la posibilidad de que aparezca más salpicado en el escándalo Epstein, o que las derrotas recientes ante los demócratas en elecciones regionales consoliden una tendencia y acabe perdiendo las elecciones de medio término del Congreso y con ello su poder para mantener su agresiva campaña internacional y su pragmática política hacia Venezuela.
En todo caso, operadores chavistas creen que hay un horizonte claro con las elecciones presidenciales de 2028, en las que esperan una derrota de los republicanos. Claro, todo esto es una aproximación al mundo según el chavismo, porque, como dicen en los llanos venezolanos, «una cosa piensa el burro y otra el que lo arrea».
La oposición se dice firme en su estrategia, Machado promete volver al país pronto, dice que coordina su estrategia con Washington, presiona por unas elecciones verdaderas libres, y sus colaboradores cercanos denuncian la falsedad de la supuesta amnistía que quedará a discreción de los propios tribunales de justicia controlados por el chavismo en un país sin separación de poderes.
«El mensaje real está claro: aquí no habrá amnistía, ni libertad, ni propiedad, ni prosperidad, ni derecho a enfrentar a los criminales mientras ellos pretendan administrar la ‘ley’ y el ‘perdón’», denuncia Magaly Meda, mano derecha de Machado. Fuerzas chavistas allanaron de nuevo la casa de Meda y también incautaron la propiedad apenas horas después se aprobaba la ley de supuesta amnistía. «Esto es lo que le pasará o le volverá a pasar; a todo el que no les obedezca, sean militares, policías, trabajadores, empresarios, políticos, periodistas, curas, o a quien sea», escribió Meda en sus redes desde el exilio.
El dirigente Juan Pablo Guanipa, cercano colaborador de Machado, ha tenido hasta ahora mejor suerte. Acaba de salir de prisión y ha retomado el activismo, en el más claro desafío opositor interno desde que Machado salió al exilio al recoger su premio Nobel de la Paz. «Ellos quieren ganar tiempo para mantenerse en el poder», advirtió Guanipa cuando por fin consiguió la libertad esta semana.
También han aparecido algunos otros líderes que se han dejado ver la cara, tras meses ocultos del terror, en la clandestinidad. La oposición insiste en que este proceso es irreversible, pero para que ocurra una transición a la democracia, su principal aliado es Trump, que a su vez anda de luna de miel con Delcy.
En las calles de Venezuela se mantienen las violaciones a los derechos humanos; los amenazantes despliegues de fuerzas militares y policiales «para defender la patria»; las conmovedoras protestas de familiares de presos políticos a las puertas de las prisiones. Además de líderes como Machado, quedan fuera de la amnistía militares que se rebelaron contra el régimen en algún momento desde 1999, sindicalistas y políticos que fueron encausados o inhabilitados mediante oscuras componendas apoyadas en leyes anticorrupción.
La amnistía, hay que aclararlo, no es una apertura ni una distensión. Se limita a hechos del pasado. Como lo resume el activista por los derechos humanos Rafael Uzcátegui, si a usted lo mantenían preso por un tuit y lo amnistiaron, si vuelve a tuitear, puede ir de nuevo preso. La ley «no va a servir para eliminar el aparato represivo», advierte Alfredo Romero, de Foro Penal, la también amenazada ONG que mejor lleva los números de los presos políticos en el país.
