The Objective
Enfoque global

La incipiente anarquía nuclear

Rusia cuenta con 5.889 ojivas nucleares frente a las 5.113 que posee Estados Unidos.

La incipiente anarquía nuclear

Vladimir Putin y Donald Trump. | Reuters

«Nadie puede ganar una guerra nuclear y nunca se debería llegar a contemplarla». Esta es la frase lapidaria que contiene la declaración conjunta del presidente Reagan y el secretario-general Gorbachov al final de su primera reunión en Ginebra en aquel otoño de 1985 cuando comenzaba el segundo «deshielo» de la Guerra Fría de la Era Nuclear entre los dos colosos nucleares; los EEUU y la URSS Se consolidaba así el apogeo del Control de Armamentos y el refuerzo del concepto de la«disuasión» a través de la doctrina de Destrucción Mutual Asegurada o MAD (por sus siglas en ingles que también significan «locura» o «loco») como garantes de la estabilidad del orden mundial yla seguridad de que los lideres de las potencias nucleares no llevarían al planeta al suicidio colectivo. 

A pesar de reforzar el concepto de «disuasión», el énfasis en «nadie» y «nunca» contradice el pilar fundamental que sostiene toda la era nuclear desde ese fatídico 6 de agosto de 1945 en el puerto japonés de Hiroshima, donde el mundo y su orden global cambiaron para siempre. Si ante una amenaza nuclear las opciones del rival son «o la rendición o el suicidio», la naturaleza humana nos proporciona la respuesta del mandatario de turno hacia la supervivencia. Solo un «loco» o la «locura» temporal de un líder se inclinaría por la alternativa. Al fin y al cabo, todo líder político aspira a dejar un legado histórico, no a acabar con la Historia. 

Así pues, llevamos ya más de ocho décadas basando la estabilidad global y la supervivencia del planeta en una contradicción palmaria que planea sobre la sociedad internacional y su gestión de conflictos. La tesis de la «Disuasión» o MAD es tan frágil que en contadas ocasiones se ha puesto a prueba y cuando se llego al precipicio, como en Corea 1951 o Cuba 1962, o Able Archer 1983, la visión apocalíptica y la prudencia de los lideres del momento no solo dieron un paso atrás y acordaron una salida honrosa del contencioso, si no que iniciaron, gestaron, catalizaron y consolidaron la creación de un orden, unas reglas, una confianza, un lenguaje y una gramática común, unos procesos y unos protocolos para que nunca más se llegue a un escenario en que no solo «se amenace» con el uso de un arma nuclear sino que «no se contemple su implementación».

Así, bajo la losa de esa contradicción, se formuló, construyo y consolidó «el orden nuclear» actual de Control de Armamentos y de No Proliferación que según que historiadores podría haber comenzado con la propuesta de «Átomos por la Paz» de Eisenhower el 8 de diciembre 1953 en la cual EEUU ofrecía compartir el uso pacífico de la energía nuclear a cambio de que renunciaran al arma nuclear; o en el Acuerdo de Prohibición de Pruebas Nucleares en 1963 entre EEUU, URSS y Reino Unido para impedir la transferencia de tecnología a las potencias no nucleares o el Tratado de No Proliferación de 1968 en el cual las potencias nucleares ofrecen un trato al resto de los estados; la promesa de compartir tecnología nuclear pacifica y llegar a un desarme nuclear progresivo y total, a cambio de la renuncia de estos a ser potencias nucleares.

Desde mediados del siglo XX, décadas de tortuosas y complejas negociaciones crearon una densa estructura de tratados, acuerdos y hasta iniciativas unilaterales para gestionar el creciente arsenal de armas nucleares ofensivas y defensivas. Este orden nuclear acapara todo el abanico de posibilidades y escenarios; los de corto, medio y largo alcancé; las armas ubicadas en tierra, mar, aire y en el espacio, incluso las armas por llegar en las fases de pruebas y planificación y sobre todo en poner orden y certeza en que los adversarios comprendan los protocolos de actuación del contrario – lo que se denominó, «The Guidance» o «SIOP» del Departamento de Defensa o Guerra en EEUU y «Cheget» o el «Perimeter del 12 Directorio GUMET» en el Ministerio de Defensa de la Federación Rusa que son básicamente «el manual de uso» de sus armas nucleares.

Este tejido de protocolos, procesos de verificación, intercambio de información y un régimen de observación y conocimiento mutuo —el más famoso es el «teléfono rojo» entre Moscú y Washington para evitar «el holocausto nuclear por un malentendido»— y el continuo intercambio de visitas de delegaciones fue producto de dos procesos paralelos, uno bilateral y otro multilateral, ambos ahora en este 2026 con riesgo a desaparecer o reconvertirse en algo completamente distinto: 

Orden vertical: ¿bilateral o trilateral?

El orden bilateral entre EEUU y URSS/Rusia que comenzó con el Tratado SALT I y ABM de Moscú en mayo de 1972 y que tuvo su continuación con los SALT II (1979), INF (1987), START I (1992), START II (1993), SORT (2002) y START II (2010) en las décadas siguientes pusieron límites a los arsenales ofensivos y defensivos de ambas superpotencias, reduciendo los arsenales máximos de EEUU de 31,225 ojivas nucleares (1967) y de la URSS de 40,159 (1986) a los arsenales actuales de 5,889 ojivas de Rusia por 5,113 de EEUU y que concluyo el pasado 5 de febrero sin activar el tradicional automático proceso respetar lo acordado mientras se negocia un nuevo acuerdo. 

Moscú y Washington señalan que un futuro acuerdo nuclear sería parte de un «gran acuerdo» transaccional entre ambas que iría más allá de un acuerdo militar e incluiría acceso a recursos minerales y energía, reparto de zonas de influencia en el Ártico, Europa y Asia Central, acceso a los océanos, espacio y nuevas tecnologías, presumiblemente con la participación de China. Este proceso al parecer comenzó ya en la primera presidencia de Trump (2017-21) y se revitalizó en la reunión bilateral de Anchorage, Alaska, con Putin en agosto 2025, pero la agenda y objetivos siguen sin concretarse y permanecen todavía en el ámbito de la especulación sobre los deseos ambiguos, volubles y volátiles de ambos mandatarios. 

Esta supuesta cumbre transformacional al estilo de la conferencia de Yalta en 1945 entre Stalin, Roosevelt y Churchill y posterior entre Stalin, Truman y Atlee, que tratan de emular tanto Trump, Putin como Xi (China, presumiblemente en sustitución del Imperio británico) en su afán por crear un nuevo orden global más a su medida y beneficio.

Precisamente es China, la principal preocupación de Washington y Moscú, la que puede dar la puntilla a cualquier esperanza de renovar o reformar el régimen de control de armamentos nucleares o de crear uno nuevo. China es ahora el comodín de una partida nuclear que hasta ahora se jugaba a dos bandas. Pekín se conformaba hasta 2022 con una modesta fuerza de disuasión mínima al estilo de Francia o Reino Unido con unas 280-320 ojivas nucleares. Eso ya es historia. 

El nuevo programa centenario 2049 de la estrategia china contempla que Pekín aumentara su fuerza nuclear en 500 ojivas para el 2030 y extendería su doctrina hacia «una triada sostenible y efectiva», es decir, crear un componente de misiles terrestres, en submarinos y en bombarderos equiparables a las triadas americanas y rusas. Estas ambiciones auguran a rusos y americanos que China contempla un arsenal nuclear con capacidades y ojivas que se acerca más a ellos que a las otras potencias nucleares del planeta. 

Ante esas perspectivas, cualquier nuevo acuerdo tendría que incluir a Pekín y transformarse en una negociación triangular y no bilateral, con China como la parte más débil. Una posición que el Ejército Popular Chino y el PCCh rechazan de plano, pues para la celebración de la República Popular China en 2049, pretende ocupar el lugar «que le corresponde al pueblo chino en el orden global».

Orden horizontal: ¿el fin del multilateralismo?          

El segundo aspecto es el multilateral. En 1962, ante el riesgo de proliferación nuclear horizontal descontrolada —la CIA y el KGB  calculaban cada uno por su cuenta que «para finales de la década de 1960 habría entre 30 y 35 estados con la bomba nuclear»—, los EEUU la URSS y el Reino Unido propusieron un pacto entre las potencias nucleares y el resto de la sociedad de naciones que resultó en el anteriormente mencionado Tratado de No Proliferación (1968) y la división de la sociedad internacional en estados nucleares y no nucleares. Este Tratado NPT es fruto de la oferta del ‘Atoms for Peace’ de EEUU y de su diversa acogida por la comunidad internacional y desemboca en este tratado de no proliferación con la premisa de mantener el número de los nucleares al mínimo y reducir la capacidad y necesidad de los no nucleares al máximo. La comunidad internacional optó por tres estrategias:

Primera: Por una parte, las potencias con ambiciones soberanistas y globales como Francia, China, Reino Unido llegaron a la conclusión de que las armas nucleares, a pesar de su coste financiero y moral, y su dudosa utilidad militar, eran una herramienta política y estratégica que les daba acceso al exclusivo club de toma de decisiones global, y que, por lo tanto, era prioritario entrar y consolidarse en ese club. Este club nuclear se visualiza claramente en la composición del Consejo de Seguridad de la ONU y sus miembros permanentes con derecho a veto, es decir, EEUU, Federación Rusa, China, Francia y Reino Unido.

Segunda: Por otra parte, están las potencias medias y regionales que, con conflictos existenciales de naturaleza variada, pero frecuentemente producto de herencias coloniales o conflictos irresolutos, como India, Pakistán, Corea del Norte e Israel, optan por obtener la póliza de seguro más efectiva en el nuevo orden atómico internacional y asegurar su supervivencia en lo que ellos entienden como un vecindario peligroso. Los cuatro citados lo han conseguido con éxito y otros candidatos, como Irán y Arabia Saudí, todavía lo siguen persiguiendo, aunque con unas perspectivas y expectativas de éxito dispares.

Tercera: Finalmente, los estados que aceptaron el trato del NPT en 1968 y se declararon no nucleares para acceder a la benevolencia de las superpotencias (su paraguas nuclear de seguridad o «Disuasión extendida»), la tecnología nuclear y concentrarse en el desarrollo de sus sociedades como Alemania, Japón, Suecia, Suiza, Italia, Turquia, Rumania, Polonia, etc. y otros que inicialmente reacios al trato ofrecido por el NPT se inclinaron por la opción nuclear para luego ante el coste político, económico, o simplemente el cambio geopolítico regional dar marcha atrás y renunciar a sus arsenales y programas nucleares «voluntariamente» o «coaccionados» a cambio de «garantías» de las potencias nucleares declaradas. En este grupo nos encontramos países como Sudáfrica, Argentina, Brasil, Corea del Sur, Irak, Libia, Bielorrusia, Ucrania y Kazajistán, unos con más fortuna que otros.

A pesar de puntuales fracasos en el sur de Asia y Oriente Medio, el resultado de los últimos 58 años es positivo y hasta hace poco esperanzador. A 2026 todavía hay solo nueve estados nucleares y, hasta la invasión de Ucrania por Rusia en febrero de 2022, solo había dos candidatos problemáticos serios: Irán y Arabia Saudí.

Eran «problemas asequibles a resolver» y, en la opinión global, «manejables», con Irán involucrado en un eterno proceso de negociación que culminó en el confuso pero efectivo acuerdo de 2015 ‘Joint Comprehensive Plan of Action’ entre los P5+1 (los cinco permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania) e Irán. Un acuerdo supuestamente transaccional que compensaba avances en el desmantelamiento del programa nuclear persa por el levantamiento de sanciones económicas. Un proceso condenado a la eternidad que acomodaba los intereses de la comunidad internacional de contener al régimen de los ayatolás, además de calmar las ansiedades regionales de sus vecinos en Oriente Medio y de paso, relegaba la ejecución del «pacto entre caballeros» de Islamabad con Riad en la década de los 1990, evitando la proliferación nuclear en la región más inestable del planeta. Es decir que, a cambio de la financiación de la «bomba islámica de Pakistán», por Riad, Islamabad se comprometía a «transferir el arma nuclear de Islamabad a Riad instantes después que Teherán adquiriera la misma». 

Los problemas parecían solucionarse mutuamente y las sucesivas conferencias de renovación del NPT cada cinco años eran rutinarias y foros para que las potencias nucleares apaciguaran a las no nucleares que les acusaban de no cumplir su parte del trato de 1968 y consolidar en «doble rasero» y la «hipocresía endémica» del orden internacional al no desarmarse y mantener arsenales nucleares muy por encima de las necesidades de la disuasión mínima que las mismas potencias nucleares predicaban. 

En fin, como decía el estratega Lawrence Freedman, «business as usual». La renovación del NPT en 2016 se gestionó con alguna señal de alarma. Ucrania reclamaba que se aplicara el Acuerdo de Budapest de 1994, que garantizaba por Washington, Moscú y Londres su integridad territorial ante la ocupación rusa de Crimea y el Donbás desde 2014, y los países musulmanes reclamaban medidas contra la «bomba de Israel». Las tensiones en el subcontinente indio ya inquietaban, pero no preocupaban lo suficiente para descarrilar la conferencia.

La nueva era de la incertidumbre: ¿el fin de la disuasión nuclear?

Desde entonces, el orden geopolítico ha dado un vuelco. En 2018, la presidencia de Trump 45 revocó el acuerdo JCPOA con Irán. Siguieron tres acontecimientos transformativos: la caótica y humillante retirada de Biden de Afganistán en agosto de 2021; la brutal invasión de Ucrania por Rusia en febrero de 2022 y las consecuencias del ataque terrorista de Hamas a Israel el 7 de octubre de 2023 han dinamitado el antiguo orden multilateral y la naturaleza de la sociedad internacional. El resultado es la consolidación de un orden transaccional bilateral basado en intereses nacionales por encima de la estabilidad del sistema y a expensas del cuerpo de la legitimidad y la legalidad internacional en vigor desde 1945. 

Las grandes perdedoras ante esta nueva realidad son las potencias medias que se ven vulnerables y, ante el ejemplo del abandono de Ucrania por sus aliados, están considerando optar por la vía nuclear para asegurarse su supervivencia a largo plazo y quizás esperar mejores tiempos. Así pues, estados como Polonia, Rumania, Alemania, Turquía, República de China (Taiwán), Suecia, Finlandia, Corea del Sur y, hasta hoy, la única víctima de una agresión nuclear, Japón, no lo descartan

Así pues, las tres grandes potencias globales y nucleares, la Federación Rusa, los EEUU y China, se postularon por revisar y reformar el orden internacional de forma más acorde con sus intereses nacionales y marginar y humillar las estructuras multilaterales existentes que consideraban no respondían a sus expectativas y ambiciones nacionales o, como prefieren definirlas Trump, Putin y Xi, «civilizatorias». Sorprendentemente, ante este «maelstrom geopolítico», en 2021 la conferencia del NPT prolongó el acuerdo hasta mayo de 2026, quizás porque ya entonces Washington y Moscú lo consideraban irrelevante.

Esta vez, las perspectivas de renovación dentro de tres meses son bastante lúgubres. La evolución de los conflictos imperantes en Europa, Oriente Medio y Asia-Pacífico reafirma la consolidación del nuevo orden bilateral transaccional a expensas de los acuerdos y legislación multilateral vigente. Esta desconfianza, inestabilidad e incertidumbre hacen inservibles y nada creíbles las garantías de «disuasión extendida» por los EEUU a sus supuestos socios y aliados. Si añadimos la poca credibilidad de los arsenales británicos y franceses y las continuas amenazas por parte de Moscú del uso nuclear ante sus contratiempos en el campo de batalla ucraniano, podemos concluir que se ha creado un clima de incertidumbre e inestabilidad en los focos conflictivos del planeta, sobre todo en Europa, que han cambiado ya de facto, las reglas del juego del orden global de control de armamentos nucleares.

El pasado 5 de febrero, el orden «vertical» entre las superpotencias Rusia y EEUU terminó también de iure. En mayo de 2026 es casi certero que sucederá lo mismo con el orden «horizontal» del régimen de no proliferación. Ante la volatilidad e incertidumbre imperante, la ausencia de marcos legales e institucionales y la desconfianza endémica entre los miembros de la sociedad internacional, principalmente entre las tres grandes potencias, auguran un repliegue conservador hacia posiciones defensivas y de puro y exclusivo ámbito de interés nacional. Un clima idóneo para una futura carrera de armamentos nuclear con potencialmente un impacto doble; una escalada vertical y una proliferación horizontal que no contribuye a la estabilidad y certidumbre del nuevo orden global. El historiador británico Peter Apps lo define como «un siglo XIX con armas nucleares». Esperemos que se equivoque.

Andrew Smith Serrano es Investigador Principal del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria

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