El estado de la Unión no es bueno, y el presidente Trump lo sabe
Un discurso vacío de visión y lleno de exageraciones y vulgaridades. Las legislativas preocupan a los republicanos

El presidente de EEUU, Donald Trump, durante su discurso sobre el estado de la Unión. | Reuters
Trump hizo de Trump en el discurso sobre el estado de la Unión de la madrugada de este miércoles: dijo que él era el mejor y que sus adversarios son lo peor. No lo ven así seis de cada diez estadounidenses, que creen que el país está peor de lo que estaba hace un año, según un sondeo de NPR/PBS/Marist Poll. No lo comparte el 61% de la población, que dice que las políticas del presidente llevan al país hacia la dirección equivocada, según otro sondeo de la CNN.
Con estos datos de opinión pública y muchos otros similares, Trump habló y habló y habló: una hora y 47 minutos. Volvió a mentir sobre su derrota electoral de 2020 ante Biden y dijo de nuevo que los demócratas habían hecho trampas. Aseguró que la inflación está controlada y que los precios de la gasolina y los alimentos están bajando, cuando no es cierto, como sabe todo el mundo que va al supermercado y conduce un automóvil. Repitió sus argumentos sobre la inmigración —todavía un asunto con respaldo popular, pero ya muy afectado por las imágenes de los dos asesinatos de Minneapolis y los comportamientos salvajes de los agentes del ICE— y provocó a los demócratas —a veces con éxito, porque entraron al trapo— en otra de sus especialidades: la polarización, el enfrentamiento, los bloques. Populismo de manual, como se hace en tantos países, unos cuantos de ellos europeos (y alguno, mediterráneo).
Pero el presidente tuvo silencios significativos en su larguísimo discurso. Por ejemplo, no cargó de nuevo —como hizo, furioso, la semana pasada— contra el Tribunal Supremo, que le acaba de asestar el revolcón más fuerte del año con la limitación de sus aranceles, después de que los mercados ya castigaran estrepitosamente sus caprichos comerciales. No habló de los disparatados costes de los seguros de salud, ni del problema de la vivienda. Tampoco se dedicó a fustigar a los miembros del Partido Republicano que, tímidamente, empiezan a decir: «no es esto, no es esto», y que están muy preocupados por las elecciones legislativas de noviembre en las que pueden perder el control de la Cámara de Representantes. Naturalmente, ni se acercó a las procelosas aguas de los archivos de Epstein, un escándalo que aún le puede dar disgustos.
Hacia el exterior, pocas palabras, como es habitual en estos discursos. Silencio en cuanto a su obsesión con Groenlandia. Silencio sobre Ucrania, como si la cosa no fuera con él. Una felicitación a las fuerzas especiales que secuestraron a Nicolás Maduro y una cierta burla de los países de la OTAN que tienen que poner más dinero en la defensa común. Y sobre Irán, una extensión de lo que dijo la semana pasada, cuando dio un plazo «de 10 a 15 días» a Teherán para que presente un plan de acuerdo nuclear. De lo contrario, «ocurrirán cosas malas», pronosticó.
Pueden ocurrir: con sus bajos índices de popularidad (36% de respaldo), una intervención eficaz fuera de casa —como fue la del 3 de enero en Venezuela, o como podría ser la presión que está ejerciendo, acompañada de negociaciones, en Cuba— le sería útil de cara a noviembre. A los norteamericanos les va la Doctrina Donroe, la versión Donald Trump de la Doctrina Monroe. Según Issues & Insights TIPP, ante la pregunta de si EEUU debería tener un papel activo a la hora de abordar los problemas del hemisferio o dar un paso atrás, un 34% cree que Washington debe tener «un papel aún más activo» y un 22% piensa que debe «mantener el actual». Solo el 23% es partidario de reducirlo. No hay demasiadas diferencias entre las opiniones de demócratas y republicanos.
Además, la dictadura está debilitada después de dos meses de masivas manifestaciones de heroicos iraníes hartos de restricciones económicas y de la falta de libertad. Los ayatolás son conscientes de lo que pasó en Venezuela el 3 de enero y de la situación límite de Cuba, y recuerdan los ataques que sus instalaciones nucleares sufrieron en junio de 2025 por parte de EEUU, cuyo actual despliegue aéreo y naval en la zona es gigantesco. Varios países europeos han pedido a sus nacionales que abandonen el país inmediatamente. Una guerra convencional es muy improbable, pero Trump amenazó de nuevo con una acción como la del verano pasado si no hay plan de desarme nuclear: «Nunca permitiré que el principal patrocinador del terrorismo en el mundo, que es lo que son con diferencia, tenga un arma nuclear. No puedo permitir que eso suceda».
13 meses de Casa Blanca han quitado brillo a una presidencia excesiva y divisiva. Que Irán pueda servir para contrarrestar el fracaso en el control de la inflación, superar el tremendo revés del Supremo sobre los aranceles y difuminar la guerra civil que los agentes de inmigración han librado este invierno contra la población estadounidense, además de anticiparse a los disgustos que aún pueden venir de los archivos de Epstein, lo dice todo sobre las necesidades del presidente.
Falta mucho para noviembre, y Trump tiene muchos recursos para alterar la hasta ahora pésima trayectoria electoral de los republicanos en elecciones parciales —en territorios que habían sido decididamente trumpistas—, pero algo le dice que las cosas no van bien. Y eso se ha reflejado en sus palabras de la madrugada del miércoles. Hay miedo en las filas republicanas. La preocupación ha llegado a la Casa Blanca.
Y de ahí una intervención repleta de anécdotas, de exageraciones y mentiras, de autoelogio desvergonzado, de bronca con los demócratas y de silencio sobre los asuntos importantes o incómodos. Un discurso de poca altura, a pesar de los intentos del final, cuando el país está a punto de cumplir 250 años. Un discurso sobre el estado de la Unión lleno de vulgaridades y vacío de visión.
