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Enfoque global

Golpe estratégico: EEUU e Israel ejecutan un ataque de alto impacto sobre Irán

La ofensiva amenaza con extender el conflicto por todo el Golfo Pérsico y llevar al límite el estrecho de Ormuz

Golpe estratégico: EEUU e Israel ejecutan un ataque de alto impacto sobre Irán

El presidente de los EEUU, Donald Trump, junto a Benjamin Netanyahu, su homólogo israelí. | Amos Ben Gershom (Zuma Press)

Tras varias semanas de creciente tensión estratégica y ante la percepción de un ataque iraní inminente, Israel ejecutó el pasado sábado un ataque preventivo de carácter fulminante con apoyo de EEUU. Días antes hubo un endurecimiento de la retórica política, un estancamiento de los canales diplomáticos y movimientos militares significativos en distintos puntos de Oriente Medio. Las negociaciones celebradas en Ginebra evidenciaron profundas divergencias entre las partes.

Irán mantuvo una estrategia dilatoria, mostrando únicamente una alineación parcial en el ámbito nuclear, sin modificaciones sustanciales en su programa de misiles balísticos, en el respaldo a actores proxy regionales o en la represión interna. Paralelamente, la sociedad iraní continuó sometida a una compleja combinación de crisis económica, represión política e incertidumbre. En el plano interno israelí, el clima social y político osciló entre la ansiedad y la preparación estratégica. Desde el punto de vista operacional, pese a la interoperabilidad existente entre EEUU e Israel en sistemas de armas, defensa antiaérea y aviación de combate, el planeamiento y la ejecución de una operación conjunta combinada presentaban elevados niveles de complejidad.

El refuerzo militar estadounidense en la región se desarrolló de manera gradual pero sostenida, situando a Washington ante una disyuntiva estratégica entre la diplomacia coercitiva y el uso de la fuerza. El despliegue —que incluyó grupos de portaaviones con sus escoltas, aeronaves de superioridad aérea, sistemas de defensa antiaérea, aviones cisterna, plataformas de transporte estratégico y submarinos— difícilmente podía interpretarse únicamente como un instrumento disuasorio.

EEUU había exigido reiteradamente el abandono del programa nuclear iraní bajo amenaza de consecuencias severas. No obstante, persistía el escepticismo sobre la viabilidad de un acuerdo diplomático, dado que Teherán mantuvo sus líneas rojas fundamentales: la supervivencia del régimen, la preservación de capacidades estratégicas clave y el mantenimiento de su influencia regional. En este contexto, la crisis refleja la interacción entre disuasión militar, cálculo estratégico y negociación coercitiva en un entorno de alta volatilidad geopolítica.

Guerra en el Golfo Pérsico

La escalada bélica, tras los ataques coordinados de EEUU e Israel contra Irán, constituye un nuevo punto de inflexión estratégico, que posee implicaciones estructurales que trascienden el ámbito estrictamente militar. Desde sus primeras fases, la operación parece orientada no solo a degradar las capacidades militares del régimen, sino también a desarticular su estructura de mando, debilitar su cohesión política y erosionar su núcleo de decisión.

La planificación conjunta había alcanzado un alto grado de madurez operacional, contemplando opciones que incluían ataques selectivos contra dirigentes con el objetivo de provocar un colapso institucional e incluso facilitar un eventual cambio de régimen en Teherán. Este abanico de opciones evidenciaba que Washington se preparaba para un conflicto de gran envergadura, en caso de fracasar los esfuerzos diplomáticos.

El ataque inicial fue diseñado para producir un impacto estratégico inmediato. Desde la perspectiva de la denominada «doctrina Hezbolá», el conflicto se desplaza hacia el dominio cognitivo y la guerra híbrida, combinando acciones cinéticas convencionales con la eliminación de objetivos de alto valor estratégico (HVT) vinculados al liderazgo religioso-político-militar. La ruptura de la cadena de mando se acompañó de ataques contra infraestructuras militares críticas, con la intención de forzar no solo la aceptación de condiciones negociadoras, sino una capitulación política. No obstante, indicios operativos sugieren que Irán había anticipado esta posibilidad, reforzando la descentralización en la toma de decisiones, lo que habría permitido mantener su capacidad de represalia.

La operación parecía concebida para ser contundente pero limitada, evitando una escalada mayor. Sin embargo, Irán respondió ampliando el teatro de operaciones mediante ataques contra bases estadounidenses y objetivos estratégicos en Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Qatar, Kuwait y Jordania, incluyendo ataques contra ciudades y aeropuertos, ampliando significativamente la dimensión regional del conflicto.

En la fase inicial, Israel habría empleado cerca de 200 aeronaves y atacado más de 500 objetivos en dos oleadas sucesivas: la primera orientada a neutralizar los sistemas de defensa aérea iraníes y la segunda a destruir capacidades de ataque con misiles, con el objetivo de restablecer la supremacía aérea. Por su parte, EEUU habría utilizado misiles de crucero Tomahawk contra instalaciones políticas y militares estratégicas, mientras bombarderos B-2, desplegados desde territorio continental estadounidense, emplearon munición de penetración para atacar instalaciones subterráneas fortificadas vinculadas al programa de misiles.

A fecha de 2 de marzo, el líder supremo Alí Jamenei y al menos una decena de altos responsables iraníes han sido eliminados. La operación, denominada «Lion’s Roar» por Israel y «Epic Fury» por EEUU, puede prolongarse durante semanas mediante ataques de precisión contra autoridades militares, políticas y religiosas, instalaciones de seguridad e infraestructuras nucleares iraníes. Asimismo, reviste especial relevancia la entrada en el conflicto de Arabia Saudí tras los ataques directos sufridos, lo que consolida la regionalización de la guerra y eleva el riesgo de una confrontación prolongada.

Ventana de oportunidad y respuesta de Irán

Irán ocupa una posición geopolítica singular: actúa como bisagra entre Asia Central, el Cáucaso, el Golfo Pérsico y el océano Índico, y controla el flanco septentrional del estrecho de Ormuz, el principal cuello de botella energético del sistema internacional. Su estrategia de seguridad no se fundamenta en la superioridad aérea o tecnológica, sino en una arquitectura de disuasión escalable basada en misiles balísticos, guerra naval asimétrica, resiliencia territorial y redes de actores proxy, sin descartar la aspiración de alcanzar capacidad nuclear militar.

Tras la humillación estratégica sufrida en la denominada guerra de los Doce Días del pasado junio, se percibió una nueva ventana de oportunidad. En los aparatos político, militar y de seguridad de Israel y EEUU se consolidó un amplio consenso en torno a la oportunidad del momento, pese a los riesgos inherentes.

En este contexto, el ataque ejecutado por Washington y Tel Aviv debe interpretarse dentro de un marco más amplio de coerción estratégica orientado a degradar capacidades críticas, restaurar la disuasión, limitar el margen de maniobra regional iraní y, potencialmente, propiciar una transición política o un cambio de régimen. Este último objetivo presenta un alto grado de ambición y su viabilidad depende de múltiples factores: la intensidad y duración de los golpes al régimen; la presión diplomática y económica internacional; la presión interna generada dentro de Irán; la existencia de actores capaces de asumir el control político en Teherán; y las políticas internas en EEUU, Europa y los Estados de la región.

La operación entraña riesgos significativos de escalada regional y multidimensional, pues Irán no presenta un único centro de gravedad cuya neutralización provoque el colapso del sistema. Junto al liderazgo religioso, destaca el peso decisivo del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, que ha demostrado capacidad de recuperación. Hasta la fecha, diversas autoridades iraníes han sido eliminadas, pero ello no ha supuesto la paralización del aparato estatal.

La campaña sistemática contra la élite religiosa, política y de seguridad, así como contra instalaciones del IRGC y de la milicia Basij —símbolo del aparato represivo interno— es un componente inherente de los objetivos bélicos. La degradación simultánea de estos pilares en amplias zonas del país podría reducir el miedo social y reactivar la movilización ciudadana.

La respuesta iraní inicial ha sido coherente con su doctrina de represalia. Las opciones disponibles se han centrado en sus capacidades de misiles y drones: la primera andanada incluyó aproximadamente 125 misiles, de los cuales unos 35 habrían penetrado el espacio aéreo israelí, mientras el resto fue interceptado. Posteriormente, se están sucediendo múltiples oleadas contra territorio israelí, junto con ataques a bases y ciudades en países árabes, ampliando el teatro operativo. No deben descartarse medidas asimétricas híbridas adicionales, como asesinatos selectivos en EEUU, Israel o Europa, la activación de células durmientes o incursiones terrestres ejecutadas por actores proxy. Investigaciones recientes sobre redes operativas dirigidas por Irán y desarticuladas en Israel sugieren esfuerzos sostenidos para atentar contra altos cargos políticos y científicos.

La capacidad de misiles iraní

Las sanciones internacionales, el embargo tecnológico y el progresivo envejecimiento de la fuerza aérea han obligado a Irán a priorizar los misiles balísticos y de crucero como principal instrumento de proyección de poder y disuasión.

El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) controla la mayor parte del arsenal estratégico, así como las unidades responsables de su despliegue y doctrina operativa. Irán dispone de uno de los arsenales de misiles más extensos del mundo. Entre sus sistemas destacan los misiles balísticos de corto alcance —como Fateh-110, Zolfaghar y Dezful— con alcances aproximados de 300 a 700 km, orientados a ataques tácticos regionales y contra bases cercanas; los misiles balísticos de medio alcance —Shahab-3, Ghadr, Emad y el Sejjil de combustible sólido— con alcances de hasta 2.000 km, capaces de atacar objetivos estratégicos regionales; y misiles de mayor carga y alcance como el Khorramshahr, estimado entre 2.000 y 4.000 km.

Paralelamente, Irán ha construido una extensa red de instalaciones subterráneas conocidas como «ciudades de misiles», diseñadas para proteger plataformas de lanzamiento y garantizar la capacidad de represalia. Aunque históricamente se cuestionó su precisión, los sistemas iraníes han mostrado mejoras en guiado y exactitud. Su doctrina operacional prioriza el empleo de salvas coordinadas de saturación, destinadas a superar sistemas antimisiles, agotar interceptores y maximizar la probabilidad de impacto. Este enfoque busca saturar las defensas aéreas de Israel, EEUU y sus aliados regionales.

Vulnerabilidad de las bases estadounidenses

La presencia militar estadounidense en Oriente Medio constituye un pilar central de la arquitectura de seguridad regional, pero también presenta vulnerabilidades estructurales. Entre las instalaciones más relevantes se encuentran la base aérea de Al Udeid en Qatar, nodo aéreo estratégico; la V Flota en Baréin, eje del control naval regional; así como bases en Jordania, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, además de instalaciones en Irak y Siria. Estas infraestructuras resultan esenciales para las operaciones aéreas, la logística y la proyección naval estadounidense.

Entre las principales vulnerabilidades destacan la concentración geográfica, la dependencia de sistemas de defensa antimisiles —como Patriot, THAAD y Aegis—, el riesgo de saturación de la defensa aérea, las limitaciones de refugios protegidos no diseñados para ataques masivos y la proximidad de población civil. Aunque los sistemas antimisiles pueden interceptar amenazas, los interceptores son costosos y limitados; la saturación puede degradar su eficacia y una defensa absoluta resulta inviable. Irán puede explotar estas limitaciones mediante ataques de gran volumen y simultáneos.

En este contexto, Teherán lanzó ataques contra instalaciones militares estadounidenses en varios países del Golfo como respuesta directa a la ofensiva de Washington y Tel Aviv. Se registraron ataques en Baréin (cuartel general de la V Flota), Qatar (base aérea Al Udeid), Emiratos Árabes Unidos (base aérea Al Dhafra), Kuwait (base aérea Ali Al Salem) y Arabia Saudí (base aérea Prince Sultan).

El estrecho de Ormuz

Constituye el principal punto de estrangulamiento del sistema energético mundial. Situado entre Irán y Omán, canaliza aproximadamente una quinta parte del petróleo consumido globalmente, lo que convierte al Golfo Pérsico en el núcleo del comercio energético internacional. En este contexto, Irán ha desarrollado una doctrina naval asimétrica orientada a interrumpir rutas energéticas y ejercer presión estratégica. Sus capacidades incluyen minas navales, misiles antibuque, lanchas rápidas armadas, drones marítimos y submarinos. Teherán podría generar un impacto estratégico significativo, aunque sea temporal.

El sistema energético mundial es extremadamente sensible a perturbaciones en el Golfo Pérsico. Ante una escalada, los mercados reaccionan con aumentos inmediatos del precio del crudo Brent, volatilidad financiera, incremento de los costes de seguros marítimos y disrupciones logísticas. El mercado energético responde tanto a interrupciones reales como a riesgos percibidos.

La capacidad de Irán para cerrar el estrecho es real, pero difícilmente sostenible. Las fuerzas navales de EEUU y sus aliados podrían reabrir las rutas en un plazo de días o semanas. Además, un cierre prolongado perjudicaría gravemente a China e India —principales compradores del crudo iraní— y al propio Irán, cuya economía depende del tránsito por esta vía para exportar petróleo. La mayoría de los análisis estratégicos coinciden en que un bloqueo total solo podría sostenerse durante días o semanas, no meses.

Pueden contemplarse varios escenarios. El más probable sería una interrupción limitada, mediante ataques selectivos o minado puntual, que obligaría a una navegación más lenta y escoltada y produciría disrupciones parciales del flujo energético. Un segundo escenario implicaría un bloqueo parcial temporal, con tráfico reducido, convoyes protegidos y retrasos logísticos significativos. Un bloqueo total prolongado, de menor probabilidad, implicaría una guerra regional abierta, intervención militar masiva y un impacto económico global extremo.

Un conflicto que afecte al estrecho generaría un shock energético inmediato, con el petróleo potencialmente por encima de los 120 dólares por barril, incremento del precio del gas natural en Europa y fuertes aumentos de las primas de riesgo marítimo. Los mercados bursátiles experimentarían volatilidad extrema, con desplazamiento hacia activos refugio como el oro, fortalecimiento del dólar y perturbaciones en el transporte marítimo.

Si la tensión se prolonga, la economía global podría enfrentarse a una inflación energética sostenida, presión sobre los bancos centrales y desaceleración del crecimiento. Países altamente dependientes de las importaciones energéticas —como Japón, Corea del Sur, India, China y gran parte de Europa— serían especialmente vulnerables. Por el contrario, exportadores energéticos como EEUU, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Canadá, Brasil y Noruega podrían beneficiarse de los altos precios y del reajuste de los flujos energéticos internacionales.

Escenarios de escalada regional

Tras la ofensiva inicial contra Irán, pueden plantearse diversos escenarios de escalada. Uno de ellos sería una represalia medida y calibrada, en la que Teherán ejecutaría ataques limitados contra objetivos militares con el fin de restaurar la disuasión sin provocar una guerra abierta; en este supuesto, el impacto energético global sería moderado. Un segundo escenario implicaría una guerra híbrida prolongada, caracterizada por acciones de actores proxy, hostigamiento marítimo, ciberataques y una tensión energética persistente.

Una escalada regional limitada, con ataques contra infraestructuras energéticas o bases estadounidenses, provocaría una fuerte subida del precio del petróleo y una implicación regional significativa. En el escenario más extremo, podría desencadenarse una guerra regional ampliada si el liderazgo iraní percibe los ataques como una amenaza existencial. Ello podría traducirse en ataques masivos con misiles, interrupciones parciales del tránsito en el estrecho de Ormuz, graves consecuencias económicas y un periodo prolongado de inestabilidad.

Las bases de EEUU permanecen dentro del radio de represalia iraní, mientras que el estrecho de Ormuz continúa siendo el principal punto de presión estratégica del sistema energético mundial. La evolución de la escalada dependerá menos de la capacidad militar absoluta que de la percepción de supervivencia del régimen iraní: si los ataques se interpretan como coercitivos y limitados, la respuesta probablemente será calibrada; si se perciben como existenciales, el riesgo de guerra regional aumentará drásticamente.

El sistema defensivo israelí

Las Fuerzas de Defensa de Israel operan un sistema de defensa aérea multicapa altamente sofisticado. Este incluye Iron Dome, diseñado para interceptar cohetes y proyectiles de corto alcance; David’s Sling, orientado a amenazas tácticas y misiles de alcance medio; y Arrow 2 y Arrow 3, destinados a interceptar misiles balísticos de largo alcance. A estos sistemas se suman Patriot y THAAD, desplegados en cooperación con EEUU.

El sistema presenta altas tasas de interceptación y redundancia multicapa. No obstante, su principal vulnerabilidad radica en escenarios de saturación masiva, con el lanzamiento simultáneo de miles de misiles o ataques combinados de drones, misiles y cohetes. Este riesgo se vería amplificado por una coordinación simultánea de actores alineados con Irán, como Hezbolá desde Líbano, milicias proiraníes en Siria e Irak y los hutíes desde Yemen.

Irán y sus aliados podrían continuar atacando infraestructuras críticas —aeropuertos, centrales eléctricas y bases aéreas— e incluso recurrir a ataques indiscriminados contra áreas urbanas. Aunque Israel probablemente interceptaría la mayoría de los proyectiles, en un escenario de saturación es improbable lograr una protección absoluta, por lo que algunos impactos resultarían inevitables.

Papel de Rusia y China

Rusia buscará capitalizar la crisis para debilitar la influencia de EEUU, sostener precios energéticos elevados y reforzar marcos de cooperación antioccidentales. No obstante, dada su posición estratégica condicionada por el desgaste militar y económico acumulado, es previsible que su apoyo a Irán sea principalmente diplomático. En el corto plazo, Moscú se beneficia de cotizaciones altas del crudo, que contribuyen a financiar su economía de guerra.

China priorizará la estabilidad energética y la continuidad del comercio global, dado que importa una proporción significativa de hidrocarburos del Golfo Pérsico. Es probable que ejerza presión diplomática, tendiendo a rechazar nuevas sanciones contra Irán y a privilegiar la estabilidad frente a una confrontación prolongada.

En cuanto a Europa, su dependencia parcial del Golfo en materia de crudo y gas natural licuado (GNL) la expone a aumentos de precios, tensiones en el mercado gasista y presión sobre sectores industriales intensivos en energía. España presenta una resiliencia relativa superior a la de otros Estados europeos gracias a su elevada capacidad de regasificación de GNL, diversificación de proveedores —incluidos Estados Unidos, Argelia y Nigeria— e infraestructura portuaria avanzada. Sin embargo, no es inmune a un encarecimiento sostenido del petróleo, al impacto inflacionario, al aumento de costes en transporte y electricidad y a la presión sobre sectores dependientes del combustible, como transporte y logística, pesca, agricultura, turismo e industria petroquímica.

Conclusiones

El ataque coordinado de EEUU e Israel contra Irán puede interpretarse como el inicio de una operación de coerción estratégica, concebida para imponer una dinámica de presión acumulativa y cambio de régimen.

La confrontación entre Irán e Israel se había articulado en torno a la disuasión indirecta, operaciones encubiertas y golpes selectivos diseñados para transmitir mensajes estratégicos, sin desencadenar una guerra abierta. Sin embargo, la secuencia actual revela una intensificación cualitativa del enfrentamiento y una modificación de su dinámica tradicional.

El sistema político de Irán ha demostrado resiliencia frente a sanciones internacionales, protestas internas y conflictos regionales. No obstante, una presión simultánea en los planos militar, económico y político podría intensificar tensiones internas y poner a prueba el delicado equilibrio entre las élites religiosas, la Guardia Revolucionaria Islámica y el aparato estatal.

Este tipo de presión no implica necesariamente una desestabilización inmediata, pero sí puede generar un desgaste. Existe el riesgo de una guerra regional abierta; sin embargo, el elevado coste económico global, el riesgo de interrupción del suministro energético y la posible implicación de grandes potencias actúan como factores de contención. Aun así, el peligro persiste debido a posibles errores de cálculo, ataques con numerosas víctimas o impactos directos sobre infraestructuras críticas.

La red de aliados regionales de Teherán podría activarse: Hezbolá ya ha abierto un frente desde el Líbano; las milicias chiíes en Irak y Siria podrían golpear posiciones estadounidenses; y los hutíes podrían amenazar el tráfico marítimo en el mar Rojo, ampliando la presión sobre rutas energéticas globales. El resultado sería una escalada regional que obligaría a Israel a dividir su defensa y a EEUU a proteger simultáneamente sus fuerzas desplegadas y las rutas marítimas estratégicas.

Si Irán lograra infligir bajas militares o civiles significativas mediante misiles, drones o ataques indirectos, el conflicto podría endurecerse rápidamente. Asimismo, no pueden descartarse operaciones clandestinas, sabotajes o atentados contra intereses occidentales. Israel dependerá de su arquitectura de defensa multicapa. La saturación simultánea desde múltiples direcciones podría permitir impactos en infraestructuras críticas y zonas urbanas, como así está ocurriendo.

La reacción de los mercados energéticos sería inmediata si hay un bloqueo en Ormuz. Impulsaría los precios del petróleo y del gas natural, elevaría los costes de los seguros marítimos y generaría disrupciones en las cadenas de suministro. Europa y Asia, altamente dependientes de la energía importada, serían particularmente vulnerables. España, aunque diversificada en sus suministros, no sería inmune al incremento de precios del crudo y del gas.

Un conflicto mayor en Oriente Medio podría beneficiar estratégicamente a Rusia al desviar la atención occidental y elevar los precios energéticos, incrementando sus ingresos por exportaciones de hidrocarburos. Por su parte, China observaría el conflicto con cautela estratégica: depende del petróleo del Golfo y busca estabilidad energética, pero podría beneficiarse del desgaste estadounidense en múltiples frentes.

El resultado más probable de este conflicto no sería una guerra total inmediata, sino un conflicto prolongado de confrontación regional caracterizado por ataques, represalias, presión sobre rutas energéticas y comercio marítimo, guerra híbrida y ciberataques, así como una tensión persistente en múltiples frentes.

La experiencia histórica sugiere que los colapsos de regímenes generan dinámicas altamente volátiles. Por ello, cualquier escenario de cambio político debería contemplar mecanismos de estabilización, reconstrucción institucional y reconciliación social. Estamos al borde de un cambio histórico o de un precipicio en Oriente Medio. Se ha convertido en un tópico decir que un cambio de régimen es imposible, porque el liderazgo actual en Irán ha eliminado a muchos opositores de la forma más brutal.

Derrocar un régimen como el iraní es complejo y problemático. Pueden seguir cometiendo brutalidades. Pero eso precisamente es la señal fehaciente de su debilidad y vulnerabilidad. No podemos acercarnos al peor escenario y repetir un Irán tipo Libia, un nuevo Irak, el desastre de Afganistán o una Siria «bis». Esperemos que, al menos, «alguien» esté estudiando detenidamente las lecciones de conflictos pasados, especialmente en Oriente Medio, planificando para el pueblo iraní un futuro mejor que, aunque no sea ideal y en parte esté envuelto en incertidumbre, al menos no esté empapado en sangre.

Carlos de Antonio Alcázar es analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria

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