The Objective
Las dos orillas

La izquierda y el Foro de São Paulo: del mito conspirativo a la infraestructura política real

Qué son, por qué existen, qué hacen, cómo operan y por qué importan para entender América Latina hoy

En este episodio de Las dos orillas, Douglas Castro-Quezada conversa con Luz Escobar, Julio Borges y Manuel Burón sobre un tema que circula mucho en «pasillos políticos» pero que, para el gran público, suele estar envuelto en ruido: el Foro de São Paulo y su reconfiguración contemporánea en el Grupo de Puebla. La discusión intenta sacar el debate del terreno del mito («todo es conspiración») y llevarlo al terreno útil: qué son, por qué existen, qué hacen, cómo operan y por qué importan para entender América Latina hoy.

El programa arranca con un marco histórico que aporta Manuel Burón: el Foro de São Paulo aparece en el cambio de ciclo de 1989-1991 —caída del Muro, derrumbe soviético, pérdida del «norte magnético» de la izquierda del siglo XX— como un esfuerzo de coordinación política e ideológica con epicentro en La Habana y con Lula y Fidel Castro como figuras simbólicas en ese punto de inflexión. La tesis es simple: si el viejo comunismo se desmorona, la izquierda regional necesita reordenarse, redefinir enemigo y reorganizar relato. En ese tránsito, el «neoliberalismo» y la «globalización» pasan a ser el gran demonio articulador, y el Foro funciona como espacio de encuentro, narrativa y alineamiento.

Luego, el episodio entra en su parte más polémica: la relación entre ese ADN y el rebranding del Grupo de Puebla, presentado como una versión más potable, más «académica» y más presentable en términos de derechos humanos y democracia, pero que —según la conversación— termina tropezando con su propia contradicción: exigir estándares democráticos en unos países y relativizarlos en Cuba, Nicaragua o Venezuela.

Luz Escobar es tajante en ese punto: describe un patrón histórico donde Cuba opera como «caso excepcional» dentro de la izquierda regional. Se condenan sanciones y se agita el antiimperialismo, pero se evita llamar dictadura a lo que es dictadura. Para Luz, la prueba no está en discursos, sino en silencios: el Grupo de Puebla nace con un lenguaje moderno, pero ante episodios críticos como el 11J en Cuba, la reacción fue tibia, fragmentada o inexistente. Su conclusión es incómoda: no puede hablarse de defensa democrática si no se exige la misma vara para todos.

Douglas empuja la conversación hacia el punto más español-europeo: el rol de José Luis Rodríguez Zapatero como figura «bisagra» que le da barniz democrático al espacio. Burón sostiene que Zapatero no sería solo un invitado decorativo, sino un actor central en la arquitectura de legitimación internacional de regímenes como el venezolano, y menciona investigaciones periodísticas y conexiones políticas-económicas que han alimentado controversias en España. Más allá del detalle, el argumento de fondo es nítido: cuando el «mediador» termina defendiendo el relato del poder, deja de ser mediador y pasa a ser operador.

Julio Borges lleva esa idea al terreno venezolano con una acusación fuerte y una lectura estratégica: el Grupo de Puebla no funcionaría solo como club ideológico, sino también como red de lobby, intereses y negocios. A su juicio, lo más revelador es la disciplina narrativa: cuando una consigna se instala («golpe», «secuestro«, «lawfare»), el ecosistema la replica con sincronía. Y ahí aparece otro eje del episodio: el uso del concepto lawfare como escudo político. Borges lo presenta como una herramienta útil para blindar liderazgos cuestionados por corrupción o abusos, mientras se ignora el drama de los presos políticos reales en dictaduras. La crítica es doble: selectividad moral y doble rasero.

El episodio también abre un debate más teórico, pero muy actual: la evolución de la izquierda posguerra fría. Burón sugiere que el Grupo de Puebla incorpora una estética más gramsciana (hegemonía cultural, guerra comunicacional, disputa del sentido común) y nuevas agendas (género, clima, derechos), pero el programa subraya una paradoja: varios de los regímenes defendidos por ese espacio son profundamente conservadores en práctica institucional, libertades civiles y pluralismo. Es decir: lenguaje progresista hacia afuera, estructuras autoritarias hacia adentro.

El cierre del episodio deja una idea que atraviesa toda la conversación: la diferencia entre el Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla no sería de naturaleza, sino de época y de maquillaje. Uno nace en el trauma de la caída soviética; el otro nace tras décadas de desgaste, fracasos y descrédito, con una necesidad urgente de legitimación pública. Pero, según los participantes, ambos convergen en un mismo problema: una izquierda que se proclama democrática, pero tolera —o justifica— autoritarismos cuando son «de los suyos».

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