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Mk. 48, el letal torpedo usado por EEUU contra Irán en el Índico: 300 kilos de explosivos

Con el ataque de este martes, la Marina de Teherán ha sido barrida casi por completo

Mk. 48, el letal torpedo usado por EEUU contra Irán en el Índico: 300 kilos de explosivos

El torpedo Mk-48.

El fondo del océano Índico amaneció este jueves con un nuevo pecio. La fragata iraní IRIS Dena, puesta en servicio en 2021 por la marina de Teherán, se hundió tras recibir el impacto de un torpedo disparado por un submarino estadounidense. El ataque ocurrió lejos del conflicto en marcha, en aguas internacionales al sur de Sri Lanka. Con la explosión, lo que parecía una travesía rutinaria se convirtió en un infierno.

Tras menos de una semana de conflicto, el evento se ha convertido en uno de los episodios navales más llamativos del actual conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán. La IRIS Dena navegaba de regreso hacia su base tras participar en la revista naval internacional celebrada en la ciudad india de Visakhapatnam. A bordo viajaban cerca de 180 marinos.

El navío, perteneciente a la clase Moudge, representaba uno de los esfuerzos de Irán por mantener una presencia naval más allá del golfo Pérsico. Su itinerario de vuelta discurría por una zona que, sobre el papel, quedaba lejos del frente directo del conflicto. Eso era hasta que conoció la eficiencia del torpedo americano.

El torpedo estándar de la marina estadounidense es el Mk. 48, un arma pesada diseñada para destruir grandes buques de superficie y submarinos. Mide unos 5,8 metros, pesa cerca de 1,7 toneladas y transporta una cabeza explosiva de casi 300 kilos de ciclotrimetilentrinitramina, más conocida como RDX. Es un explosivo plástico de alta potencia que solo manejan los militares.

Con una velocidad de detonación cercana a 8.700 metros por segundo, es muy superior a la del TNT, lo que lo hace adecuado para romper estructuras metálicas gruesas, como cascos de buques o blindajes. El Mk. 48 está guiado por un sonar activo y pasivo y puede seguir a su objetivo durante kilómetros a más de 55 nudos (alrededor de 100 kilómetros por hora). En lugar de impactar contra el casco, suele detonar bajo la quilla, donde la explosión rompe la estructura del buque y lo parte en dos.

El Mk. 48, como en todos los ataques de los submarinos, llegó sin aviso alguno, en silencio. La explosión abrió una brecha crítica bajo la línea de flotación en la popa y la fragata comenzó a escorarse en cuestión de minutos. Los testimonios de los supervivientes describen una sacudida violenta seguida por un apagón total. Poco después, el navío desapareció bajo las aguas del Índico.

Las cifras de víctimas todavía no están cerradas, ni se cuenta con datos oficiales, pero las autoridades de Sri Lanka han confirmado al menos 80 marineros fallecidos. La llamada de socorro emitida por la tripulación movilizó a la marina del país asiático, que desplegó buques y aeronaves de rescate desde la ciudad costera de Galle. 32 supervivientes fueron recuperados con vida y trasladados a hospitales del sur de la isla, muchos de ellos con quemaduras y fracturas.

La versión oficial del ataque fue confirmada horas después desde Washington. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, realizó el anuncio y no tardó en extraer un argumento histórico del episodio. Según Hegseth, el hundimiento de la IRIS Dena constituye el primer caso en que un submarino destruye un buque enemigo mediante torpedo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

El dato es cierto si se refiere a Estados Unidos, pero la historia naval reciente ofrece un matiz. Sí que ha habido buques de guerra hundidos por submarinos tras el final de la Segunda Guerra Mundial, pero no fue ni iraní ni estadounidense. Fue la fragata india INS Khukri, destruida el 9 de diciembre de 1971 por el submarino pakistaní PNS Hangor durante la guerra indo-pakistaní.

En aquel episodio murieron 176 marinos, incluido el capitán Mahendranath Mulla, que decidió permanecer a bordo cuando el buque se iba al fondo. El ataque se produjo en el mar Arábigo y marcó un hito en el periodo de la Guerra Fría. El caso actual no inaugura la era moderna del torpedo submarino, aunque sí representa el primero protagonizado por Estados Unidos desde 1945.

Hubo otro caso

Este hundimiento tampoco está solo, porque años después hubo otro. La última víctima flotante de un torpedo ocurrió en 1982, cuando el submarino nuclear británico HMS Conqueror mandó a pique al crucero argentino ARA General Belgrano en las Malvinas, con el resultado de 323 marinos muertos.

Más allá de la precisión histórica, el hundimiento del buque iraní tiene un significado estratégico evidente. El ataque simboliza el salto del dominio aéreo al dominio marítimo en la campaña que Washington y Tel Aviv desarrollan contra Irán. En los primeros días del conflicto, la aviación de estos dos países neutralizó radares, bases aéreas y centros de mando iraníes, lo que permitió establecer una clara superioridad en los cielos.

Una vez asegurada la supremacía aérea, el siguiente paso ha sido limitar la capacidad naval de Teherán. El mando central estadounidense asegura que más de una docena de buques iraníes han sido destruidos desde el inicio de las operaciones. Entre ellos figuran patrulleras, corbetas e incluso una de las plataformas utilizadas como base flotante para drones, en cierto modo, un portaaeronaves.

Fuerza tecnológica superior

El desequilibrio de fuerzas explica la rapidez con la que se ha deteriorado la flota persa. Estados Unidos mantiene en la región varios destructores de la clase Arleigh Burke equipados con el sistema de combate Aegis, capaces de interceptar misiles y coordinar la defensa aérea de amplias zonas marítimas. Estos buques operan junto a submarinos de ataque nuclear y aviones de patrulla marítima P-8 Poseidon.

Israel aporta otro elemento clave: la presión constante desde el aire. Sus cazas han ejecutado una parte significativa de los ataques contra infraestructuras militares iraníes en tierra, mientras la marina estadounidense concentra recursos en neutralizar objetivos navales. Esta combinación de capacidades crea una malla que se extiende desde el cielo hasta el fondo del mar.

De esta manera, cualquier buque iraní que navegue lejos de sus bases se convierte en un objetivo vulnerable. Los satélites detectan su posición, los aviones de patrulla marítima siguen su rastro y los submarinos permanecen ocultos bajo el agua a la espera de una orden de disparo.

El contraste se observa también en el comportamiento de la propia marina iraní. Imágenes por satélite recientes muestran numerosos buques concentrados en el puerto de Bandar Abbas, la principal base naval del país en el golfo Pérsico. La falta de dispersión sugiere que Teherán carece de opciones.

El plan B iraní

Ante esa situación, la estrategia iraní se orienta hacia métodos menos convencionales. Pequeñas lanchas rápidas, drones navales y vehículos submarinos no tripulados constituyen los recursos con los que intenta compensar la superioridad tecnológica de sus adversarios. Son herramientas pensadas para saturar defensas o atacar de forma irregular, no para enfrentarse a flotas de alta mar.

Por otra parte, el conflicto ha empezado a tener efectos en el entorno europeo. Varios países han decidido reforzar la defensa aérea del Mediterráneo oriental ante el riesgo de ataques con drones o misiles lanzados desde Irán. Chipre y Turquía se han convertido en puntos más sensibles, ambos pertenecientes al entorno OTAN.

Francia ha anunciado el despliegue del grupo de combate del portaaviones Charles de Gaulle. El contingente incluye fragatas de escolta y cazas Rafale embarcados, capaces de interceptar amenazas aéreas. Reino Unido se ha puesto en marcha con una iniciativa parecida: ha enviado su destructor HMS Dragon, equipado con el sistema de defensa aérea Sea Viper, a la zona junto a helicópteros AW159 Wildcat preparados para interceptar drones. Estos aparatos pueden emplear misiles Martlet para destruir vehículos no tripulados antes de que alcancen sus objetivos.

Protección del Mediterráneo

La proliferación de drones armados y misiles de largo alcance ha ampliado el radio de amenaza en este conflicto. Bases militares británicas en Chipre ya han sido objeto de ataques en los primeros días de la crisis, lo que ha acelerado el despliegue de buques capaces de crear un paraguas defensivo.

Todo ello revela una constante de la guerra naval: el control del mar rara vez depende solo de los barcos. Depende del dominio del aire, del espacio y de la información. Cuando esas tres dimensiones se combinan, incluso un buque moderno puede convertirse en un blanco indefenso en medio del océano. El caso del IRIS Dena lo demuestra. Un barco moderno, avanzado, que ahora sirve de tumba para la mayoría de sus tripulantes. A veces basta un único torpedo para recordarlo.

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