La oposición en Venezuela cae entre el fuego amigo de Trump y el poder chavista
Las relaciones entre Estados Unidos y la autodenominada «revolución bolivariana» atraviesan su etapa más cordial

La opositora venezolana María Corina Machado junto al secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio. | EP
Mientras Donald Trump le da su total respaldo y reconocimiento a «la presidenta Delcy Rodríguez», la oposición que lidera María Corina Machado está obligada a reactivarse para no quedar excluida por completo en este juego de poderes y obligar a que haya unas elecciones libres.
Han pasado dos meses desde la espectacular captura de Nicolás Maduro por fuerzas especiales de Estados Unidos que incursionaron en Venezuela, apoyadas por 150 aeronaves militares y una batería de bombardeos que dejaron más de un centenar de muertos y una humillación histórica para el chavismo nacionalista.
Nadie lo hubiera previsto en la madrugada de ese 3 de enero, pero hoy las relaciones entre Estados Unidos y la autodenominada «revolución bolivariana» atraviesan su etapa más cordial y cálida de los últimos 27 años.
Esta relación se profundiza, animada con promesas de enormes inversiones en petróleo, minería, electricidad y gas natural; con grandes empresas petroleras como damas de honor en la fiesta; el reconocimiento por parte de Trump del cuestionado régimen chavista; el levantamiento de sanciones y la inminente apertura de las embajadas y consulados de cada país.
Una vez capturado Maduro, en el discurso de la Casa Blanca, Venezuela de repente dejó de ser un supuesto «narcoestado», un enemigo para la seguridad de Estados Unidos, una amenaza regional y una guarida americana para los enemigos de la democracia: Rusia, China, Irán y otras hierbas.
Por su parte, Delcy y su hermano Jorge han enterrado el hacha de guerra contra el imperio y, entre efusivos apretones de manos, han recibido a los funcionarios estadounidenses de más alta jerarquía que han llegado al país en tres décadas.
Esas promocionadas visitas al palacio de Gobierno de Miraflores, entre elogios mutuos, han incluido esta semana al secretario del Departamento del Interior de EEUU, Doug Burgum. Antes vinieron el secretario de Energía, Chris Wright; el jefe del Comando Sur, Francis Donovan; y, en enero, el director de la CIA, John Ratcliffe. Todos recibidos con los brazos abiertos y las insondables sonrisitas de los hermanos Rodríguez.
«Delcy Rodríguez, presidenta de Venezuela, está haciendo un gran trabajo y colaborando muy bien con los representantes estadounidenses», sentenció Trump este jueves en un nuevo espaldarazo a la mujer que hasta el 3 de enero era la vicepresidenta de Maduro y su mano derecha en asuntos de economía y negocios.
Trump también afirmó que «el petróleo ha empezado a fluir y es muy gratificante ver la profesionalidad y la dedicación que hay entre los dos países». Resuenan las palabras en privado de un chavista: «Una noche nos acostamos siendo Cuba y al día siguiente nos despertamos como Puerto Rico». Así ilustra el drástico cambio de camiseta —como en cualquier fichaje de fútbol— ocurrido en el régimen «popular, militar y policial» que sigue gobernando a Venezuela con mano de hierro, ahora bajo la tutoría de Trump.
Entre el fuego amigo y la sartén ardiendo
¿Cómo queda entonces la oposición democrática en Venezuela viendo cómo quien era su mayor esperanza y aliado, Trump, se hace ojitos con Delcy y parece dispuesto a entenderse de manera indefinida con el mismo régimen chavista al que solo le ha cortado una de sus cabezas?
Una pista para entender esto nos la da el veterano político opositor Andrés Caleca, economista y expresidente del Consejo Nacional Electoral (CNE). Este excandidato presidencial advierte el peligro real de que la oposición en Venezuela sea completamente irrelevante en este nuevo escenario.
«Ya es una realidad», dice al explicar que esto se ha notado en el desarrollo de la estrategia de la administración Trump antes y después del 3 de enero. Washington ha seguido trabajando de manera pactada con el mismo régimen chavista, completo, mientras ha excluido a la líder más prominente de la oposición venezolana, María Corina Machado, señala.
El secretario de Estado, Marco Rubio, ha dicho claramente que la estrategia de tres pasos incluye la estabilización, la recuperación económica y, en último momento, la transición política. «Suponemos que es una transición hacia la democracia; no ha sido dicho así exactamente, pero eso queremos creer», dijo al observar que no hay siquiera un cronograma en estos cambios.
Machado y la oposición democrática han pedido elecciones y los proscritos partidos políticos comienzan a balbucear un reacomodo. Tratan de reorganizarse y de recuperar fuerzas tras ser casi aniquilados por largos años de persecución, exilio, clandestinidad, ataques físicos y amenazas contra dirigentes y militantes.
La propia Machado —quien sigue gozando de un abrumador respaldo popular mayoritario— ha afirmado que en breve regresará a Venezuela para encabezar una nueva épica electoral, pese a que siguen firmes las amenazas chavistas en su contra.
Tácitamente, ella y los partidos han pasado página de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, cuando las actas recopiladas por los opositores demostraron que el exdiplomático respaldado por Machado, Edmundo González, fue el verdadero triunfador de las elecciones de las que Maduro se apropió.
Caleca señala que hoy los opositores están expectantes por lo que pudiera ocurrir. «Carecemos de fuerza orgánica política real como para incidir en este cronograma pactado entre esas dos fuerzas» (Trump y el chavismo), resume Caleca al observar que la coalición que llevó al triunfo de González —asilado en España desde septiembre de 2024— está hoy debilitada y dividida.
«Hasta ahora lo que se ve es una consolidación del régimen chavista con todas sus características», dice sobre el vigente control político, del poder ejecutivo y de los mandos militares y policiales sobre el país. Destaca que ha habido un proceso «muy lento pero auspicioso» de liberación de presos políticos, «pero un proceso de transición hacia la democracia requiere de mucho más que eso».
Es necesaria la reinstitucionalización del país, el levantamiento de la represión y el fin de la persecución de los partidos políticos, para que sean legalizados y puedan regresar los dirigentes que están en el exilio, apunta. «Pero la oposición venezolana no tiene fuerza para imponer esos pasos. La decisión está en ese acuerdo que desconocemos entre la administración Trump y la de Delcy Rodríguez», dice.
La oposición a la vez debe aprovechar esa liberalización parcial, en el contexto del tutelaje de la gran potencia sobre el Gobierno de Rodríguez, para buscar fortalecerse desde el punto de vista organizativo y de su influencia en la sociedad. Debe reformular sus líneas estratégicas y acumular fuerzas para el momento en que se pueda transitar hacia un proceso de democracia, recomienda Caleca.
Se trata de aprovechar esa ventana que «no [se sabe] cuánto tiempo durará» y luchar para que la estabilización y la recuperación «lo sean sobre todo para la familia venezolana», ha dicho. La tarea parece cuesta arriba en un país donde sigue intacto el aparato represivo chavista, con sus ataques y amenazas constantes contra el activismo político, contra los defensores de los derechos humanos, la prensa y contra la sociedad civil y las personas comunes.
Los activistas, que son los que hacen los partidos, están dispersos, amedrentados, cuidando sus vidas como prioridad. Las organizaciones políticas, además, siguen proscritas, sufren por falta de fondos y condiciones para salir a las calles, movilizar seguidores, hacer activismo en redes sociales o publicidad. Los medios independientes, donde la oposición puede exponer sus voces, siguen bloqueados en internet y los medios tradicionales están sometidos a la censura y la autocensura.
Es en este contexto adverso donde sigue sobreviviendo la oposición venezolana. Más allá de sus líderes individuales, esta oposición es un movimiento mayoritario de votantes que, según encuestas previas al 3 de enero, forman la vasta mayoría de una población ansiosa por cambios políticos y económicos reales, cambios que acaben por fin con estos años de esa miseria política y social que ha empujado a millones (un cuarto de la población) a irse con sus trapos a vivir en el extranjero.
