The Objective
Enfoque global

Trump no es diferente, es uno más

«¿Qué está haciendo Trump? Lo mismo que sus antecesores, basado en lógicas liberales y ‘neocon’»

Trump no es diferente, es uno más

Un bombardeo en Teherán (Irán). | Majid Asgaripour (Reuters)

En lo que se refiere a las relaciones internacionales, estos días están, según algunos, presididos por la confusión. Se habla, en entornos políticos, diplomáticos y periodísticos, del final de una etapa, o incluso del final del orden mundial basado en reglas, o, a mayores, del final del orden mundial, sin más. La noticia en sí no es falsa; sí lo es que sea noticia. 

Analicémoslo mediante un enfoque más académico. Ocurre que Trump llegó al poder flirteando con la tradición realista. Pero eso ha durado poco. Tras unos meses en el poder y la influencia de ciertos lobbies, comprobamos que está cediendo a la lógica liberal y neocon que, en este punto, es la misma. 

Para entender esto, procederé del siguiente modo: expondré, en primer lugar, los síntomas que permiten establecer este diagnóstico; estableceré, en segundo lugar, las teorías que permiten descubrir las causas de dichos síntomas; en tercer lugar, traeré a colación los autores actuales que ya habían advertido acerca de la pertinacia de esta deriva, sobre todo en Estados Unidos.

El síntoma principal del cambio es que, en su primer mandato, Trump adquirió la reputación de no iniciar ninguna guerra. Incluso de ser el único presidente del país que no cayó en la tentación. En cambio, en este segundo mandato se muestra proactivo. La ha tomado con los regímenes no democráticos. No hay ninguna novedad, ni con respecto a la Historia, ni en relación con sus predecesores. La narrativa de la promoción de la democracia es seductora y gusta a la mayoría de los mandatarios europeos. Vende bien. No es baladí para legitimar guerras. Primero fue Siria, cuyo régimen había sido dañado, pero no hundido, por las primaveras árabes. Luego, Venezuela. Ahora, Irán. Por supuesto, en medio, Ucrania (caso heredado de la administración Biden, como también, de hecho, Siria). 

Vistos los síntomas… ¿Qué teorías explican este afán por extender la democracia manu militari? De momento, cierto liberalismo. Ni siquiera, ojo, su corriente principal. Montesquieu se negó a aceptar tal cosa, porque confiaba en que el fomento de las relaciones comerciales entre Estados (democráticos o no) sería suficiente para desincentivar las guerras. Ese argumento, aunque empíricamente falso, ha sido, desde el siglo XVIII, recurrente en la a veces llamada escuela (neo)institucionalista de las relaciones internacionales. Kant, tampoco avalaba las intervenciones militares para imponer democracias. Baste leer, respectivamente, sus clásicos: El espíritu de las leyes y La paz perpetua

Kant también confiaba en el comercio. Pero añadía la necesidad de tejer una red de alianzas internacionales, construida «de abajo a arriba» (nada que ver con la ONU), integrada por Estados republicanos (es decir, en su lenguaje como en el de Montesquieu, indistintamente, repúblicas o monarquías parlamentarias). Las organizaciones que se fueran creando irían pactando entre sí, hasta generar una suerte de federalismo mundial (hablaba de foedus), mientras los Estados no republicanos (es decir, las monarquías absolutas) optarían por cambiar sus regímenes, no por la fuerza de las armas, sino para beneficiarse de las ventajas del nuevo orden. Gradualmente, pero sin guerras. Esta era la corriente principal del liberalismo. 

Pero surgió un personaje díscolo: Paine. En efecto, este ciudadano británico, avalador de la independencia de los Estados Unidos, opinaba diferente. No le desagradaba el fomento del comercio internacional, ni renegaba de los tratados internacionales. Sin embargo, entendía que había que hacer la guerra para imponer la democracia. Incluso contra las monarquías parlamentarias. Sus argumentos pueden rastrearse en los Writings of Thomas Paine. Yo manejo la edición de Putnam’s Sons, de 1894. Lo que él plantea, en la pág. 158 de su libro Los derechos del hombre (edición de Alianza de 1984, en este caso), es aplicar a la política el principio de Arquímedes: «Dadme un punto de apoyo y yo levantaré el mundo». Esto haría las delicias de cualquier alumno de la ESO (menos mal que no saben ni que existió Paine) y de la mayoría de los políticos de la UE (lo mismo). Pero no es raro que enervara a Burke, con quien Paine se enfrentó. De hecho, tras apoyar la independencia de Estados Unidos, Paine se fue a Francia, obtuvo la ciudadanía gala y propuso que los Estados Unidos y Francia declararan la guerra al Reino Unido. No convenció a nadie. Es más, terminó en la cola de los ciudadanos a guillotinar por su amada democracia jacobina, salvándose, por los pelos, porque el propio Robespierre perdió la cabeza poco antes de que a él le tocara el turno. 

Eso sí, hubo continuas guerras entre el Reino Unido y Francia, culminando en las napoleónicas, así como entre EEUU y Reino Unido (las tropas británicas incendiaron la Casa Blanca en 1812). Sirva esto, también, para que el lector recuerde lo amigos que siempre han sido los Estados que conforman eso que damos en llamar «Occidente». Otro día hablamos, si acaso, de las desavenencias en el seno de la OTAN, en plena Guerra Fría (con la crítica de la Casa Blanca a la «intervención militar especial» de Francia y UK en Egipto, en 1956; la salida de Francia de la estructura militar, diez años después; la guerra greco-turca por Groenlandia, digo por Chipre, en 1974; y serviremos de postre la crisis de los misiles, de 1979-80). 

Por su parte, el realismo no acepta la candidez de Montesquieu, pues son varios —y sonados— los episodios históricos que muestran que, más bien, sucede lo contrario: a mayor vinculación comercial, mayor riesgo de guerra (la dependencia económica genera opciones de chantaje). Recordemos Pearl Harbor, en 1941, motivado porque, en el verano anterior, Estados Unidos dejó de vender petróleo a Japón (Japón dependía del crudo para posibilitar su incipiente industrialización). Así, también, en fin, con la guerra de Ucrania… Recuerden la obsesión de Biden con la necesidad de terminar con el Nord Stream II. Entonces… ¿Acaso no había vínculos comerciales entre Rusia y la UE, así como una Ucrania beneficiada por las servidumbres de paso del crudo ruso? Hay más casos. Pero carezco de espacio y tiempo para exponerlos. 

El realismo tampoco se ha creído el optimismo kantiano. De nuevo, esto no es nuevo. Es decir, mientras piensan, en la UE, que el juguete se ha roto, porque en Washington ya no nos quieren (la UE parece, más bien, una novia despechada), el auténtico drama se está gestando bastante más allá de nuestro ombligo. A lo que estamos asistiendo, en verdad, es al hundimiento de la ONU. Pero parece que no eso le importa tanto a la UE. Quizá porque no se lo han creído mucho. Pero no es nada nuevo, decía, porque hace años ya asistimos al derrumbe de la Sociedad de Naciones. En ambos casos, por ineficacia manifiesta en el ejercicio de las funciones encomendadas, siempre superiores a sus capacidades. 

Si los realistas no se han creído a Montesquieu y a Kant, menos, si cabe, se han creído a Paine. La contraposición democracia-dictadura ya les parece un tanto forzada a la hora de predecir si se iniciarán nuevas guerras o no. No en vano… ¿Acaso Estados Unidos no agredió militarmente a México, anexionándose el territorio equivalente a siete Estados actuales de Estados Unidos? En efecto, fue el caso de California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah, Colorado y hasta una parte de Wyoming, además de Texas (en 1849). ¿Esas son las reglas en las que se basa el derecho internacional? No, pero son la aplicación de la teoría de Paine. De hecho, lo de hacer guerras para imponer democracias no solo va en contra de cualquier interpretación plausible del derecho internacional, sino también de toda teoría (moral) de la guerra justa. Solo lo defiende Paine, así como sus prosélitos liberales (más abundantes en el partido demócrata) y neocons (más habituales en el republicano). 

Valga añadir que México fue invadido bajo la presidencia de un demócrata (Polk) que era, de hecho, firme defensor del Destino Manifiesto. Años después, Woodrow Wilson, también demócrata, alardeó de esa invasión en su libro The History of The American People (1908). Y ahora lo hace Trump, que no es del Partido Demócrata. Pero… ¿Es eso novedoso en la élite del poder estadounidense? 

A algunos lectores les puede sorprender la confluencia entre liberales y neocons. Los invito a investigar el fenómeno de los segundos. No pertenecen a la tradición conservadora, pese a un nombre. Se trata de izquierdistas (mayoritariamente trotskistas, más algún socialdemócrata, todos ellos con pasado marxista, más o menos heterodoxo) llegados a EEUU en la Guerra Fría, imbuidos de un ideario antiestalinista. Esa fue la clave: Irving Kristol, David Moynihan, Norman Podhoretz, Nathan Glazer, Daniel Bell y demás acólitos fueron reclutados para la causa antisoviética. En realidad, los neocons han fluctuado siempre entre su lealtad al Partido Demócrata y al Partido Republicano. Un caso paradigmático es el del propio Samuel P. Huntington, que siempre dijo haber votado a los demócratas, siendo como era uno de los estandartes del movimiento neocon. ¿Qué más da? 

Esa transversalidad (en Estados Unidos la llaman, con buen criterio, «bipartisanism») les ha permitido, como grupo, ser muy influyentes en la política exterior de Estados Unidos. Claro que hay excepciones y casos curiosos. Entre las primeras, Richard Perle, siempre estuvo más cerca de los republicanos, sin más. Entre los segundos, Robert Kagan, también fue acólito de los republicanos, pero solo hasta que llegó Trump, y entonces se fue con Hillary Clinton. Pero Trump ha aprendido lo que tiene que hacer para no enfadar a este poderoso lobby, tan transversal e influyente que cuenta con su propia agenda. 

Llegamos, así, al tercer punto de los prometidos. Esto es, a los autores actuales que ya habían advertido de esta deriva. Son John Mearsheimer y Stephen Walt, mediante sendos libros, a saber, The Great Delusion y The Hell of Good Intentions (ambos de 2018). Es significativo el subtítulo del libro de Walt: America’s Foreign Policy Elite and the Decline of U. S. Primacy. Ahí nos advierte de la existencia de una élite que orienta (o dirige) la política exterior de Washington. Se refiere a la que he estado exponiendo. Para los más entendidos: podemos comprobar que un neorrealista flirtea con argumentos propios del realismo neoclásico. Pero no en el sentido de que detecta un cortocircuito (falta de consenso o de cohesión, como diría Randall Schweller) entre élites. Sino en el sentido de, por el contrario, un consenso entre élites, pero contra el interés real de Estados Unidos. 

De hecho, Mearsheimer, en las págs. 1 y 42 de la edición de Yale University Press del libro citado, señala, en tono crítico, que fue G. W. Bush quien comenzó una auténtica «cruzada liberal» (en el sentido del fomento de la democracia por el mundo, mediante guerras), empezando por la invasión de Irak, en 2003 (otro caso de democracias que no comienzan guerras, supongo). Esta estrategia tiene, a su entender, dos inconvenientes: por un lado, eclipsa la visión más adecuada del equilibrio de poderes en el mundo y, por otro, genera nuevos enemigos, incluso fanáticos que en el futuro podrían formar parte de coaliciones antiestadounidenses. Son el tipo de cosas que los realistas tratan de evitar. 

Siendo así… ¿Qué está haciendo Trump? Lo mismo que sus antecesores, basado en lógicas liberales (al estilo de Paine) y neocons. Lo que significa que ha abandonado el realismo. Por ello, ahora sí, la paz en el mundo está en peligro. El ataque a Irán es temerario. Ciertamente, Rusia, enfangada en Ucrania, no puede defender al régimen chií. Pero EEUU se lo juega todo a que la población iraní destituya el régimen actual de Teherán. Si eso no ocurre, EEUU lo tiene complicado. Tras las experiencias de Afganistán e Irak, no desea enviar tropas sobre el terreno. En todo caso, ahora es el lacayo de un lobby. Tampoco eso es nuevo: suele pasar con los presidentes. Incluso en los países presuntamente democráticos. 

Todo esto es tan viejo, tan veterotestamentario, que no he podido resistirme a la tentación de citar un texto del Eclesiastés, para redondear mi análisis:

«¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de que se pueda decir: ¿He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido».
— Eclesiastés 1:9-10.

Josep Baqués Quesada es investigador invitado del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria

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