Cuba, cuenta atrás para el régimen: ¿Venezuela es el modelo?
España no debería estar al margen del futuro de la isla. Lástima que el Gobierno carezca de política exterior inteligente

El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel. | EP
La situación de los cubanos es dramática. El país no funciona. Casi no hay petróleo, así que los apagones son constantes. El del lunes fue total, el sexto en poco más de un año: la isla se quedó a oscuras, una «desconexión completa del Sistema Electroenergético Nacional», según el Gobierno.
La economía empeora todavía más, igual que las condiciones de vida de la gente, y eso que el listón estaba ya muy bajo. Las protestas aumentan, las caceroladas en los barrios de la capital y de diversas ciudades crecen. Mientras tanto, el régimen ya ha confirmado públicamente que hay conversaciones con EEUU.
¿Para qué? Según el presidente, Miguel Díaz-Canel, para «identificar áreas de cooperación» y «concretar acciones en beneficio de los pueblos de ambos países, para enfrentar las amenazas y garantizar la paz y seguridad de ambas naciones y también en la región». Palabras, palabras. Díaz-Canel habló de las negociaciones delante del nieto de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, supuesto interlocutor de Marco Rubio. También estaba Óscar Pérez-Oliva, sobrino nieto de Raúl y Fidel Castro y viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, que anunció que los exiliados van a poder invertir en la isla, adquirir empresas y comprar petróleo en el extranjero.
El hombre que dirige las conversaciones por parte de EEUU es el secretario de Estado, Marco Rubio, que calificó este martes las medidas de insuficientes. La economía es disfuncional y Cuba tiene «un sistema político y gubernamental incapaz de arreglarla». Y añadió: «Los que mandan no saben cómo solucionar los problemas, así que hace falta que asuman el liderazgo personas nuevas».
De esta afirmación se desprende que en el plan de EEUU la prioridad no es la democracia y la libertad en Cuba, sino una negociación que aparte al presidente y facilite cambios económicos de mayor calado. Es un plan que suena mucho a Venezuela después de Maduro: mejor que lo que hay, pero no lo que los cubanos necesitan.
Es cierto que las dictaduras no se transforman de un día para otro, pero el modelo Trump no ofrece ninguna garantía. Hablando de Trump, sus palabras sobre Cuba, como era de esperar, no son un modelo de sutileza: «Cuba es un Estado fallido». Más cosas: «Vamos a llegar a un acuerdo con ellos para que las cosas cambien y si no, vamos a hacer lo que tenemos que hacer». Y la traca final: «Creo que tendré el honor de tomar Cuba. Es un gran honor. Tomar Cuba como sea. Creo que puedo hacer lo que quiera con ella, si quieren saber la verdad».
Nunca está de más distraer la atención del desorden y la improvisación que acompañan a la guerra de Irán. Las últimas piruetas son la dimisión del asesor de antiterrorismo de la Casa Blanca —porque «Irán no era una amenaza inminente»— y el enfado de Trump con los países de la OTAN por no echar una mano. La guerra está ya casi en su tercera semana. Se habla todavía —a ciegas— de un conflicto relativamente breve. Si se alarga, y con él las consecuencias de la subida del petróleo y su repercusión en las tensiones inflacionistas y los precios, la difícil cita de las elecciones de mitad de mandato del próximo otoño se les complicará todavía más a los republicanos.
Mientras tanto, la situación en Cuba puede deteriorarse aún más. Es insólito lo que acaba de ocurrir en la ciudad de Morón, en el centro de la isla. Durante una manifestación de protesta contra los apagones y las malas condiciones de vida, grupos de vecinos que reclamaban libertad a gritos se enfrentaron a la policía e intentaron incendiar la sede del Partido Comunista. «Es insostenible lo que estamos viviendo los cubanos: el colapso energético, el colapso económico, la inflación y la falta de libertades… Todo está relacionado con un modelo político fallido», decía la periodista Yoani Sánchez este lunes en un vídeo.
España, con toda la historia y la cultura que comparte con Cuba, debería tener un papel destacado en la actual situación, sobre todo para intentar que cualquier acuerdo se acerque más a los intereses de los cubanos que a los de Trump. Pero un Gobierno que solo piensa en la política exterior —Sáhara y Marruecos, Israel, Irán, el ‘no a la guerra’— en términos oportunistas y que utiliza los conflictos para tratar de difuminar las corrupciones de todo tipo que lo cercan es incapaz de asumir esta tarea. Podría, por lo menos, hacer como si le interesara jugar un papel relevante en la transición —o lo que sea— de Venezuela y en lo que venga en Cuba, pero ni siquiera. Es más cómodo dejar a la extrema izquierda sin banderas y sin votos —y más útil para los intereses partidarios, es cierto— que asumir su responsabilidad histórica y el liderazgo europeo en la lucha para que ambos países avancen hacia la libertad y la democracia.
