El arma más temida por la flota americana en Ormuz es una mina naval de 2.000 euros
No emiten señales, no generan calor, no hacen ruido. No hay un motor ni una firma electrónica que interceptar

Un submarinista militar al lado de una boya flotante.
Esperar. Eso es lo único que hacen. No emiten señales, no generan calor, no hacen ruido. No hay un motor que detectar ni una firma electrónica que interceptar. A 40 metros de profundidad, en el fondo del estrecho de Ormuz, cientos, si no miles, de cilindros de acero cargados de explosivo aguardan en silencio a que llegue su momento. Y cuando llega, son implacables, nunca fallan.
Este tipo de arma aterra a la Armada estadounidense, y tienen una buena razón, sencilla de entender. Desde 1950, el 77% de los navíos norteamericanos hundidos o dañados —tres de cada cuatro— no fueron a causa de torpedos, misiles o ataques aéreos. Fueron víctimas de minas navales. Es lógico que la fuerza del Pentágono en la zona tenga más que cuidado al moverse por ella.
El arsenal minero iraní opera en tres niveles. El primero es la mina de contacto, representada por la Sadaf-02, copia local de la M-08 soviética. Ancladas al fondo, se asemejan a lo que vive en el imaginario popular: una bola con pinchos metálicos que detonan cuando un casco los roza. No dispone de una electrónica compleja ni de una batería que recargar. Es como la que abrió un agujero de cuatro metros en el casco del USS Samuel B. Roberts, hirió a diez marineros y lo mantuvo en dique seco 13 meses en 1988. Precio de la mina: menos de 2.000 euros.
La asimetría de costes es la clave de toda la doctrina de minas iraní. Ninguna otra arma en la historia de la guerra ofrece una relación coste/objetivo semejante —uno a sesenta mil— y eso convierte al Samuel B. Roberts en una demostración que Teherán ha estudiado con atención desde entonces. Una mina barata contra un buque caro es, tácticamente hablando, la apuesta más rentable disponible en la guerra marítima.
El segundo nivel son las minas de influencia de fondo, y son más complejas. Disponen de tres sensores activos: un magnetómetro, un hidrófono y un sensor de presión. Se asientan en el lecho marino y no necesitan contacto. El magnetómetro registra el campo metálico del casco; el hidrófono analiza la firma acústica de la hélice; y el sensor de presión detecta el desplazamiento de agua. Los tres deben alinearse antes de que la mina dispare, lo que las hace selectivas: ignoran pesqueros y lanchas; esperan el tonelaje de un petrolero, un buque de carga o uno militar. No se detiene ante piezas de caza pequeñas, va a por las grandes.

Cuando esas tres lecturas coinciden con el perfil de, por ejemplo, un petrolero cargado, un motor de cohete dispara una ojiva a ochenta metros por segundo hacia arriba. Eso es la EM52. La distancia que en otros escenarios daría margen para reaccionar aquí no existe. El impacto llega antes de que ningún sistema defensivo pueda procesar la amenaza, y escapar de ella es casi imposible.
La diseñó China, la compró Irán, y ahora mismo muchas unidades reposan en el fondo de la acuosa carretera que mueve el 20% del petróleo mundial. Es la mina de mayor letalidad en el inventario más grande de la región. Pero la geografía la ayuda y multiplica el problema.
El estrecho de Ormuz tiene un ancho de 21 millas náuticas (casi 40 kilómetros), pero el esquema internacional de separación de tráfico lo divide en dos carriles de dos millas náuticas cada uno. Irán no necesita minar el estrecho entero: solo necesita sembrar esos cuatro kilómetros de corredor navegable para que las aseguradoras de Londres revoquen la cobertura de riesgo de guerra y los operadores retiren sus barcos. La mina no hunde la flota; hunde su póliza de seguro.
Pero hay más. La Guardia Revolucionaria opera lanchas rápidas de aluminio y fibra de vidrio, por norma general de noche o mezcladas con tráfico civil. El procedimiento se denomina stern drop (algo así como «lanzamiento de popa»): las minas van en cubierta sujetas con unas correas muy básicas. Parecen balones de playa negros, y cada tripulación las empuja por la popa en segundos al llegar a las coordenadas que le asignaron. Cuando una fragata las detecta, la lancha ya ha alcanzado la costa iraní, pero han abonado la superficie del mar con sus letales flotadores.
Una respuesta adecuada
Los buques estadounidenses de la clase Avenger representan la respuesta más aplicable a este problema. Construidos con madera, fibra de vidrio y acero no magnético, su firma metálica es inferior a la de muchos pesqueros comerciales, lo que los hace invisibles para las minas de influencia que pretenden barrer. Su sonar de alta resolución genera imágenes del lecho oceánico que los operadores analizan para encontrar anomalías: formas redondeadas, cables, objetos que no deberían estar ahí. Avanzan a cuatro nudos (siete kilómetros por hora), a un ritmo lento y metódico.

La respuesta de la US Navy descansa además en cuatro sistemas integrados que ninguna otra marina posee en un solo paquete. El Almds monta un láser tipo lidar en un helicóptero MH-60 que construye un mapa tridimensional de la columna de agua desde el aire, sin colocar nada en la superficie. Para las minas de fondo, el bote no tripulado CUSB entra en el campo minado remolcando un sonar de barrido lateral capaz de operar más de veinte horas seguidas.
Las minas de influencia se neutralizan mediante señuelo. El sistema OCSB remolca un cable magnético y un generador acústico calibrados para imitar la firma de un buque de grandes dimensiones: añaden de manera ficticia un campo magnético, ruido de cavitación y cambio de presión. Si la mina pica el anzuelo, dispara contra un cable de acero. Para las que no muerden el señuelo, el dron submarino Archerfish desciende, confirma la identificación con su cámara y detona una carga que destruye la mina sin buzos artificieros en el agua.
Un guion conocido
La liquidación de las minas sigue estos cuatro pasos: detectar desde el aire, escanear con robot, engañar con señuelo acústico y destruir con dron. Desde el incidente del Samuel B. Roberts, la Marina decidió que ningún marinero volvería a nadar hacia un campo de minas si existía otra forma de hacer el trabajo. La cadena tardó décadas en completarse.
En marzo de 2025 se ha añadido una quinta palanca que la doctrina no había contemplado con suficiente precisión: que no hubiera minas. Por esa razón, la operación Epic Fury atacó los buques minadores antes de zarpar. 16 embarcaciones fueron alcanzadas por misiles Hellfire lanzados desde drones MQ-9 mientras permanecían atracadas; otras diez, destruidas en sus muelles. Las instalaciones de almacenamiento en la isla de Qeshm quedaron borradas del mapa. Sin barcos que transporten minas y sin instalaciones que las almacenen, las que ya están en el fondo son las últimas.
El campo minado existente, sin embargo, sigue ahí. La Marina no lo despeja porque no pueda, sino porque la ecuación no ha convergido todavía. El USS Tripoli, con capacidad para 20 F-35B, tiene que estar en posición antes de que los cazaminas entren en el corredor. Mientras la limpieza no comienza, la alternativa es la escolta.
Como en la II Guerra Mundial
Si hiciéramos una foto desde arriba, veríamos destructores en cabeza, aeronaves patrullando desde el aire y drones vigilando los flancos. Los buques mercantes avanzan en convoy a través del estrecho como en 1942. Es un método que funciona y que la US Navy ha ejecutado antes, pero que no resuelve el problema de fondo. El convoy protege el tránsito, pero no elimina la mina.
Mientras tanto, la misma mina que paraliza a los petroleros japoneses paraliza también a los iraníes. Irán exportaba 1.400.000 barriles diarios antes de la crisis, casi todos por Ormuz. Las cargas de crudo en la isla de Qark se han detenido. Irán construyó un arma para cerrar el estrecho a sus enemigos y también lo cerró para sí mismo. Y el barril de crudo ronda los 100 dólares.
