The Objective
Mi yo salvaje

Amanda, del 4ºA

«Hay que poner cara de inocente para que no siente tan mal al que te vea. O cara de sufrida. O cara de muy zorra»

Amanda, del 4ºA

Una pareja en un ascensor. | Freepik

Apretaba la entrepierna fuerte para sostener el pis lo suficiente como para aguantar los minutos que tardaba el ascensor. Por no parar ni un segundo más allí, había salido corriendo del trabajo sin mear y en el portal de mi casa empecé a pagar las consecuencias. Es curioso como el vientre se me inflama cuando el líquido contenido brama a las puertas de palacio por salir. Parece que me hubieran pinchado las vísceras y andara tronchándome justo por la mitad para romperme en dos. Si fuera un recortable, tendría en el vientre una línea de puntos a seguir. Hacia arriba no cambiaba nada más allá de una ligera tensión; hacia abajo las rodillas se miraban entre sí, retorcidas. Las manos me cubrían la vulva con la forma de media concha, quizás en señal de uso y concesión en el caso de que hiciera falta. 

Mastiqué los segundos como un trozo de carne mal cocinada. No había manera de tragarlos mientras que el ascensor bajaba lento para joderme. Para jodiendas estaba yo, tras un día en el que una sucesión interminable de pasos, colas, encargos y responsabilidades que se multiplicaban me dejaban con un fin de turno de culo apretado ante los vecinos de mi portal. 

Cuando el clítoris me empezó a pinchar, estuve a punto de bajarme las bragas ahí mismo. Hay que poner cara de inocente para que no siente tan mal al que te vea. O cara de sufrida. O cara de muy zorra. Tenía los pies ardiendo de tanto caminar, no habría notado diferencia si, sin bajármelas, hubiera dejado salir un chorro caliente pierna abajo hasta que me rebosaran los zapatos de tacón. 

Me dolía la espalda por la zona lumbar. Un dolor que se repite tras horas de clavar el tacón al ritmo de la aguja de una máquina de coser. No podía aliviarlo estirándome hacia atrás. Me habría salido el chorro disparado, como cuando tienes el orgasmo atrancado como una palabra que vislumbras, pero no te llegas a acordar y, de golpe, detrás de la primera letra te fluye entera en el pensamiento. Aguantarme el pis es como tener el clítoris inflamado a punto de estallar. Mear, en ese punto, es como acordarte de lleno de esa palabra. 

Por fin llega el ascensor, comienza la cuenta atrás. La cabeza me zumba llena de avispas impacientes desde las que puedo articular un «buenas tardes» atragantado a las viejas del tercero. Una ayuda a la otra. No sé cuál de las dos está mejor para abrir y sostener la puerta como un galán de noche; siempre lo hace una. La ayudo. El perro que las acompaña no quiere salir. Se ha tumbado en el suelo y nos mira levantando las cejas como el del anuncio navideño de lotería nacional. ¿Cuánto dinero tendrán estas dos debajo del colchón? Yo no juego a la lotería y el perro me mira con condescendencia, como si lo supiera. Se llama Braqui, que me suena a bradicardia; justo lo contrario a lo que me va a dar. Le animo a salir: «¡Braqui bonito, majo!». La señora más galante le tira desfallecida de la correa. Abrir la puerta del ascensor le ha gastado parte de la poca batería que le queda a esta hora de la tarde. Braqui es un cabrón. Me piden disculpas con una sonrisa amortajada. Yo entro en el ascensor y animo a Braqui a salir, azuzándole el culo con el filo del tacón. No pasa nada, que tengan buena tarde. Logro despedirlas y cerrar. ¡Subo!, gritan desde lejos a pocos centímetros de que la puerta cerrara con un clic. No, ahora no. Es Saúl. En apenas un año que vivo ahí, solo sé cómo se llama él y el perro del tercero. 

Saúl es mi vecino de enfrente. El del B. No hay más. Yo resido en el A. Me gusta porque coincide con mi nombre. «Hola, yo soy Amanda, del cuarto A», le dije un día con cara de tonta al coincidir en el rellano. Él ha entrado en el metro cuadrado que nos une y separa cuando ya había presionado el botón. Ya no puedo soltar una gota por planta. Tengo calambres en el vientre. Anoche me toqué recordando su voz. «Amanda del cuarto A», me dijo cuando la puerta por fin se cerró. 

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