The Objective
Mi yo salvaje

Con la boca llena

«Me mira a los ojos con los suyos muy abiertos cuando lo hace, como si no quisiera perderse ni un detalle»

Con la boca llena

Una pareja besándose. | Freepik

No ocultaré que en un momento de embriaguez le tapé la boca con la mía y se la llené de palabras. Me miraba fijamente cuando le encontré la pupila y me deslicé por ese tobogán hacia el interior. «Quién eres tú, Saúl», mascullaba mientras me deslizaba ojo adentro con un montón de cosquillas en la barriga. Hace años que no me lanzo desde un tobogán y no sé siquiera si cabría en uno de ellos. Años también que no me subo a una noria, un barco vikingo o una montaña rusa por lo que las cosquillas que me empujan el diafragma hacia arriba las percibo con una mezcla de nostalgia y novedad. 

Empuño mi lengua y la introduzco lentamente entre sus labios. Lo que intento es empujar mis palabras para que le resbalen garganta abajo dejándole un rastro dulce y amargo. Me ocupo de lamerle los labios como un gato que bebe leche, así me aseguro de que ninguna se le quede colgada en la barba como una miga de pan. Le penetro después la boca con mi lengua leída y acaricio su paladar justo antes de encontrarme con la suya que también intenta decirme, empujar y hacerme tragar. Al beso, suave e intenso, le acompañan bramidos y bufidos. Mi vulva salta en el asiento, ha levantado la mano y quiere preguntar. «Sabelotodo, cállate; no es hora, momento ni lugar», le digo. 

El tobogán no parece tener un final tangible, asible, medible… Sigo cayendo, ahora en espiral, por la vía de sus ojos claros hacia la opacidad de su interior. «Quién eres, Saúl, quiero conocerte, déjame saber».  

A veces, Saúl me agarra la cabeza con las manos y me embiste con su miembro firme los carrillos. Me mira a los ojos con los suyos muy abiertos cuando lo hace, como si no quisiera perderse ni un detalle. Yo los cierro y, del esfuerzo, se me escapa alguna lágrima. Saúl me las unta en las mejillas con el dedo pulgar y cesa la presión sin desencajarse de mí. Le pongo las manos en las nalgas y le animo a seguir empujando. Pestañeo invitándole a no parar; le digo con ello que todo va bien, que quiero engullirle desde la carne y que me rindo ante él. A veces, tengo el culo de Saúl en el pecho, sus manos sobre las orejas y su miembro entre labios, pero ahora no.  Otras le tengo debajo y entre las piernas, y soy yo la que le agarra la cabeza con las manos; y soy yo la que le mira con los ojos muy abiertos como si no quisiera perderme un detalle; y es él el que se entrega cuando agarro su miembro y lo introduzco dentro de mí; pero ahora no. Ahora le ando atusando el pelo del mismo modo, pero estamos en la calle, compartimos un café entre los dos y hace mucho frío. Me resulta extraño verle con la bufanda y el chaquetón. 

Saúl me aprieta con fuerza. Noto las ganas que tiene de mí en este abrazo y formula un «bésame» tan deseoso que me embriaga. Por eso me acerco a su boca y se la lleno de palabras de borracha; de esas que bajan la cremallera que nos cierra por la costura frontal y deja las tripas al aire, bien expuestas. Saúl me aprieta y yo pierdo los estribos del dónde, el cuándo y el quién. Me besa sin dejar de mirarme y yo me asomo a la duda de su ser sin pies de gato, poleas o mosquetón dispuesta a despeñarme en el abismo de sus entrañas en mi torpe intento de descubrirle.

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