Entre cualquiera de las partes de tu cuerpo
«Se puso saliva en las manos para que pasaran mejor y los friccionó con empeño de arriba a abajo»

Una pareja en la cama al amanecer. | Freepik
Se le salían los pies por debajo de las mantas. Amanda se los vio al ir al baño de la habitación donde habían pasado la noche juntos. Al volver, seguían allí, con la apariencia de estar vivos y muertos a la vez. Le dieron ganas de tocarlos, esas que se suscitan al ver un animal tirado en la calle y llevan a empujarlo un poco con la punta del zapato. Amanda no tenía los zapatos puestos ni nada más. Y los pies de Saúl no le parecían ni ajenos ni de animal moribundo. Se agachó ante ellos por la proa de la cama dispuesta a tocarlos sin aún saber con qué. Acercó su pecho desnudo primero, pensó que la abundante carne de sus tetas acolcharían el primer impacto. Saúl dormía y, aturdido y somnoliento en el despertar, podría patearle la cara sin querer. Le acercó el pecho como una almohada templada y le agarró los tobillos con las manos. Se frotó los pezones. Luego le empujó con un ritmo intermitente. Saúl movió los dedos y gimió. Amanda le agarró los pies y se los llevó a los lados. Desde fuera podía empujarse las tetas con ellos y pronunciar más, si cabe, su tremendo canal.
A la misma altura le empezó a masajear las plantas. Una con cada mano primero; las dos manos para cada una después. Saúl comenzó a gemir más seguido. Intercalaba bostezos gustosos con sonidos de goces táctiles y un principio de excitación en la base del pene. Amanda le estiraba uno y otro empeine, le martilleaba los talones y le pellizcaba cada arco mientras Saúl se retorcía de placer. Rayos y centellas cosquilleantes le nacen donde ella le toca y mueren en diferente distancia, como la altura que cobran los diferentes destellos de los fuegos artificiales.
Amanda deslizó sus dedos por entre los suyos. Los agarró desde la punta y los estiró uno a uno como un grupo de niños que juegan a ver quién es el más alto. Le pinzó con determinación el hueco que lleva el primer dedo al siguiente. Masajeó la zona por un rato mientras le miraba a los ojos y Saúl comenzó a sollozar. Ella no paró. Le miraba diciéndole y sus manos insistían en la zona ahondando por donde no se solía parar. De seguido le agarró los dedos mayores, uno en cada mano, y los frotó con movimiento ascendente; cerró las manos como puños, dejando un hueco en el interior por donde colaba cada uno de los dedos. Se puso saliva en las manos para que pasaran mejor y los friccionó con empeño de arriba a abajo. Saúl levantó la sábana con una reinante erección. Tembló, saltó sobre el colchón y se le escaparon un par de lágrimas transparente con las que mojó el capirote que le coronaba. Amanda se tomó muy en serio el sube y baja de su movimiento. Le dieron ganas de verlo eyacular sin tocarle ni un solo centímetro de piel más.
Se agachó y se acercó un dedo a los labios. Los apretó con fuerza simulando una vagina estrecha y seca por donde nada podría pasar. Saúl le empujó el pie hacia la cara. Ahora quería entrar y ya paladeaba la imagen; y la sensación húmeda y mullida de los carrillos; y la lengua de Amanda. Ese gesto le despertó el coño con fuerza y fue de repente que le oyó latir. Saúl empujó, y empujó seductoramente, haciendo círculos, intentando despegar y colarse por entre sus labios. La lengua acudió a la llamada, los mojó con esmero y Saúl se le coló entero hasta el paladar. La jugosa boca de Amanda enjugó de excesos el glande de Saúl y este a su vez, la cavidad esponjosa del coño de Amanda. El dedo que entra es la verga que le empuja y los carrillos, la vagina que le acoge; y la verga es la que sale mojada para volverse a introducir entre la carne caliente que la cobija, la arropa, la mece y la engulle de cualquiera de las partes del cuerpo de Amanda.
