Javier Rioyo: «El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, es un pijoprogre sin muchas lecturas»
Ha conocido durante más de cuatro décadas la trastienda del periodismo y la cultura y sigue peleando por la libertad
Verso suelto, como el título de la columna que escribe en este periódico, no oculta en Fuera de micrófono cierto desencanto. En alguna de sus reflexiones deja entrever cierta nostalgia del Madrid libre y bohemio de los años 80, en cuyas tertulias de café era costumbre poder discrepar amigablemente con el adversario.
A Javier Rioyo —periodista vinculado al mundo de la cultura, escritor, guionista, documentalista y exdirector del Instituto Cervantes en Nueva York, Lisboa y Tánger—, no le gusta lo que está pasando. Su rebeldía tampoco se ha moderado con los años.
Militó en la LCR (Liga Comunista Revolucionaria) durante la Transición —«pecados juveniles», dice—, se hizo socialdemócrata y hoy lamenta la deriva de un Gobierno que, a su juicio, no representa ni el social progresismo, ni el socialismo. «Es —dice— una suerte de intereses creados que favorecen la continuidad contra natura de un hombre que ha adoptado formas autoritarias de ejercer el poder».
Admirador de Fernando Savater desde siempre, critica el sectarismo, la sumisión y la forma de actuar del actual director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, y afirma —refiriéndose a Pedro Sánchez— que «no se puede ocultar de donde has venido y a quien has tenido de asesor». En su opinión, el presidente del Gobierno «ha captado en las rebajas a la gente que le rodea».
A lo largo de más de 40 años de activista cultural, ha conocido a grandes escritores y a muchos ministros y ministras de Cultura. Ha sido guionista de Jesús Quintero (El loco de la colina) y de Concha García Campoy, de un programa de Antena 3 presentado por Lola Flores y su hija Lolita, además de colaborador durante muchos años en Hoy por hoy, de la cadena SER, cuando lo dirigía y presentaba Iñaki Gabilondo. Rioyo confiesa que su vida es «una continua rectificación de errores». Guarda en la memoria, eso sí, momentos inolvidables con Mario Vargas Llosa —del que admiraba su lucha e ilusión por la libertad— o con el poeta Ángel González.
Testigo del entorno cultural que influye en Pedro Sánchez, define al actual ministro de Cultura, Ernest Urtasun, como «un pijoprogre que hizo Diplomacia, pero no muchas lecturas, obsesionado con perseguir la colonización en los museos y a quienes nos gusta la tauromaquia».
«A Felipe González no le gustaba nuestro espíritu hipercrítico en Radio 3 y nos mandaron a la noche de Radio 1»
PREGUNTA.- Recuerdo tus inicios, con Manolo Ferreras, en Radio 3 (RNE).
RESPUESTA.- Había comenzado en la prensa escrita, en una revista que se llamaba Opinión, donde estaba de corresponsal en América un joven llamado Pedro J. Ramírez. De ahí pasé a Radio 3. Llevé dos discos al programa de Manolo Ferreras, donde tenía un amigo. Uno de Bola de Nieve, cantante cubano muy olvidado, pero maravilloso, y otro de Boris Vian, cantante francés de jazz y escritor. Me dijo: «qué interesante, quédate». Empecé a hacer colaboraciones y me convertí en la segunda mano de Manolo Ferreras. Me hice cómplice, guionista, amigo, hice de todo…
P.- Estamos hablando de las mañanas de Radio 3.
R.- Sí. El programa se llamó primero La Barraca, como homenaje a La Barraca de Federico García Lorca. Era un programa que mezclaba todo. Cuando llegó La Movida, dijeron: «hay que cambiar el nombre». Y yo dije: «como la película de Charles Chaplin, Tiempos Modernos». El programa empezaba a las ocho de la mañana y yo, a veces, llegaba directamente de la sala El Sol, para incorporarme al programa. La verdad es que estuvo muy bien. Luego, nos pasó de todo. Quizá el éxito nos hizo ser peligrosos. A Felipe González no le gustaba demasiado nuestro espíritu hipercrítico. ¡Fíjate qué tiempos! Nos dieron una patada hacia arriba y nos mandaron a la noche de Radio 1. Ahí nos pasó una cosa curiosa. Me tocó retransmitir en directo, desde la discoteca Rocola, un concierto del grupo Vulpes y dijeron en directo un «me cago en Dios». Nos llamó José María Calviño [entonces director general de RTVE] y nos dijo: «Yo aguanto muchas cosas, pero esta presión que ya tengo del Diario Ya, de los otros… Tenéis que hacer otra cosa». Le dije a Ferreras: «hacemos España en blanco y negro», que fue una maravilla. Recorrimos los sitios más insólitos que te puedas imaginar: cárceles, prostíbulos, barrios marginales, etc. Una España curiosa que seguía anclada a un pasado más duro. Nos pasó de todo. Tengo recuerdos de la cárcel Modelo de Barcelona, con el capo de los presos. O del psiquiátrico penitenciario, donde estaba El Arropiero, el mayor asesino en serie de España. Le acercamos el micrófono y un interno que estaba al lado, atado a la cama, nos escupió. Manolo Ferreras dijo: «¡Qué bueno!, ¡qué bueno!». Luego, nos pidieron hacer el fin de semana —En días como este—, que fue un superéxito. A continuación, Fernando G. Delgado me ofreció hacer con una chica que había venido de Ibiza, Concha García Campoy, el programa que sustituiría a las mañanas de Luis del Olmo. Pero, como Concha estaba presentando también un Telediario, los sindicatos protestaron y se lo quitaron. Unos pocos meses después, me llama Concha y me dice que le han hecho una oferta muy buena de la Cadena SER, y me voy con ella a hacer en los fines de semana A vivir que son dos días. Nos fuimos Concha, Lorenzo Díaz y yo.
«Yo no he cambiado. Lo que pasa es que el Gobierno no representa ni el socialprogresismo ni el socialismo»
P.- Lorenzo era entonces compañero tuyo en la radio.
R.- Le conocía de Radio 3 y éramos amigos. Me pidió, por favor, que le metiera en el programa de Concha García Campoy. Concha, al principio, era un poco reticente, pero yo le dije que nos iba a dar mucho juego. Nos reunimos con Augusto Delkáder, que era el nuevo director general de la SER, y comenzamos a hacer A vivir que son dos días.
P.- De joven, militabas en la LCR [Liga Comunista Revolucionaria].
R.- Son pecados juveniles.
P.- Años después, te hiciste socialdemócrata y ahora algunos te llamarán facha.
R.- Yo no he cambiado. Mi periplo ha sido ser un joven antifranquista y coquetear con la izquierda, digamos, trotskista. Teníamos ese espíritu de diálogo con los surrealistas que había tenido Trotsky. Éramos antiestalinistas. Por tanto, no comunistas, en el sentido puro de la ortodoxia del partido. Luego, me hice ácrata. Siempre he sido un descreído. Lo de la socialdemocracia llegó por un posibilismo razonable de estar en este país. Conocí los tiempos duros, conocí la izquierda ortodoxa que no me gustaba y los cambios lógicos que se habían producido en la otra izquierda. Entendíamos que había que cambiar, pertenecer al mundo occidental, estar en la OTAN. Fui asumiendo esos retos con normalidad. No he cambiado. Lo que pasa es que, ahora, el Gobierno de chiche, socialprogresista, no representa ni el socialprogresismo ni el socialismo. Es una suerte de distintos intereses creados que favorecen la continuidad contra natura de un hombre que ha adoptado formas autoritarias de ejercer el poder, y en eso estoy absolutamente enfrente.
«Guerra era de la nouvelle vague francesa y Felipe de las películas del Oeste»
P.- Has conocido a muchos ministros de Cultura. ¿A los políticos españoles les interesa realmente la cultura?
R.- He tenido la suerte de conocer y ser amigo de Javier Solana. Todavía lo soy, a pesar de nuestras diferencias. Hemos veraneado en la misma zona de Galicia. Me dejó la primera casa que yo tuve allí. También he conocido al grupo de Alfonso Guerra. El mundo de Guerra era un mundo de intelectuales y de lectores. Guerra era de la nouvelle vague francesa y Felipe González de las películas del Oeste. A mí me han gustado las dos cosas. He conocido muy bien a ese grupo de socialistas cultos: Almunia, Leguina… Hemos estado juntos en muchas batallas. Pero he sido solamente compañero de viaje. Nunca he estado afiliado al PSOE, aunque me ofrecieron afiliarme. Ni siquiera he tenido, digamos, la obediencia debida. Muchas veces he ido por libre. A mí me importaba más la vida que se iba despertando en este país, cómo iba cambiando. Y me importaba, naturalmente, el mundo de la cultura. Tuve la suerte de ser amigo de algunos escritores de la Generación del 50, también llamada «del alcohol». Muy amigo de Ángel González, de José Caballero Bonald…, y tuve también la suerte de tener cercanía con Mario Vargas Llosa, con Carlos Fuentes y con casi todos los escritores que han surgido aquí, en España. La primera entrevista a Arturo Pérez Reverte, como novelista, la hicimos en mi programa. Luego, trabajé en la Editorial Alfaguara. He conocido a casi todo el mundo de la cultura española. A casi todo, no. A todos, prácticamente.
«En las tertulias del Café Gijón nos enriquecíamos, siendo dialogantes, diversos y a veces casi contrarios»
P.- ¿Se recuperará el Madrid de las tertulias y de la tolerancia, al que haces referencia en tus columnas?
R.- Quiero ser optimista, pero no tengo todavía tanta fe. A mí me ayudó mucho Raúl del Pozo, uno de los periodistas de referencia. Al lado de Raúl, estaba Manuel Vicent, que tenía otro estilo, otra estética. Tenían una tertulia en el Café Gijón a la que asistía mucha gente. También estábamos algunos jóvenes que nos habíamos colado. Para mí, fue fundamental ver cómo en esa tertulia había comunistas, alguno de derechas —no muchos—, socialistas, socialdemócratas, ácratas, vividores, bohemios. Era, digamos, un alimento de vida y de cultura. Hice de taxista de Raúl para llevarle al casino a jugarse el dinero. Algunas veces hasta ganamos algo. Por allí pasaban directores del cine, actores… De allí salió un programa de Antena 3, con Lola Flores y su hija Lolita, que se llamó Sabor a Lolas. Le llamaron a Raúl para proponérselo y me dijo: «No lo hago, si no vienes conmigo». De ese mundo de las tertulias nos enriquecíamos mucho, siendo dialogantes, diversos y a veces casi contrarios.
P.- Has sido guionista de Jesús Quintero (El loco de la colina), de Concha García Campoy, del programa Sabor a Lolas, colaborador de Iñaki Gabilondo en Hoy por hoy (Cadena SER). ¿Tienes una gran capacidad de adaptación?
R.- Creo que sí. Son muy distintos ellos. Sí, muy distintos. Mi peculiaridad es ir por libre, ser el verso suelto, como el título de la columna que hago aquí, en THE OBJECTIVE. Les hacía gracia. A mí, Iñaki Gabilondo me dijo: «Quiero que cuentes lo que te parezcan las cosas más pegadas al mundo cultural, a los viajes, al cine, al teatro, a los libros, etc.». Sin una estructura cerrada, sin un guion. Hacía de mí. Por suerte o por rareza, mi capacidad de ser yo, mi mirada, ha sido aceptada. Concha García Campoy era una esponja maravillosa. Una mujer capaz de captar todo. Pero, llegó verde, que te quiero verde. Fernando G. Delgado me dijo: «es una gran comunicadora, pero tiene, digamos, lógicas carencias». Junto a Lorenzo Díaz, hice el trabajo de ampliar todas las bondades que tenía Concha. Y a mí eso me gustaba. Más que el micrófono, a mí lo que me gustaba era la trastienda, la cocina; pensar cosas, elegir las músicas, proponer colaboradores. En la SER puse a un montón de colaboradores. Desde bohemios, como Pedro Beltrán, hasta eruditos como Fernando Rodríguez Lafuente. He tenido interés por lo heterodoxo y por lo culto, dicho entre comillas. Me ha atraído siempre el mundo de la cultura, que es el mundo de la vitalidad, de la vida.
«He sido admirador de Fernando Savater y de Félix de Azúa y ahí sigo, tan contento»
P.- En alguna ocasión has contado que al programa de Lola Flores invitabais a intelectuales y filósofos, y un día Lola os dijo que estaba ya harta de ese tipo de gente…
R.- Lola Flores era sorprendentemente abierta. Parecía que iba a ser un icono de la diversión del franquismo, pero era una mujer con unas artes, unas libertades y una capacidad de entender a uno y al contrario importantes. Llevábamos al programa a una representación viva del mundo español: Fraga, Carrillo, la duquesa de Alba, Guillermo Cabrera Infante o Manuel Vázquez Montalbán. Y una vez invitamos al filósofo Javier Sádaba. Cuando le dije que venía Javier Sádaba, me preguntó: «¿Y ese quién es?» Y yo, pues mira es un filósofo. Respuesta: «¡Estoy hasta el coño de filósofos; no le hago la entrevista!». Dije: «Vale, vale, lo intentaré con Lolita». Entonces, Lolita convenció a su madre. Cuando vio a Sádaba, dijo Lola: «¡Huy!, si se parece al cura de Pájaro espino; que venga, que venga». Tuvimos mil historias con Lola. Algunas se pueden contar y otras no.
P.- Ir por libre tiene un coste elevado, más aún en un país tan polarizado como el nuestro. ¿Has perdido amigos en el camino?
R.- Sí. Quizá no eran amigos que merecieran tanto la pena. La gente que no es capaz de ver que seas crítico o discrepante con un Gobierno que se llama progresista y hace todo lo contrario, y que por eso te digan que estás en la fachosfera, pues mira no estoy en ninguna fachosfera, ni sé lo que es. He sido admirador y seguidor de Fernando Savater desde principios de los años 80 y ahí sigo, al lado de Savater, muy contento. Y de Félix Azúa y de tanta gente a la que ahora incluyen en la fachosfera. Igual que he sido amigo de Joaquín Sabina, de Jesús Quintero o de Lola Flores. Me ha preocupado más entender a este país que poner barreras y hacer muros ideológicos. No estoy dispuesto. Y así seguiré lo que me quede, que espero que sea un rato.
P.- Trabajaste muchos años para el Grupo Prisa (Cadena SER y El País). ¿Se admitía entonces más la discrepancia con la línea editorial en esos medios?
R.- Absolutamente. Tengo buenos recuerdos del Grupo Prisa. A mí nunca me han impuesto nada. El viraje se debe a una servidumbre excesiva en algunos momentos. Tengo todavía allí muy buenos amigos y grandes profesionales. Otros, quizá, han cerrado más su mundo y son incapaces de entender la crítica desde fuera. Pero yo he estado veintitantos años feliz en el Grupo Prisa. Hice en Canal+ un programa de debate, en la Ser estuve 27 años; en El País, 25, y no he tenido nunca ningún problema. Bueno, tuve una vez un problema colateral. Hice un reportaje en El País Domingo, con Santiago Carrillo, Teodulfo Lagunero y Marcos Ana. Se publicó a doble página y aquello salió muy bien. Pero hubo quien me lo criticó, desde dentro del periódico. Es alguien muy famoso y no quiero decir su nombre. Me dijo: «Parece que haces una broma y no condenas lo que fue el comunismo». Dije: «Ni condeno ni dejo de condenar. Yo he sido compañero de viaje». «Es que se hacía mucho jiji, jaja», comentó. Ahí me enfadé un poco, y con otra cosa también. Pero, en tantos años, han sido pocas las discrepancias. Yo también he trabajado contigo durante unos años en la revista Tribuna de Actualidad.
«Cuando llegó Zapatero al Gobierno me tiraron los tejos para hacer cosas»
P.- Otra etapa de tu vida la ocupa el Instituto Cervantes. En el año 2011 te incorporaste, como director, al Instituto Cervantes de Nueva York.
R.- Ahora me río. Hice un pequeño documental sobre José Luis Rodríguez Zapatero para la RAI porque tenía buena relación con Miguel Barroso. Lo conocía desde los tiempos de Alfredo Pérez Rubalcaba. Cuando llegó Zapatero al Gobierno, me tiraron los tejos para hacer cosas. Entonces, yo iba diciendo que no. Me quisieron nombrar responsable de programas dramáticos en Televisión Española y se filtró el nombramiento antes de tiempo. Era el cargo más arriesgado, por la cantidad de dinero que se podía mover, los favores que podías hacer y tal… Yo estaba en La Haya, porque ponían unos documentales míos en la Filmoteca de allí. Me fui al Museo (Mauritshuis) a ver La niña de la perla y cuando salí tenía 120 llamadas. Digo: «¿Esto qué es?». Eran llamadas de Elías Querejeta, Andrés Vicente Gómez, no sé quién, no sé cuál… Había publicado El País la propuesta de mi nombramiento y empezaron a llamarme del sector del mundo del cine para que dijera que sí. Iba a decir que sí, pero un buen amigo me llamo y me dijo: «Oye, tengo una serie pendiente que, si sale adelante, tú tendrás…». Le contesté: «No quiero escuchar lo que me vas a decir». Continuó: «Que no pasa nada, puede ser una casa en Málaga o lo que sea». Aquel día dije: «Voy a decir que no». Entonces, me metieron casi a la fuerza en el Consejo Asesor de RTVE, del que me salí a las dos reuniones, porque vi que era hostil la manera en que me habían metido. Luego, me dieron un programa, que pedí, de libros —Estravagario— que duró cuatro temporadas. Después quisieron hacer negocio con otros y lo quitaron, aunque iba muy bien. He tenido, quizá, una excesiva voluntad de no humillarme, de no someterme y de no venderme. Ha sido una resistencia que, a veces, no es fácil. Cuesta cara. Luego, me ofrecieron irme al Instituto Cervantes, dirigido entonces por Carmen Caffarel. En un homenaje que le hacían en el Instituto Cervantes a María Dolores Pradera, Carmen Caffarel me dijo: «Javier, te voy a pedir una cosa a la que no creo que te puedas negar». Quedamos al día siguiente y me ofreció el Cervantes de Nueva York. ¿Cómo iba a decir que no a Nueva York, con lo difícil que es tener allí un buen trabajo? Así que me fui a Nueva York. Luego, historias personales hicieron que me volviera antes. Mi mujer enfermó de cáncer, tuve que pedir cercanía y me mandaron a Lisboa.
«En las actuaciones de Luis García Montero hay rencor y envidia»
P.- A Lisboa y, posteriormente, a Tánger.
R.- En Lisboa estuve cinco años y en Tánger casi otros cinco. No cumplí los cinco años porque, como decía Ángel González, un falso bueno en todo, que era amigo mío y que se llama Luis García Montero, decidió que yo no era cómodo porque había levantado la mano por algunas cosas que estaba viendo en Marruecos. Me había quejado. Pregunté qué pasaba con eso del Sáhara y esa cesión así. Una vez me dijo: «Tocas mucho los cojones». Digo: «Yo no». Hice un trabajo en Tánger —lo puede decir la gente de allí— absolutamente innovador, abierto y profesional. Como lo había hecho en Lisboa y como lo hice en Nueva York, donde estuvieron desde Pedro Almodóvar hasta Sara Montiel, pasando por Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, José Luis Garci o Manuel Vicent. Reformé aquello, y en Tánger hice lo mismo, sin romper las complicadas relaciones diplomáticas con el Gobierno de Marruecos. Como no era cómodo, seis meses antes de que finalizara mi contrato se me invitó a irme.
P.- ¿Qué opinas de Luis García Montero?
R.- Dije una vez, y creo que lo escribí, que en las actuaciones de García Montero había una parte de rencor y otra parte de envidia. También, una especie de espíritu autoritario, de quererse apropiar de cosas que no le pertenecen; que son memoria de gente.
P.- Hubo polémica con María Asunción Mateo, viuda de Rafael Alberti.
R.- Él participó en un documental que yo hice sobre Rafael Alberti, y me arrepiento mucho de aquello. Naturalmente, estaba María Asunción y otras personas, pero le dejé a él [García Montero] demasiado papel. Hice otro documental de Francisco Ayala, con él también, donde también me arrepentí. Fui durante un tiempo muy amigo de Luis García Montero. Era de la pandilla, aunque discrepaba mucho con él. A mí me llamaba el amigo de derechas porque era socialdemócrata y algunos de ellos eran comunistas puros y duros. Luego, resulta que han sido los más sanchistas del sanchismo, los más entregados. Buscan las polémicas porque la tensión, el conflicto y el guerracivilismo les van bien. Él [García Montero] es un niño de una familia de derechas.
«Pedro Sánchez ha captado en las rebajas a la gente que le rodea»
P.- ¿Consideras que Pedro Sánchez se ha rodeado de partidarios del enfrentamiento?
R.- Algunos quizá no lo busquen. A mí me parece que Sánchez ha captado en las rebajas a la gente que tiene alrededor. Es casi imposible tener un peor equipo en tantas cosas. Y, en lo cercano, haber sido tan ignorante de lo que le estaba rodeando. Eso es casi increíble. No se puede creer. Luis García Montero es uno de sus valedores en lo que podemos llamar, entre comillas, su mundo cultural. Un mundo cultural de una ignorancia seudoprogresista absolutamente manifiesta. La gente que sabe se ríe. Cuando dice que van a hacer la conmemoración del franquismo, no son capaces de hacer nada. Son incapaces de arbitrar de una manera lógica, de abrir el espectro y la mirada. Cuando dice que van a hacer algo para luchar contra la prostitución, tampoco. Y cuando se fían de sus asesores culturales, ahí tenemos la dejación del Ministerio de Cultura en Ernest Urtasun, de Sumar. Es un pijoprogre que hizo Diplomacia, pero no hizo muchas lecturas. Está obsesionado con perseguir la colonización en los museos, perseguir a quienes nos gusta la tauromaquia, perseguir la heterodoxia y la apertura. Cualquier cosa que le pueda parecer no suficientemente progre la persigue. Ahí está Luis García Montero, asesorando y mandando en el Ministerio con otros. Esto no me lo han contado, lo he visto yo. Porque he estado ahí, dentro del vientre de la ballena. Lo he estado viendo y siempre he procurado que no me pillaran en el fango. Ellos han creado el fango.
«Mi vida ha sido una continua rectificación de errores»
P.- Hablando de fango, en 2024 se firmó un manifiesto de periodistas contra compañeros que denunciaron la corrupción en el entorno de Pedro Sánchez. Creo que uno de los firmantes fue Iñaki Gabilondo.
R.- ¿Iñaki lo firmó? Yo creo que no. Me extraña. Quizá no le dieron la información adecuada. Sí lo hizo alguna gente a la que quiero mucho y con la que discuto mucho, como Miguel Ríos, que tiene todavía una visión romántica de lo progre. No lo firmó Joaquín Sabina, que se desvinculó del grupo. Lo de los manifiestos me da igual. A mí me reprochó Luis García Montero, siendo director del Instituto Cervantes de Nueva York, que hubiera firmado un manifiesto en defensa de Arcadi Espada, al que perseguían por una historia en Cataluña. Me dice: «Estás firmando con Cayetana Álvarez de Toledo». Digo, pues sí, y con otras 200 personas más. Evidentemente. Estoy en este país y quiero ser libre e independiente. Lo ejerzo y lo soy.
P.- ¿Hasta qué punto las redes sociales han crispado la vida política y social?
R.- Cuando éramos jóvenes periodistas, decíamos: «el medio es el mensaje». Ahora, cualquiera tiene un medio desde el que mandar un mensaje. Hay un abordaje y cualquiera puede contar, sin contrastar demasiado, lo que le dé la gana. Tenemos que estar muy avisados de a dónde acudimos, para no dejarnos llevar por las fakes news y por la información manipulada. Ahora, tenemos peor información porque tenemos demasiada. Antes se sabía, por ejemplo, que Iñaki Gabilondo era un referente, un prescriptor. Había otro distinto, que era Luis del Olmo, o Eduardo Sotillos. Hoy hay más confusión porque asaltan muchos barcos.
«A ver cuántos asaltos más resiste Pedro Sánchez. Creo que ya le quedan pocos»
P.- En una situación como la actual, ¿no deberían mojarse más los intelectuales?
R.- Fuera de algunas ayudas, subvenciones, prebendas y premios, hace mucho frío. Si te haces crítico —si te atreves—, te quedas al margen de los regalitos, las regalías y las gabelas que reparte el Estado y sus alrededores. Esto es así. Mantengo muchos amigos de esos que se ponen de perfil. No les critico que se pongan de perfil, cada uno adopta la actitud que quiere, pero no me creo lo de escribir y hablar con corsé. No me lo creo; estar diciendo: «a ver si esto me va a perjudicar». No hay que ser idiota, ni kamikaze. A mí me mueve la pasión, pero no la ira ni el rencor. Quiero tener la libertad de ser crítico e independiente. Y también la libertad de equivocarme y rectificar. Mi vida ha sido una continua rectificación de errores.
P.- ¿Qué más tiene que pasar para que Pedro Sánchez tire la toalla y convoque elecciones?
R.- Solo se salva, si resiste en el ring, aunque esté casi noqueado. A ver cuántos asaltos más resiste. Creo que ya le quedan pocos. Después de Extremadura, de los casos de corrupción que le rodean judicialmente, y lo que puede pasar en Aragón y en Andalucía, ¿qué sentido tiene que seas presidente del Gobierno, si no gobiernas casi nada, si no tienes presupuestos y no puedes salir a la calle porque te insultan? Si tienes que hacer las cosas a escondidas y tienes asesores, como Zapatero, que son altamente sospechosos. ¿Y qué lenguaje progresista hay en eso, cuando el comportamiento ha sido el que ha sido con las mujeres? Voy a sacar un libro sobre la historia prostibularia, donde contaré que hemos pecado y hemos incurrido en conductas deleznables y criticables, pero que hay distintas maneras de acercarse a ese mundo. Lo que no se puede hacer es ocultar de donde has venido y a quién has tenido de asesor.
«Mario Vargas Llosa fue evolucionando, no hacia la derecha, sino hacia la libertad»
P.- Entre los personajes relevantes que has tratado, ¿quién te ha impresionado más?
R.- Al que más he creído en las cosas que iba diciendo y cómo fue su evolución, situándose en un lado distinto del que venía, ha sido Mario Vargas Llosa. Vargas Llosa ha sido un ejemplo de ilusión por el mundo de la izquierda, de la vida vista desde la izquierda, pero fue evolucionando. No hacia la derecha, sino hacia la libertad. Lo tengo muy presente. He trabajado mucho tiempo con Jesús Quintero, que era un disparate lleno de genialidad. Le tengo cariño, aunque nos hemos peleado mucho. Ahí está también Raúl del Pozo, como una de las referencias cercanas de amistad y de profesión.
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