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Motor

Red Bull empieza a fabricar uno de los deportivos más locos de todos los tiempos

Sus cifras rayan en lo imposible y el aspecto es más propio de una nave espacial

Red Bull empieza a fabricar uno de los deportivos más locos de todos los tiempos

RB17. | Red Bull

Mil doscientos caballos de potencia, un motor que sube hasta las 15.000 RPM, un bloque V10 desarrollado por Cosworth, de cero a 100 en menos de dos segundos y velocidades que rondan los 350 km/h. El profano diría que son las prestaciones del avión de combate que pilotó Tom Cruise en Top Gun Maverick, pero no: es la locura de coche que acaba de empezar a fabricar una marca de bebidas energéticas.

La marca Red Bull nació para ponerle alas a la gente, o eso decían en sus anuncios. Más tarde se metieron en la Fórmula 1 para darle alas a sus coches, y consiguieron llegar a lo más alto, aunque parte de la magia residía en que quedasen pegados al suelo gracias a esos apéndices. Dos décadas y pico después, y con su experiencia en las carreras, van a lanzar al mercado uno de los deportivos más excesivos, brutales y locos de la historia de la automoción.

El RB17, que así se llama este émulo del Batmóvil, es un artefacto que no busca homologaciones, caer bien a las atosigantes autoridades medioambientales, ni pretende entrar en garajes de barrio. Nace como un coche de circuito, vive feliz en la línea roja del tacómetro y suena como el alarido final de los dioses de la gasolina. El RB17 no es un hypercar, que es como le definen, sino la Fórmula 1 desatada y empaquetada sin restricciones ni excusas.

La silueta, que ya se filtró en fase de prototipo en 2024, ha pasado por las manos de Adrian Newey, el ingeniero que ha parido el monoplaza de Fernando Alonso para esta temporada de 2026. Aunque el genio británico ahora trabaje para la competencia, sigue vigilando de cerca esta criatura que lleva su firma.

El resultado es tan extremo como cabía esperar: líneas afiladas, entradas de aire donde no pensabas que habría sitio para faltar y un difusor trasero que podría devorar una motocicleta de tamaño medio sin dejar huella. Hasta los faros LED parecen sacados de una nave espacial, en forma de bastón, como si quisieran golpear al espectador en plena cara para recordarle que esto no es un coche, sino una nave espacial que solo lleva ruedas por casualidad.

Todo lo que se ve tiene una razón de ser. Cada canal, cada curva, cada aleta está pensada para perforar el aire como el cuchillo de Rambo. El techo alberga una toma de aire gigantesca que alimenta al motor central, mientras que una aleta dorsal estabiliza el conjunto a velocidades que desarrugarían una camisa hecha de acero inoxidable. No de este metal, sino de fibra de carbono está hecha su carrocería, con un chasis monocasco que se siente tan sólido como el chaleco antibalas de un GEO.

Tampoco hay concesiones a la moda: ni híbrido enchufable, ni pantallas que distraigan, ni colores chillones. Lo que sí hay es un V10 de 4,5 litros desarrollado por Cosworth, una especie de ofrenda mecánica a los dioses clásicos de la F1. Este motor gira a 15.000 revoluciones por minuto, el triple que los coches de calle, el doble que los deportivos más lustrosos y al límite de lo que giran los F1 que pueblan la parrilla.

Por sí solo entrega cerca de 1.000 caballos a base de pegarle fuego a gasolina. A eso se le suma un motor eléctrico que añade otros 200 más, para alcanzar los 1.200. No hay turbos, no hay retardo, no hay intermediarios: pisas y se desata el apocalipsis.

El sistema híbrido no está pensado para cumplir con normativas medioambientales, sino para rellenar el par en cada cambio de marcha y encargarse, con dignidad, de la marcha atrás. La caja de cambios, secuencial de seis velocidades, se maneja desde el volante y cuenta con un diferencial autoblocante activo para domar esta bestia salvaje en cada curva. Si el McLaren P1 y el Porsche 918 eran la vanguardia del milenio pasado, el RB17 es una puñalada a todo lo conocido hasta ahora.

El cronómetro empieza a sufrir

La aceleración se mide con relojes que empiezan a encontrar sus límites físicos. Pasa de 0 a 100 en menos de dos segundos y su velocidad punta queda por encima de los 350 km/h. Todo eso, con un peso que apenas alcanza los 900 kilos. Es decir, casi 1.400 caballos por tonelada. Esto lo sitúa en la misma liga que los reactores ligeros. De-li-ran-te. A ese dato se suma la capacidad de generar carga aerodinámica: hasta 1.700 kilos entre sus alas, apéndices y el efecto suelo.

Los frenos son carbocerámicos, con discos de más de 400 milímetros, porque cualquier cosa de menos fuste sería una broma. La suspensión es activa, ajustable electrónicamente y con tecnología procedente del mundial de la resistencia. Las ruedas calzan slicks de competición.

En el interior no hay concesiones al confort. No encontrarás pantallas táctiles, ni asistentes de voz, ni ningún elemento que insinúe siquiera la existencia de una vida fuera del circuito. Hay botones físicos, palancas y un volante digno de la cabina de un avión de combate. Los asientos son de competición sin más, los cinturones de seis puntos y el diseño en general bebe directamente del reglamento de Le Mans, aunque el coche no pueda correr allí, que esto va de sensaciones no de trofeos.

Entrada de nave espacial

El acceso se realiza mediante unas puertas de mariposa con apertura frontal, que permiten subirse con la elegancia que requiere un coche de más de cinco millones de dólares. Porque eso sí, este será un capricho caro. Cada unidad costará entre cinco y siete millones, dependiendo de la profundidad de los bolsillos de quien lo pague.

Solo se fabricarán cincuenta, todos hechos a medida, únicos y destinados a coleccionistas que seguramente jamás lo expriman como merece. Pero Red Bull ofrece algo más que exclusividad: un programa de conducción, eventos en circuito y la oportunidad de compartir pista —y sustos— con otros millonarios locos del volante.

El RB17 aparece en un momento clave, cuando las marcas tradicionales coquetean con la electrificación y los consumidores se debaten entre la nostalgia y la modernidad. Este coche es una forma de decir que, mientras quede una gota de gasolina y un circuito por recorrer, todavía habrá quien diseñe máquinas con alma.

Mucha competición, poca competencia

El rival más cercano quizá sea el Aston Martin Valkyrie, también nacido del lápiz de Newey, pero con un enfoque más civilizado. El RB17 es otra cosa: un monstruo sin jaula, diseñado sin el corsé de la FIA ni las reglas de lo civilizado.

Quien quiera hacerse con uno deberá ser más rápido con el cheque que en pista, porque las unidades ya se están adjudicando; aún queda alguna. Y quien lo vea en un circuito, quizá en Monza o Silverstone, hará bien en taparse los oídos… o en abrirlos del todo. Porque el RB17 no es un coche que se escuche: es un coche que te atraviesa. Tanto es así que ni los Fórmula 1 suenan como lo hace este. Qué lástima. Pero qué alegría también, sobre todo para esos cincuenta afortunados.

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