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Opinión

Las becas a los ricos son solo el comienzo

«Razonar está pasado de moda, que todo cuadre es de mal gusto»

Las becas a los ricos son solo el comienzo

Isabel Díaz Ayuso en el Parque Warner. | Europa Press

Tengo algunos amigos que ven entrar en casa más de 100.000 euros al año. Es una cifra bonita. Normalmente es él quien gana 60 o 70 mil euros y ella el resto, de 40 mil para arriba. El dinero se les va en criadas, Movistar, terapeutas y gimnasios. Ahora la Comunidad de Madrid ha sentido piedad por ellos, y les ofrece unas becas. Una familia con nóminas conjuntas que ronden esos 100.000 euros puede pedir ayudas para la educación de sus hijos en centros privados. Es una noticia extraordinaria. Me ha vuelto loco.

La cosa está en un punto en el que si sales a la calle y le preguntas a la gente por qué no pueden darse becas a los ricos casi nadie va a ser capaz de argumentar demasiado. Los propios políticos de la oposición han calificado de «atraco», «paguita» o «despropósito» estas becas; han concluido que se busca «devolver dinero a los ricos»; y, en fin, que es todo ultraliberal y maligno, y hay pobres. La izquierda de Madrid es seguramente la que menos pobres conoce en persona de Europa.

No.

La beca a los ricos no tiene nada que ver con esto. Tampoco Ayuso sabe lo que está haciendo. Ha defendido la medida diciendo que hay que ayudar a las «clases medias», porque también son de Dios. Lo que Ayuso ha puesto en marcha sin darse cuenta es la posmodernidad de derechas. Acompáñenme en este viaje teórico al centro mismo de la desintegración de todas las ideologías.

Primero hay que establecer que la izquierda ya es posmoderna. Llegó antes. A fin de cuentas, como dijimos más arriba, no conocen pobres. La izquierda mainstream hoy se denomina izquierda identitaria, dado que desde finales del siglo pasado ya no tiene la igualdad como principio fundamental. Por incomparecencia electoral del pobre, y por falta de mordiente publicitario de ese mismo pobre para el que no lo es y quieres que te vote, las izquierdas han pasado a vender «identidad» a los pijos que les apoyan.

La posmodernidad, para el caso que nos ocupa, consiste básicamente en ir contra el sentido común, las verdades asentadas y las jerarquías clásicas. Todo está revuelto. ¿Qué es eso de que Faulkner es mejor escritor que una mujer lesbiana africana refugiada sólo porque Faulkner es de verdad mejor escritor? ¿Qué tiene que ver la calidad literaria con la importancia de un autor? Ahí empezó todo.

Esta labor de zapa contra los criterios comunes -que es culpa básicamente de cuatro franceses-, impregna tres cuartas partes de la izquierda en el arco político, y ya convivimos naturalmente con la pura sinrazón. Es normal poner a tu novia de ministra y, al que lo critica, llamarle machista. O sea, usted se ha creído que es feminismo que una mujer triunfe porque su marido tiene poder. También ha asumido usted que Patricia Botín es una persona más oprimida que su amigo de Usera que trabaja en la forja desde los dieciséis, porque ella es mujer y su amigo, varón. Luego sucede que Alejandro Sanz con sus cuatro o cinco mansiones y su avión privado le dice a usted, con su Seat del 2005, que no contamine tanto, por favor. Una poeta negra pide ser traducida sólo por mujeres y a ser posible también de raza negra. Una directora general de Igualdad de Trato renuncia a los dos días a su puesto por no ser negra. La presidenta de la Asociación Nacional por el Progreso de las Personas de Color en Estados Unidos no era negra, pero dijo que lo era. La libertad de expresión consiste en prohibir discursos que no nos gustan. Vetar a alguien es cultura («de la cancelación»). Hay figuras históricas de antes de que naciera Franco que son franquistas. Si tu marido se acuesta con otras, es que te quiere. Científicos de prestigio mundial ceden la portavocía del fin del mundo a una niña de 17 años que no sabe lo que es el H2O.

¿Qué hay detrás, intelectualmente, de todos estos credos de nuestro tiempo? Un sabotaje del razonamiento. Razonar está pasado de moda, que todo cuadre es de mal gusto. Ya no es el razonamiento el que te lleva mansamente a una conclusión; es la conclusión la que te facilita todo tipo de razonamientos. Queremos que Ucrania gane un concurso de canción popular. ¿Es su canción la mejor? No; pero hay una guerra en Ucrania. Los concursos musicales merece ganarlos el que sufre una guerra. ¿No lo sabías?

Así, amigos, llegamos a las becas de los ricos, primer paso (en realidad, segundo) conocido en la posmodernización de la derecha en España. ¿Deben recibir becas los ricos? No. ¿Por qué les damos becas?

Si la igualdad era el eje de la ideología progresista, la libertad lo es de la ideología liberal. Si igualdad se cambia por identidad, que es un concepto sociológico, libertad debe ir siendo sustituido paulatinamente por un concepto propio de un entorno muy significativamente conservador. O sea, tiene que ser un concepto mercantil.

«Si la izquierda puede defender que alguien que nació hombre se dice mujer un lunes, puede recibir el martes una ayuda destinada a mujeres emprendedoras, la derecha puede dar becas a los ricos»

¿Qué ofrece el mercado que esté a la altura en modernidad e innovación de ese concepto complejísimo (por decir) que es la «identidad interseccional»? Esto: experiencias. Lo que se vende ahora es una experiencia, no una cosa.

Así, la derecha propone a sus votantes naturales, y a los ricos en concreto, una experiencia. ¿Cuándo ha recibido una beca un rico? Nunca. ¿No es absolutamente maravilloso como experiencia? Sin duda.

Imaginen, de verdad, el placer inmenso de llevar toda la vida pagando criadas y gimnasios y que de pronto el Estado te dé dinero para llevar a tu hijo al colegio. Hay cocaína que sube menos que eso. La derecha posmoderna, de haberla o de engranar, irá por ahí: la pura experiencia, netamente contradictoria, de la subvención y el cariño. Dense cuenta de que lo único posmoderno que había hecho la derecha española hasta hoy (y tenía mérito) era decir que los toros son ecológicos. O sea, matar toros es ecológico, y un gran motivo para proteger la tauromaquia es, precisamente, que exterminas toros que si no fueran exterminados no existirían.

Si la izquierda puede defender que alguien que nació hombre y sigue siéndolo, pero se dice mujer un lunes, puede recibir el martes una ayuda destinada a mujeres emprendedoras, la derecha puede dar becas a los ricos. Y eso es exactamente lo que acaba de hacer.

Las personas sensatas argumentaríamos que los ricos no necesitan dinero para la educación de sus hijos, y que la Administración haría mejor en destinar esos recursos a los más desfavorecidos. Las personas sensatas estamos anticuadas. Porque, simplemente, alguien puede preguntarnos: ¿qué es necesitar? ¿Acaso las familias ricas no necesitan… cariño? ¿No necesitan saber que su aportación tributaria es agradecida y, en algún caso, incluso premiada? Y ante ese razonamiento (noten por favor que aquí se dinamita la concepción clásica de «necesidad»), ya no hay nada que decir. Todo fluye, es y no es, los ricos son pobres a su manera: nadie los quiere. Querámoslos.

Igual que Titania McGrath con lo woke, piensen en casa cosas en principio absurdas de tan paradójicas que podría hacer la derecha posmoderna, y con bastante probabilidad sucederán. ¿Y si un señor que tiene cinco casas pudiera incluir en su DNI que vive en esas cinco direcciones simultáneamente? ¿Y si se pudiera ir a misa en horas de trabajo? ¿Y si le damos el libro de familia a gente que quiere -sólo quiere; con toda su alma, eso sí- tener hijos antes de que tenga ninguno? ¿Y si rebajamos el precio del transporte por familia numerosa a gente soltera y sin hijos, pero que quiere, siente, desea tener muchos hijos? ¿Y si poner la bandera de España en el balcón durante un año se considera «servicios a la comunidad»?

¿Por qué los pobres pueden tener algo que los ricos no pueden? ¿No era que ser rico te permitía tenerlo todo? Si un pobre puede recibir una beca para sus hijos, un rico también. Es una nueva lógica que ustedes deben ir aprendiendo.

La cuadratura del círculo llegará cuando los líderes de izquierdas en cuyos hogares entran más de 100.000 euros al año (todos en Madrid) pidan estas becas para que sus hijos estudien en colegios privados.

Hoy no, pero mañana o, a más tardar, pasado mañana, usted creerá que esto tiene todo el sentido del mundo. Simplemente será fascista creer que los ricos de izquierdas no pueden pedir las becas que sí pueden pedir los ricos de derechas.

Sea razonable.

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