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Opinión

Mi niño no suspende porque toma anfetas

«Como media España está enganchada a las pastillas, se ha perdido el miedo que supone darle un blíster al menor»

Mi niño no suspende porque toma anfetas

Una niña realiza tareas escolares. | Pixabay

En la deriva actual de «no le diga nada que se frustra», algunos padres entran de lleno al trapo de la indiferencia y el autoengaño en un tropezón que acabará reventando la mochila de traumitas, —a pesar que ahora lleven ruedas—, de sus cachorros. Siempre tuvimos algún pariente que nos acariciaba con las palabras adecuadas esa temida pregunta de, ¿qué tal las notas?. Yo recuerdo al que se contestaba así mismo según dibujara la pena o la nada en mi cara. Antaño se buscaba en los demás el apoyo que en casa resultaba insuficiente, repitiéndose en cada boletín que me condenaba el día antes de las vacaciones ante la pregunta de un tercero. Entonces, una mirada súbita acompasaba el inicio de una segunda o tercera bronca por las dichosas notas.

Ahora todos aprueban, y los que no lo hacen tienen en sus progenitores, de la índole que sean, a los cómplices adecuados que esconden sus delitos. Pero ya se sabe que están exentos de las penas impuestas por los encubridores los que lo sean de su cónyuge o de persona o que se hallen ligados…, etcétera, de nuestro Código Penal. Como le ocurrió a Julio Rodriguez, hermano del asesino de Martin Vendorfen, el crimen que inspiró a Rodrigo Sorogoyen para crear su magistral As Bestas. Cómo no voy a mentir si es mi hermano, hija o pareja de deshecho. Los padres encubren a sus hijos para evitar que además de suspender lo pasen mal, sin entender que lo de pasarlo mal o bien está del todo sobrevalorado. 

Mis hijos, sin embargo, lamentan que no nos dejemos nada. Y como nos bombardean de notificaciones con plataformas, grupos de clase, y unos acechos que ni en el Serengeti a las puertas del colegio, es prácticamente imposible que no te enteres de cuántas veces ha hecho pis el niño, incluso si era un líquido translúcido o temerosamente aceitunado. Es casi revolucionario librarse de tamaña cantidad de información, y algunos guajes se las gastan programando entornos pirata para cambiarse las notas como antaño firmaban los partes calcando la rúbrica paterna. Los míos no están dentro de esos avezados del código abierto que dibujan el futuro, y suspiran pensando que ojalá hubiesen sido. Pero existe una creciente obsesión en mostrar el escaparte que somos ahora, incluso participando de una memez tan grande de aparentar que todo va fenomenal. Parece como una foto en Instagram o algo peor, ese escrol que hacemos tratando de llegar a la siguiente imagen que nos siga mostrando tan guapos como la tecnología nos dice que somos. 

«Cuidado con las etiquetas», se escucha, «luego no hay quién las borre». Como si la vida fuese un tuit del que te arrepientes y eliminas, o algo peor, como si creyeran que va a ser más fácil por la cantidad de filtros que mamá y papá le han puesto para que no sufran sus imberbes. Y así nos la pasamos entre logopedas, mínimos del grupo, máximos del timo, y un claustro de profesores que trasladan a casa lo que debería resolverse en clase. Si ya me costó en su día todo aquello de las divisiones, ¿cómo pretenden que ahora aprenda la nueva forma de dividir con llevada? Deberíamos saber que todo esto que hacemos no sólo no ayuda, sino que mina las opciones de tener un hijo medianamente normal, que no sea un blandiblú que fulmine nuestras facturas emitidas en el psiquiatra. Recuerdo incluso algún profesor que recomendó que uno de los chicos de siete años del colegio se medicara para mantener la atención. Como media España está enganchada a las pastillas, se ha perdido el miedo que supone darle un blíster al menor, así conoce bien lo que será su compañero fiel en esta deriva de anfetaminas y TDAH. 

«No somos profesores, ni amigos, ni ‘compas’ del patio de nuestros hijos, tan sólo y tanto, quiénes debemos poner lo mejor de nosotros para que vayan formándose en esto de la puta vida»

Hasta el lenguaje inclusivo está acabando con ellos. El otro día, por ejemplo, mi hija me contaba las piruetas que una compañera suya ejecutaba en patinaje. Le impresionaba horrores la precisión con la que volvía a su lugar después de dar una vuelta completa en el aire. Se me ocurrió decirle que era una patinadora muy buena y que siempre existieron algunos niños más habilidosos que otros, que sumado a un duro entrenamiento habían convertido a esa niña en una patinadora especial. «¡Ala papá, qué dices!», me contestó indignada. Resulta que ahora ser especial es negativo porque se han cargado todos los demás adjetivos que indicaban una desventaja en la forma que nos hizo la natura. Todo ofende y está fuera de lugar y si algo va mal, no te preocupes, pastilla y sus padres dirán que se está esforzando y que el cero en mates es casi un principio de algo. 

El mundo del protocolo, se dice ahora, como si todos fuésemos ingenieros, cirujanos o programadores. Chema Alonso ha publicado en Zenda un artículo fantástico sobre el bocadillo que le preparaba su madre a diario, incluso llevándoselo a clase un día que se despistó —por mucho que parezca imposible imaginarse a Chema Alonso despistado—. Creo que en ese texto está todo lo que hemos cambiado. No somos profesores, ni amigos, ni compas del patio de nuestros hijos, tan sólo y tanto, quiénes debemos poner lo mejor de nosotros para que vayan formándose en esto de la puta vida, pero sin alejarles de la realidad ni pintándola como la sala acolchada de cualquier manicomio. La madre de Chema le hacía ese bocadillo y creo que es suficiente para saber que, día a día, ese bocadillo de queso estaría preparado lloviese, tronase, o si el mismísimo Godzilla destruyera el barrio entero. 

«¿Qué tal las notas de tu hija?», pregunta una madre. «Pues bien en lo que se ha esforzado y francamente mal en todo lo demás» y aunque cambie la expresión de su cara, a pesar de que le miren como si usted fuera un «contenido delicado» de red social por llamar a las cosas por su nombre, siga por ese camino. Muchas veces, si no la mayoría, lo único que necesitan sus hijos es saber que no les faltará el bocadillo de queso. 

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