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Opinión

Laporta se hace un Rubiales

«Imponer un código de buena conducta a Vini es como pedir a Laporta que se deje de palancas»

Laporta se hace un Rubiales

El presidente del FC Barcelona, Joan Laporta. | ContactoPhoto

El 20 de agosto de 2023, en Sídney, Luis Manuel Rubiales se buscó la ruina al llevarse las manos a la entrepierna en el palco del Estadio de Australia, a un paso de la infanta Sofía y de la reina Letizia. De la vergonzosa grosería se valió la FIFA para inhabilitarle. El colofón fue el «pico» a Jennifer Hermoso, acción que aprovecharon Yolanda Díaz, Ione Belarra e Irene Montero para hundirle definitivamente en la miseria. Tampoco a ellas les sonrió la fortuna después de aquello, Belarra y Montero dejaron de ser ministras y Díaz sobrevive entre las aguas turbulentas del PSOE, las fracciones de Sumar y el agostamiento de Podemos. El 8 de enero de 2025, en el estadio King Abdullah Sports City de Yeda (Arabia Saudí), Joan Laporta protagonizó un ataque de euforia en la línea de Rubiales. A uno le superó la conquista de «su» primer Mundial (femenino) y al otro, «la toma del CSD», que le abrió puertas y ventanas para reinscribir a Dani Olmo y a Pau Víctor, privados de licencia a las doce de la noche del 31 de diciembre de 2024 porque el Barça no terminó de hacer los deberes. 

La alegría incontrolada de Laporta, la imagen más vehemente de la liberación, se transformó en furia desatada. Entró al estadio saudí abrazándose a sus directivos y dedicando un circense corte de mangas, supuestamente a quienes, guiados por el reglamento y por cumplir con su obligación (RFEF y LALIGA), dejaron a Olmo y a Víctor en el paro y a él colgado de la brocha. «¡Puñetas, ya lo tenemos!», gritó desaforado mientras se encaminaba al palco; una vez dentro, según testigos, insultó a los presidentes de las Federaciones Territoriales y la emprendió a patadas con una silla. En un acto de buena voluntad, su reacción inicial podría entenderse; su mala educación, su falta de seny y de respeto, serían objeto de sanción –una inhabilitación temporal, quizá– si la Federación Española se atreve a castigarlo.

Acaso Vinícius perdió el Balón de Oro que merecidamente ganó Rodri por su forma de ser. Hierve. Una cosa es tener la mecha corta y otra diferente entrar en combustión al primer choque con un contrario. Al chico se le cruzan los cables con motivos y sin ellos, no puede evitarlo. En algunos campos le gritan eso de «balón de playa» o le insultan –se ha pasado del mono al tonto– o le machacan. Y él siempre responde, los manda a Segunda o más lejos en cualquiera de los casos. De cada equipo rival surge un Maffeo más o menos discreto, más o menos adiestrado, que le provoca para que salte. Y salta. Ahora bien, ¿es comparable la presión que sufre este futbolista en el campo con las tensiones presidenciales? Exigir en cada partido la expulsión de Vinicius y obviar el desahogo de Laporta es inconcebible. Vini «El terrible» debería mejorar sus modales y Joan «Desatado» negociar durante el tiempo reglamentario. Si el árbitro pita el final del partido un 31 de diciembre y marca el gol de la victoria el 8 de enero, el tanto no tendría que subir al marcador. Pues se lo han validado.  

Por encima de Vinícius, excelente jugador y regular deportista, un motín sobrevuela el fútbol español con protagonistas tan significados como la mayoría de los clubes de LALIGA –el Madrid no opina–, y con Laporta en el ojo del huracán por sus modades y por la categoría de sus ángeles de la guarda. En el siguiente escalón, Elena Fort (Laporta) y Pilar Alegría (Pedro Sánchez), dos mujeres y un destino ¿redentor?, elevan las consignas de los jefes a la categoría de milagros. Interpretan el papel con tanta convicción que podrían convertir el agua en vino. Habla Fort sobre el patinazo azulgrana en las inscripciones de Dani Olmo y Pau Víctor: «El retraso no ha sido por una mala gestión; todo lo contrario, ha sido una grandísima operación del Barça». Y tanto, ha constatado que su influencia en el Consejo Superior de Deportes es comparable a la de Carles Puigdemont en el Gobierno. Ítem más, que la presión del Barcelona y la de Junts sobre los órganos de decisión del Estado es eficaz y maquiavélica. «Esta directiva ha salvado al club de su desaparición», proclama Elena, indiferente a las desventuras que les rodean, al goteo de compañeros que abandonan el barco, quemados o defraudados; ajena a las palabras del capitán Raphinha: «Si yo estuviera en otro club y viera esto, quizás me pensaría si es lo mejor venir aquí». Otra reflexión sobre el particular, la de Ancelotti: «Pienso, obviamente pienso. Pero no quiero hablar de este tema». Ni Lucas Vázquez. Consigna: silencio blanco.

«El extraordinario equipo jurídico del CSD» («que no hace valoraciones») tomó una decisión trascendental sin hablar con Rafael Louzán ni con Javier Tebas, tampoco con Pilar Alegría, portavoz del Gobierno y ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, a quien pilló la «amnistía» en fuera de juego. El miércoles 8, por la mañana, horas antes de que se hiciera público lo que extraoficialmente había trascendido, aseguró que el CSD pediría alegaciones «tanto a LALIGA como a la RFEF para poder dar una respuesta». Y añadió: «Tenemos un plazo, estamos hablando de una petición de 52 folios que además llevaba adjunta más de 60 documentos, con lo cual no es un trabajo nada tedioso». A media tarde el Consejo Superior de Deportes abrió las aguas del Nilo al Barcelona para que Dani Olmo y Pau Víctor lo cruzaran satisfechos. No hubo consultas ni con la Federación ni con LALIGA. Qué pensaría la ministra portavoz, amante de la poesía, acostumbrada a compartir los mantras de la fontanería monclovita «con un punzón en el pecho, con un punzón en los labios, con una rosa en las manos» (Pere Gimferrer). ¿Utilizará también el punzón para exigir transparencia y lealtad a sus empleados?

Si hubo o no conversaciones entre Moncloa y Waterloo, es detalle sustancial que se supone, pero que no se puede demostrar. No deja de ser una hipótesis, como que la milmillonaria deuda del Barça sea absorbida por la «financiación singular de Cataluña», o que aprovechando los actos del 50 aniversario de la muerte de Franco, por tromboflebitis y en la cama, el presidente del Gobierno les haya hecho un guiño para ganarse por lo menos una de las tres condecoraciones que recibió el dictador por rescatarlo. Es de suponer que lo de entrar en el «concierto económico» no procede porque ya le lanzaron un cable, aunque la providencia sea provisional: «El CSD considera que la no adopción de esta medida cautelar causaría un perjuicio económico y deportivo grave para el club y, sobre todo, para los futbolistas –envido–. Esto podría dañar también los intereses de la selección española –órdago–, así como del resto de las competiciones nacionales, incluida la Liga». Con argumentos semejantes del «extraordinario equipo jurídico» del Consejo, al «fair play financiero» de Tebas podrían quedarle dos telediarios en la casa de tócame Roque. Así las cosas, imponer un código de buena conducta a Vini es como pedir a Laporta que se deje de palancas. ¿Y la igualdad que reclaman clubes como el Atlético, Las Palmas, Athletic o Espanyol? Una milonga a ras de suelo. 

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