Musulmanes en Europa: ¿convivencia o claudicación?
¿Funcionan el multiculturalismo, la inclusión y la diversidad, o vienen a imponerse más que a adaptarse?

Ilustración de Alejandra Svriz.
En diciembre de 2024 un refugiado saudí de 50 años, Taleb Jawad Al-Abdulmohsen, arrolló al público de un mercado navideño en Magdeburgo (Alemania), matando a dos personas e hiriendo a otras 70. A pesar de su modus operandi se nos pretendió hacer creer que era un crítico con el islam. En enero de este año, un afgano de 28 años con un cuchillo mató a un niño y a un adulto en un parque del centro de Aschaffenburg (Baviera).
En febrero, un solicitante de asilo afgano de 24 años arremetió con su coche contra una manifestación en Múnich dejando, al menos, 28 heridos, incluidos varios niños. Ese mismo mes de febrero, otro solicitante de asilo sirio de 23 años apuñaló hasta la muerte a un niño de 14 años e hirió a otras cinco personas en Villach (Austria). También en febrero, Wassim al M., refugiado sirio de 19 años, apuñaló a un ciudadano español de 30 años en Berlín mientras que la policía alemana detenía a un checheno que pretendía atacar la Embajada israelí en la capital del país. También el mes pasado en Mulhouse (Francia) un argelino de 37 años armado con un cuchillo mató a un ciudadano portugués de 69 años e hirió a dos policías al grito de Allah Akhbar. Estaba en una lista de vigilancia para la prevención del terrorismo (FSFRT).
Los ataques yihadistas cometidos por lobos solitarios en Occidente aumentaron en 2024 un 38% y afectaron a más países que años anteriores. En España, un 70% de los yihadistas detenidos o muertos entre 2013 y 2017 era de origen marroquí. Esos terroristas fueron principalmente marroquíes o ya españoles de segunda generación, un tercio de los cuales tenían la nacionalidad marroquí. Un 40% de los detenidos por terrorismo islamista en 2024 en nuestro país tenía menos de 25 años.
En España, un tercio de todos los presos foráneos en nuestras cárceles son marroquíes: la principal nacionalidad extranjera en prisión a pesar de que sólo suponen un 2% del total de la población en nuestro país. Esto, sin contabilizar a los nacionalizados o ya nacidos en España con aquel origen.
En Cataluña, casi la mitad de los jóvenes encarcelados en esa comunidad autónoma en septiembre de 2024 eran marroquíes, y el 75% de los reclusos entre 18 y 22 años eran inmigrantes. Según fuentes de la Guardia Urbana de Barcelona, un 80% de los detenidos en la ciudad condal son extranjeros y, de ellos, la mayoría son magrebíes.
«Los disturbios de Salt revelan el estado de caos, impotencia y delincuencia al que últimamente estamos sometidos en nuestro país»
Hechos recientes como los deplorables disturbios ocurridos en Salt (Gerona) por ciudadanos magrebíes, revelan el estado de caos, impotencia, desorden, delincuencia y deterioro al que últimamente estamos sometidos en nuestro país, y lo que será nuestro futuro inmediato. Un imán marroquí dejó de pagar su hipoteca hace cinco años, y cuando las autoridades procedieron a su desahucio, hordas de compatriotas suyos se enfrentaron a la policía, destruyeron mobiliario urbano, y asaltaron la comisaría de policía. Ni salvajes disturbios como éste, ni el asalto a una comisaría de policía por parte de ciudadanos norteafricanos, es extraño en Cataluña. Tampoco en Francia, Bélgica o Países Bajos, donde esos actos vandálicos son el pan nuestro de cada día por cualquier motivo u ocasión en barriadas voluntariamente automarginadas que odian al país en el que viven, mayoritariamente pobladas por musulmanes norteafricanos. En España, muchas veces hemos visto escapar a la policía de bárbaros agresivos y hostiles que les perseguían y se les enfrentaban, particularmente en Cataluña y Levante.
Casi 27.000 delincuentes marroquíes han sido indultados por su rey en los últimos cinco años debido al hacinamiento en sus cárceles, algunos incluso estaban condenados por yihadismo. Ya nadie ignora en España que una grandísima mayoría de ellos vienen a nuestro país, donde todo les resulta más fácil: una nueva vida, las garantías procesales por su nueva delincuencia, y un alojamiento carcelario a todo lujo en el caso muy probable de que vuelvan a delinquir en España.
No queda ahí la cosa. Las comunidades musulmanas en Occidente nunca parecen estar satisfechas en los países libres occidentales a donde masiva y voluntariamente huyen cuando escapan de los suyos. En nombre de una libertad religiosa que ellos no practican, reclaman comida halal en cárceles, colegios y comedores públicos; más profesores de islam en las aulas; más cementerios islámicos; más mezquitas e imanes, no pocos de ellos salafistas radicalizados. Conquistan una mayor presencia pública a través de asociaciones, organizaciones, ONG y otros grupos creados y financiados desde el exterior para su promoción, difusión y reclamación de derechos supuestamente vulnerados. Cada vez hay mayor número de periodistas o activistas oportunamente bien colocados en medios de comunicación denunciando la discriminación, un inexistente racismo y los falsos discursos de odio; pero a favor del multiculturalismo y de una falsa integración.
«Las mujeres, los homosexuales o los judíos son considerados de forma muy diferente a la que contemplan nuestras leyes»
Sectores fundamentalistas han conseguido promocionar el velo entre sus fieles como un sello de identidad voluntario cuando -en realidad- es una fortísima presión inconsciente desde niñas, y un elemento más del constante desafío al que someten a los Estados occidentales en donde viven e intentan imponerse. La educación es un escenario principalísimo para la islamización: los malos resultados y el abandono escolar entre los estudiantes musulmanes son proverbiales; muchas veces llegan a la escuela sin hablar el idioma local porque lo ignoran en sus casas y en sus barrios; asignaturas como la Historia y el nivel educativo se adaptan para no ofenderles; los padres más conservadores prohíben a sus hijos la asistencia a clases de música, arte, ballet o ajedrez porque son manifestaciones del demonio…
Muchos otros no tienen un verdadero interés en el éxito educativo de sus hijos por sus orígenes modestos o por la desafección hacia el país en el que viven y donde los engendraron, abocándoles a un fracaso vital desde niños. Pero sí son muy activos exigiendo más ayudas y servicios públicos o la liberación de Palestina a casi 5.000 kms. de aquí. Minorías como las mujeres, los homosexuales o los judíos son considerados de forma muy diferente a la que contemplan nuestras leyes. Continúan los matrimonios forzosos de menores, la mutilación genital y los asesinatos por honor. Su deliberada segregación en guetos y costumbres los separa del resto de nuestra sociedad. Manifestaciones de ocio, deporte, política, implementación de la sharía… resultan antagónicos con nuestra pacífica convivencia y consenso en las últimas décadas y siglos. Todo debe ser aceptado rotundamente, algunas veces en contra de nuestra legislación, si uno no quiere arriesgarse a acusaciones de racismo, cancelación, o incluso violencia física.
España aún está a tiempo de hacer una búsqueda proactiva de extranjeros afines, colaborativos y pacíficos que deseen venir a participar de nuestra sociedad en vez de a socavarla.