The Objective
Opinión

La cárcel para Sánchez, ¿más cerca?

«Mucho gentío se confiesa ya entregado a la mala suerte de un país a cuyo presidente le importa un higo lo que suceda»

La cárcel para Sánchez, ¿más cerca?

Ilustración de Alejandra Svriz.

Quizá el adjetivo que mejor cuadre a la situación de esta España de ayer mismo es el de «asténico», en su doble acepción: adelgazado patológicamente y postrado anímicamente, sin otra capacidad de reacción ante los acontecimientos de este jueves que la de sentirnos todos amargados, postrados. Demasiado adjetivo —lo sé— para fundamentar la crónica de una Nación que, en sólo 12 horas, vivió pendiente de la cárcel de dos presuntos —hay que llamarles así— delincuentes, del zurriagazo parlamentario que sufrió Sánchez con la primera entrega de los Presupuestos Generales, de las continuas revelaciones sobre las fechorías que han venido realizando en los últimos años los sicarios del jefe del Gobierno, y, desde luego, de los desvergonzados partidos nacionalistas y terroristas que en un momento como el relatado siguen apoyando a un personaje —hay que decirlo así— que en otro país democrático estaría directamente preso.

Pero, ¡qué lástima!, en los vomitorios taberneros de España se hablaba ayer más de la entrevista, a veces ininteligible, del Rey Padre en París, o de la detención de la antigua abadesa de Belorado acusada de vender furtivamente cuadros de su antiguo convento, que de lo narrado líneas arriba. Sucede que mucho gentío se confiesa ya entregado a la mala suerte de un país a cuyo presidente le importa un higo lo que suceda a su alrededor, parienta, creo, incluida.

Pero una buena noticia para estos asténicos, o un adelanto, como quieran: tras la jornada en la que la segunda mano derecha de Sánchez, el trompetero Ábalos de otros tiempos, ingresaba en Soto del Real acompañado de Koldo, un chulo de discoteca aldeana, ya puede avanzarse con toda propiedad que, efectivamente la vida política de Pedro Sánchez Pérez-Castejón no es imposible que termine con sus huesos en el trullo. Ha hecho más méritos que Ábalos y el fantasma juntos. En casi todas las prolijas conversaciones que este cronista sostuvo en la jornada, la idea predominante era algo más que una profecía, era una necesidad: la de que este sujeto, que ha destrozado ya la tópica piel de toro, termine pernoctando en la cárcel más cercana. No importa que, como otros reos, la celda la elija él, lo trascendente es que le encierren en la misma. Eso ya no lo desdeña nadie.

Pero, a pesar de esta posibilidad muy cierta, nada ocurrirá si las personas dignas de este país no abandonan su confort dominguero y en un par de días se echan la calle. Aquí no importa tópicamente por qué se convoca una concentración, sino cuántos individuos aprecia la oposición que se han incorporado a ella. Ahora mismo sabemos que se precisa con urgencia una inmensa protesta colectiva, y sabemos también los ciudadanos de Madrid que el burriciego delegado del Gobierno asegurará porque él lo ha visto, ¡fíjense!, que apenas unas docenas de fanatizados acudieron al Templo de Debod. También sabemos que una cierta derecha pondrá pegas a la iniciativa porque esa facción ultra ya sólo está en el desmontaje del sistema, por tanto que el PP no se ponga fino pidiendo su presencia; no, déjenlos que sigan en la añoranza dictatorial.

La situación debe caminar desde el enojo del jueves al clamor del domingo. Hay que sacar a España de esta indecente convivencia con un ser atrabiliario que la está dejando en las raspas. Lo más importante de lo dicho hasta aquí —perdonen— es que el culpable de este «españolicidio» conscientemente preparado, ha comprado unas recientes papeletas para que, por ejemplo, quizá la siguiente Navidad, sea mozo de compañía de sus asociados ya en prisión. Ese momento, visto lo visto, está más cerca que lejos. Que nadie nos diga que es imposible. Los tiempos se están acelerando.

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