The Objective
¿Y esto quién lo paga?

El dinero de Venezuela y su precio

«Hay que seguir el rastro del dinero, especialmente en aquellas operaciones que, por lo demás, no tienen sentido»

El dinero de Venezuela y su precio

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. | Meng Yifei (Europa Press)

Érase una vez un país que no necesitaba los impuestos para atender el gasto público. Esto no es el inicio de un cuento, sino de una pesadilla. Venezuela, como los emiratos petroleros, financiaba sus presupuestos vendiendo barriles de crudo. Dada una producción de petróleo, existía un precio en el mercado mundial que permitía pagar todo el gasto y no tener déficit. En los tiempos de la Venezuela «saudí», el bolívar venezolano, junto con el franco suizo, eran las monedas más fuertes del mundo. En alguna película de James Bond de esa época, la organización criminal Spectre cambiaba a bolívares venezolanos (y a francos suizos) la totalidad de sus ganancias para protegerlas de la inflación…

Señalaba John Maynard Keynes, que la inflación también es un impuesto, aunque el precio del impuesto inflacionario es, casi siempre, el más elevado. De hecho, el origen de las hiperinflaciones siempre es fiscal: financiar el gasto público emitiendo moneda en lugar de recaudando impuestos (o vendiendo barriles de petróleo). En este siglo XXI no hay un ejemplo que se pueda comparar a lo que ha hecho el chavismo-madurismo en Venezuela.

El problema es que, como señalaba Lenin (citado precisamente por Keynes en «las consecuencias económicas de la paz»), «no existe forma más efectiva de socavar las bases del capitalismo que la corrupción de la moneda». Si los impuestos son el precio que pagamos por la civilización, como señala Wendell Holmes, la hiperinflación puede acabar no sólo con la prosperidad, sino, como en la Alemania de la República de Weimar, también con la democracia.

En estos diez últimos años, la inflación anual de Venezuela ha oscilado entre un mínimo del 200% y el pico del 130.060% anual que se alcanzó en 2018, estimación por cierto del Banco Central de Venezuela. Sólo la inflación de ese año es quitarles cinco ceros a los billetes. Esto es una moneda que simplemente no sirve para nada. En estas condiciones, o se vuelve al trueque, o se opera en moneda extranjera, que suelen ser los dólares. Hace una década, podría caber alguna duda de si el chavismo tenía alguna legitimidad social y democrática. Ahora, nos encontramos simplemente con una dictadura que robó las elecciones de 2024, y que ha llevado además al país al colapso económico.

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), alrededor de ocho millones de venezolanos han abandonado el país desde 2014, lo que supone más de un 20% de la población. Por supuesto, hay quién ha huido por razones políticas, pero un desplazamiento de población de este calibre, además en tiempo de paz, sólo se produce si además tenemos un fracaso económico de una magnitud histórica. Los venezolanos exiliados no se fueron de turismo. Y esto lo acaba desestabilizando toda la región.

En 2024, Maduro perdió las elecciones frente a Edmundo González. González es un exembajador chavista, que fue el único candidato de la oposición al que dejaron presentarse. Perder de esa forma, por una diferencia abrumadora, frente a una oposición a la que se había privado de su líder, María Corina Machado, flamante premio Nobel de la Paz 2025, con un control apabullante del aparato electoral y de los medios de comunicación, sólo indica una cosa: los venezolanos que no se han exiliado quieren pasar página como sea de Maduro y el resto de su banda.

¿Cómo sobrevive un régimen que no tiene apenas apoyo popular, y que ha destrozado la economía de su país? Pues, simplemente por la fuerza. Pero a los militares, y al resto de grupos armados hay que pagarles. ¿De dónde sale el dinero? Por una parte, Venezuela, el país con las reservas probadas de petróleo más elevadas del mundo, sigue produciendo y vendiendo petróleo, aunque mucho menos, debido a las sanciones europeas y, especialmente, norteamericanas.

De todas formas, la efectividad de las sanciones podría ser menor de lo previsto porque, como explican y detallan brillantemente Jesús Fernández-Villaverde y varios coautores en un reciente estudio la flota oscura (dark fleet), es decir los petroleros que han apagado sus sistemas de detección para evadir las sanciones, podría tener un tamaño muy superior al que cualquiera imaginaba. Eso sí, el petróleo ultrapesado de la faja del Orinoco se puede refinar en muy pocas refinerías en el mundo (entre ellas algunas españolas). Por supuesto, si el petróleo se vende fuera de control, los ingresos, que se pagan en dólares, no en bolívares, también lo están.

Una parte de esta menguante producción petrolera se destina a pagar «asesores de seguridad» a Cuba, es decir, la guardia pretoriana de Maduro (como antes lo fue de Chávez). Pero, con bastante probabilidad, estos ingresos no son suficientes para mantener todo el aparato militar y represivo. Probablemente, este y no otro, sea el origen del «cártel de los soles», la colaboración organizada del régimen venezolano, especialmente sus altos mandos militares, con los cárteles de la droga. De hecho, el nombre de cártel de los soles proviene de los «soles» que lucen en sus insignias los generales venezolanos.

Con este panorama, cabría preguntarse si la situación podría perpetuarse. La respuesta, con bastante probabilidad, sólo la tenga Donald Trump (y alguno de sus asesores más cercanos). Evidentemente, la flota norteamericana frente a Venezuela está en el Caribe para algo más que perseguir (y hundir) narcolanchas. Para eso no hace falta el portaaviones más grande y moderno del mundo (el Gerald Ford) y mucho menos 4.000 marines embarcados. 

La gran pregunta es: ¿Esta operación podría estrangular la economía venezolana? En mi opinión, sólo si se hace algo más de lo que se ha hecho hasta ahora. El problema es que lo que puede afectar de forma sustancial a la economía del régimen bolivariano tiene consecuencias más dramáticas. Si se destruye la infraestructura petrolífera venezonala, las consecuencias podrían ser dramáticas, no sólo para la población, sino también para los países vecinos (por la ola migratoria), y también para el mercado del petróleo. Si Occidente tolera una flota oscura que viole las sanciones es precisamente por eso. Además, los daños, muy probablemente serían permanentes. 

La otra alternativa es una invasión. Aquí el problema, obviamente, es el número de bajas. El problema no es que el ejército venezolano tenga la más mínima posibilidad de resistir una invasión, el problema es que el chavismo repartió «armas al pueblo». Por esa razón, hay miles de muertos por armas de fuego cada año, y una gravísima inseguridad. A corto plazo, lo más probable es algún tipo de golpe de Estado dentro del régimen, vestido probablemente como «gobierno de transición». Probablemente, no es la mejor alternativa, pero sin la fuerza militar norteamericana, nada se habría movido, y ni siquiera habría expectativas de cambio.

Para concluir, la dictadura maduro-chavista no sólo ha exportado petróleo, emigración, y con bastante probabilidad, cocaína y otros narcóticos, sino también corrupción. La razón es que el dinero proveniente de todas estas fuentes, legales (robado al pueblo venezolano) e ilegales necesita «blanquearse» (disfrazase como si proviniese de una fuente legal) para que los ladrones y sus cómplices, puedan disfrutarlo. ¿Qué puede ofrecer el régimen de Maduro a los políticos y expolíticos extranjeros que les apoyen? Paradójicamente, lo mismo: dinero fuera opaco, procedente de un Estado que no controla lo que paga. Por eso, la receta sigue siendo la misma en todos los casos: hay que seguir el rastro del dinero, especialmente en aquellas operaciones que, por lo demás, no tienen sentido. 

Con independencia de las consideraciones morales, de que algunos personajes hayan presuntamente cobrado dinero proveniente de sangre y sufrimiento venezolano, además, su actuación puede no haber sido legal. Y la corrupción también la hemos pagado los españoles. Esta persecución sería más sencilla si cae el régimen de Maduro, y quizás por eso, una dictadura fallida de este calibre sigue teniendo apoyo. Aunque la dictadura venezolana debería ser un espejo oscuro de todo lo que deberíamos evitar en Europa, y especialmente en España.

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