Adriana Lastra, la venganza tiene nombre de mujer
«El partido que la decapitó ahora la necesitaría para no desmoronarse del todo»

Adriana Lastra. | Xuan Cueto
Ha regresado una figura del pasado con la frialdad de un invierno asturiano. Adriana Lastra, la que fuera vicesecretaria general y portavoz parlamentaria, la mujer que dio la cara por Pedro Sánchez en los tiempos heroicos de su resurrección política, ha vuelto al centro del escenario. Lo hace liderando en la sombra el Me too socialista contra Paco Salazar y el resto de hombres del partido acusados de violencia sexual a mujeres de la organización. Y lo hace con una exigencia clara, que el partido lleve inmediatamente las denuncias a la Fiscalía.
La venganza, como bien sabe todo el mundo, es un plato que se sirve frío. Y Lastra, exiliada voluntariamente, o no tanto, en su querida Asturias como delegada del Gobierno, ha esperado el momento perfecto. Hace tres años, en julio de 2022, dimitió de sus cargos orgánicos alegando un embarazo de riesgo. Oficialmente, reposo y tranquilidad ante la llegada de ese momento. Extraoficialmente, todo el partido sabía que detrás estaba una «operación de acoso y derribo» orquestada por Santos Cerdán, el entonces secretario de Organización y mano derecha de Sánchez. «Me hizo la vida imposible», confesó ella misma meses después, cuando la UCO destapó la trama de corrupción que llevó a Cerdán a prisión. Embarazada y presionada hasta el límite, así fue como le cortaron la cabeza en Ferraz.
Porque Lastra fue sanchista de pura cepa. Una de las primeras en apostar por el regreso de Sánchez tras su dimisión en 2016. Registró su candidatura junto a José Luis Ábalos, defendió a capa y espada la moción de censura contra Rajoy, negoció con independentistas y podemitas para llevar al jefe a la Moncloa. Se benefició de ello, por supuesto. Fue vicesecretaria general, portavoz en el Congreso, poder plenipotenciario en los primeros años. Cuando Cerdán, Ábalos y Salazar, el trío tóxico del sanchismo inicial, consolidaron su influencia, Lastra se convirtió en una amenaza. Demasiado independiente, demasiado poderosa, demasiado «mujer» en un núcleo donde los hombres manejaban los hilos. Audios grabados por Koldo García lo confirman: «Adriana es su mayor enemiga, se lo quiere cargar sí o sí».
Exiliada en Asturias, esa tierra maravillosa que ella misma evoca como refugio, Lastra se reconstruyó. Ascendió a número dos de la Federación Socialista Asturiana, asumió la Delegación del Gobierno con el respaldo de Adrián Barbón. Practica un silencio absoluto respecto a la política nacional de su partido. Hasta que estalla el escándalo Salazar. Denuncias internas por acoso sexual presentadas en julio, paralizadas cinco meses en el órgano antiacoso del partido. Nadie contactó con las víctimas hasta que la prensa lo destapó. Y ahí, en el Comité Federal de remodelación tras la caída de Cerdán, Lastra fue la primera en alzar la voz y decir no a Salazar como adjunto en la Secretaría de Organización. Lo frenó in extremis. Ahora, lidera la presión para llevar los casos a la Fiscalía, apoyada por sectores feministas que ven en la inacción de Ferraz una negligencia intolerable.
En este contexto de crisis terminal donde la corrupción, los acosos sexuales, y el desgaste de gobernar, es donde Adriana Lastra emerge como un posible último agarradero para un PSOE que teme su demolición. No como salvadora mesiánica, sino como recordatorio incómodo de lo que el sanchismo devoró en su camino al poder absoluto. Ella dio la cara por Sánchez cuando nadie creía en él. Se benefició, pero pagó un alto precio: denigrada, aislada, y finalmente forzada al destierro. Ahora, con el partido en ruinas, Lastra regresa no para unir, sino para ajustar cuentas. Porque en el socialismo actual, ser mujer es un valor mayor que un currículum brillante, pero solo cuando conviene. Cuando no, te cortan la cabeza y te envían a pastar a las verdes praderas asturianas.
El plato está servido, frío y exquisito. Y mientras el PSOE se desangra en luchas internas, principalmente la de las feministas contra el aparato, Lastra observa desde su posición privilegiada. No busca una redención colectiva, busca justicia personal. O venganza, que en política viene a ser lo mismo. El partido que la decapitó ahora la necesitaría para no desmoronarse del todo. Una mujer que conoce el funcionamiento interno del partido, que ha ostentado altos cargos y que se desmarca del sanchismo de la forma más furibunda que hay. La que va del amor al odio. Pocas energías son más poderosas que esa, y en política es la principal para permanecer en ella. Nada motiva más que apagar el fuego amigo. Es por eso que Adriana Lastra ha elegido el frío de este invierno incipiente para hacerlo.
