El 0% de audiencia de Telecinco no es el fin de una era: ahora viene lo peor
«No estamos ante el fin de una era dominada por los Sálvame o DeLuxe al contrario, asistimos a una vuelta de tuerca del género que pide más»

Telecinco.
Las alarmas llevaban tiempo sonando como claro aviso de la lenta pero incesante crisis de audiencia de Telecinco, una cadena cuyo modelo -basado en la creación de un peculiar universo propio de personajes que retroalimentaban los contenidos de su programación con polémicas tan prefabricadas como eficaces-, una vez agotado, sigue sin encontrar su sitio y anda como pollo sin cabeza mientras nos vende su nueva apuesta como «televisión blanca y familiar». ¡Qué paradoja! Pues esa misma estrategia era la bandera de Antena 3, «la cadena triste», en lo que parecía una travesía en el desierto y se ha descubierto como una magistral maniobra de distracción en su silencioso viaje al liderazgo.
Los dos grandes grupos privados del audiovisual en España han vivido, a su manera, una versión moderna de la fábula de la hormiga y la chicharra, con una presumiendo ahora de contar con El hormiguero a todo tren y la otra, sufriendo en silencio una realidad mucho más dolorosa que las hemorroides: el fracaso absoluto.
Mientras una ha consolidado su imagen con su línea editorial bien definida en sus informativos y unos espacios de entretenimiento presentados con una producción cuidada al detalle, la otra realizó una operación de urgencia que, lejos de abordar la extirpación precisa de un problema enquistado, se convirtió en una amputación sin anestesia que dejó coja su programación. Lo malo es que con el tratamiento, el paciente no solo no ha mejorado, sino que falleció el domingo 28 de diciembre, cuando el programa Miramimúsica logró el fatídico 0% de audiencia. Ni un solo espectador en España estaba oficialmente conectada a la que fuera «la cadena amiga». La recuerdan, ¿no?
Pero cuidado con precipitarse en el análisis, no vayamos a caer en la ingenua idea de creer que los espectadores españoles han salido del estado catatónico que facilitaba el consumo de ese tipo de entretenimiento y, en un estado de exaltación intelectual, buscan refugio en Saber y ganar o Pasapalabra. La propia Telecinco se salva por los pelos del hundimiento total ante su hermana pequeña, Cuatro, gracias a La isla de las tentaciones, un dating que combina las pulsiones humanas con el deseo carnal, los celos con las seducciones de barra de discoteca, todo ello con diálogos surgidos de unas mentes únicas e inescrutables, los concursantes de reality, criaturas que responden a un patrón de comportamiento y adaptación al medio que supera con creces la teoría darwiniana de la evolución de la especie. Las hogueras que modera Sandra Barneda ejercen un efecto hipnótico que seduce incluso, estoy convencido de ello, a los lectores de Michel Foucault: al fin y al cabo, su obra reconoce la sexualidad como mecanismo de control activo y el sexo como campo de batalla en el que participan saber, poder y resistencia. Gracias a su filosofía, podemos analizar y entender que las decisiones en apariencia espontáneas de los tentadores y tentados son atravesadas por fuerzas sociales, al tiempo que desafían los límites marcados para construir nuevos relatos para vivir el deseo. Sí, lean a Foucault y vean La isla de las tentaciones. Van a flipar.
Pero volvamos al asunto mollar, el de pensar que a la audiencia ya le aburre el circo. Basta con ver el éxito de La casa de los gemelos, con el crecimiento exponencial de su viralidad, absolutamente desbocada, para desmentir esa teoría. La colección de frikis encerrados en esa casa convierte a los personajes de Crónicas marcianas en inocentes criaturas jugando a descubrir el fuego de la mano de un Javier Sardá en el papel de pirómano fascinado ante las llamas de su propio incendio. El fenómeno social que representa esta aberración audiovisual que nos llega desde esa jungla sin reglas que son las redes sociales demuestra que no estamos ante el fin de una era dominada por los Sálvame o DeLuxe al contrario, asistimos a una vuelta de tuerca del género que pide más. Y cuando decimos más, nos referimos a las agresiones físicas, a los discursos de odio, a las bajezas más cercanas al animal que habita en cada uno de nosotros. Esto no es un circo, porque el circo es un espectáculo que merece respeto por los artistas que se entregan en cada número de acrobacias o magia. Esto es una mierda pinchada en un palo. Y ese palo va a salpicarnos a todos.
Nota relevante
Por mi experiencia como director de programas en Telecinco, puedo confirmar la profesionalidad de los responsables durante aquella época, así como su respeto a la libertad creativa de los equipos, aceptando incluso propuestas arriesgadas que otros habrían rechazado. Por ello, desde esta columna quiero agradecer a Baldo Toscano y a Oscar Fournier que apostaran por mi idea de transformar El debate de Supervivientes gracias a las conexiones en directo con Honduras, generando contenido propio para este espacio por primera vez en la historia del reality. Lo vieron claro. El éxito fue tal que nuestra ‘última hora’ en el debate se convirtió en un programa independiente el 10 de septiembre del 2000.
Y aprovecho esta anécdota para defender esa misma profesionalidad y respeto para los responsables de TVE durante la etapa de José María Aznar, basándome en mi experiencia como guionista de la gala de los Goya, sobre todo la de 2004, cuando la Academia del Cine alcanzaba su mayoría de edad y se buscaba una celebración del séptimo arte alejada de lo que había sido la ceremonia anterior, una exaltación del «No a la guerra» que rompió los puentes entre la industria y el Gobierno. Desde aquí desmiento que hubiera no ya presiones, sino indicaciones siquiera de lo que podían o no podían decir los presentadores, Cayetana Guillén-Cuervo y Diego Luna. No hubo cambio alguno de guion por petición de la cadena: ni un chiste, ni una coma. Irónicamente, sí los hubo por orden de algún miembro de la junta directiva de la Academia. Pero no lo llamemos censura no vayan a molestarse los artistas, digamos que fueron aportaciones creativas. En este caso, mi agradecimiento es para Jordi Bosch, cuyo trato fue especialmente respetuoso en su etapa como secretario general de RTVE.
