Sánchez nos fue muy 'franco' desde el principio
«No hay líder autoritario sin moralina y sin un buen relato que lo sostenga»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Conviene aclararlo desde el inicio: las comparaciones no equivalen a identidades. Franco gobernó una dictadura; Sánchez lo hace en una democracia. Esa diferencia no es menor: hoy podemos criticar al presidente sin temor a la cárcel, al exilio o al silencio forzoso (sé muy bien de lo que hablo). Precisamente por eso resulta legítimo —y necesario— hacerlo. Pero que el régimen sea democrático no significa que todas las prácticas políticas lo sean, ni que ciertas tentaciones del pasado hayan desaparecido.
Bueno, a lo que iba; dicen que Sánchez, como Trump, comparte un liderazgo polarizador y que miente más que habla; pero en realidad, aunque no se lo crean, Sánchez nos ha sido muy franco desde el principio. Desde que se deshizo de sus rivales para controlar el PSOE —dejando pasar el cadáver político de sus contrincantes y ocultando urnas en su sede— hasta cuando ha practicado la manipulación de la ascensión a los cielos del cadáver de Franco o la celebración del medio siglo sin dictador.
Nada que envidiar a los fastos que organizó el propio aludido con ocasión de sus «veinticinco años de paz». La gente ha pasado en quinta de estas ceremonias, como en su día lo hizo de las efemérides franquistas, pero nadie puede negar lo franco que ha sido Sánchez en la utilización política de estos eventos, es, y previsiblemente seguirá siendo. Entiéndanme, franco en la forma de entender el poder, no en su crueldad. Fue también franco al dividir a los españoles en buenos y malos, su «conspiración judeo-masónica» es la fachoesfera; al fabricarse un pasado a medida, su «imperio hacia Dios» el «lado correcto de la historia»; y en la construcción de su hagiografía, Franco, ese hombre es Manual de resistencia.
Cuando le convino, Franco escondió en un armario su camisa azul y se dedicó a inaugurar polos de desarrollo. Pasó de darle la mano a Hitler en un vagón de tren a darle un beso a Eisenhower en un aeropuerto. En estos cambios de opinión (no hace falta documentarlo) Sánchez tampoco le ha ido a la zaga al gallego. Su hoja de servicios es bien conocida. Pero tal vez la característica más franca de Sánchez sea su empeño en intentar pasar a la historia no solo con la reinterpretación del pasado, sino con la fatua pretensión de inaugurar una nueva era.
Lo que pasa es que, con darle la vuelta a la tortilla, como francamente desean muchos seguidores de Sánchez, lo que seguiremos teniendo son huevos y patatas revueltos. No es un buen camino ni un buen ejemplo a seguir. Con darle la vuelta a un error no se sale de él. Eso era lo que quería decir Popper cuando explicaba que la dialéctica marxista no dejaba de ser una copia invertida de la hegeliana. Poner la materia y los intereses económicos donde antes se colocaba el Espíritu absoluto y la nación alemana es algo así como emigrar del Polo Norte al Polo Sur pensando que allí haría menos frío, o creer que el comunismo de Stalin fue incomparablemente mejor que el fascismo de Mussolini, cuando en ambos polos se te podía congelar la nariz o arrugársete la conciencia en un calabozo.
«Una mayoría electoral compleja y raspada no autoriza a hacer pasar por democrático el ‘ordeno y mando’ de un presidente»
Pero ahí los tenemos, dándole la vuelta de calcetín a la «memoria histórica» y al «tema catalán». De la vana pretensión franquista de restringir su uso hemos transitado a decretar lo que se debe y no se debe hablar en Cataluña, donde y cuando; y de la Formación del Espíritu Nacional y de un pasado de «rutas imperiales caminando hacia Dios» a obligar por ley a recordar solo y exactamente lo que algunos desean recordar; a un museo moral de una sola sala.
La vieja dialéctica de tesis y antítesis, útil a veces para la retórica, pero estéril para el gobierno de una sociedad democrática, ha sustituido de nuevo al criterio fecundo del debate y el acuerdo crítico. Una mayoría electoral compleja y raspada no autoriza a hacer pasar por democrático el ‘ordeno y mando’ de un presidente. Gobernar no es vencer; es convencer (Unamuno dixit), pactar, ceder, aceptar que la verdad política rara vez pertenece por completo a una sola parte.
Toda interpretación totalitaria de la historia —ya sea para glorificarla o para condenarla a los infiernos— termina por empobrecerla. El pasado como el presente y el propio futuro no son tribunales morales inapelables ni arsenales de consignas sectarias, sino campos de experiencia de las que aprender y de proyectos que emprender colectivamente. Convertirlos en relatos unívocos, en utopías o distopías administradas desde el poder del presente, es una forma de clausurar nuestros propios horizontes.
«España no necesita más moralina ni más pedagogías de la conciencia dictadas desde arriba»
En política, como en la búsqueda científica de la verdad, el consenso no es una claudicación, sino un criterio crítico y práctico. No significa que todos tengan razón, sino que nadie la tiene por completo. «Hay algo de razón en eso que usted dice» solía argumentar Popper. Las sociedades avanzan cuando sustituyen la lógica del amigo-enemigo por la del adversario legítimo. Se progresa cuando se entiende que el desacuerdo es constitutivo de la democracia y no una anomalía que deba ser erradicada. Se avanza cuando se comprende que en un sistema abierto la alternativa al gobierno no es nunca el caos («cuidado que viene el fascismo») sino la continuidad de la democracia.
Hoy, en lugar de regañarnos por no ir a misa los domingos, se nos echa en cara que nos comamos un filete. No digo que sea bueno o malo comer carne o verdura. Puede estar bien o mal, depende de cada uno. Las instrucciones morales como los menús de un restaurante están ahí para que elijamos nosotros, no para que el dueño del local nos diga lo que tenemos que comer. Las buenas intenciones dictadas desde el poder huelen siempre a naftalina y moralina; y, sobre todo, son tan inútiles como las recetas del catecismo del Padre Astete. No hay, sin embargo, líder autoritario sin moralina y sin un buen relato que lo sostenga, y tanto Franco como Sánchez han sido maestros en administrar ambas cosas.
España no necesita más moralina ni más pedagogías de la conciencia dictadas desde arriba. Lo que necesitamos es menos épica y más prudencia democrática, menos relato y más realidad, menos dialéctica hegeliana y más convivencia democrática. Gobernar no es imponer una visión del mundo, sino hacer posible que muchas convivan sin destruirse.
