The Objective
Hastío y estío

La Nochevieja de lujo de Yolanda Díaz

«No eligió una fiesta popular en un barrio obrero, prefirió un banquete en un palacio de cristal con vistas al Atlántico»

La Nochevieja de lujo de Yolanda Díaz

Yolanda Díaz durante la gala de los Goya. | Gtres

Yolanda Díaz, la vicepresidenta segunda del Gobierno, la autoproclamada defensora de los trabajadores precarios, ha celebrado la Nochevieja en el NH Finisterre, el hotel más lujoso de La Coruña. Un menú de 300 euros por cabeza, con bogavante, buñuelos de turrón con foie y otros manjares. No eligió una fiesta popular en un barrio obrero, prefirió un banquete en un palacio de cristal con vistas al Atlántico, donde el champán fluye como el discurso populista en un mitin de Sumar. 

Qué curiosa es esta izquierda caviar. Como lo es Yolanda Díaz, hija de sindicalistas, formada en las trincheras del comunismo gallego, criticando sin piedad a los grandes empresarios, a esos señores con chistera y puro que acumulan fortunas mientras el pueblo sufre. Pero llegada la hora de la verdad, la ministra opta por emularlos. Un hotel de lujo y una cena que cuesta lo mismo que el presupuesto mensual en comida de una familia de clase obrera. ¿Dónde queda la austeridad ejemplar que debería tener un político con conciencia de clase? ¿Dónde la solidaridad con los que no pueden permitirse ni un turrón barato del Mercadona? 

Que a Yolanda Díaz le gusta vivir bien nadie lo duda. Siempre a la moda, con outfits que parecen salidos de una pasarela de Milán en lugar de una asamblea de trabajadores. No olvidemos a su hija, «agraciada» con bolsos de marca. ¿Es esto comunismo? Más bien parece una versión actualizada de la burguesía ilustrada, esa que lee a Marx por la mañana y cena en restaurantes de tres estrellas Michelin por la noche. La contradicción no es un error, sino el núcleo de su ideología. Criticar a los ricos mientras se comportan como ellos.

Pero esto no es un caso aislado, sino un patrón que se repite como un disco rayado en la historia del comunismo. Recordemos a Pablo Iglesias, ese otro profeta del reparto de la riqueza, respondiendo a Vito Quiles con una arrogancia que roza lo cómico: «Soy comunista y puedo cenar en restaurantes que tú no puedes permitirte». Ahí está la esencia de su lucha de clases: dividir el mundo entre los que pueden pagar menús de lujo y los que no, insultando a estos últimos como si su pobreza fuera un pecado personal. Iglesias, con su chalet en Galapagar, y mandando a sus hijos a un colegio privado por el que paga más de mil euros al mes, encarna el mismo doble rasero. Comunismo para ti, lujo para mí. Y si protestas, eres un envidioso, un resentido que no entiende la «necesidad estratégica» de vivir como un rey para predicar la revolución.

Porque el comunismo, queridos lectores, es esa doctrina mágica donde quienes lo predican viven a cuerpo de rey, pero quienes lo votan cada vez son más pobres o caen en la precariedad absoluta. Es un sistema perfecto para sus líderes: mansiones, viajes en primera clase, cenas opulentas, todo financiado por el erario público o por donaciones de fieles que sueñan con un paraíso igualitario. Mientras, el electorado potencial, la clase obrera, los parados, los mileuristas, se hunde en la miseria, aferrándose a esas promesas vacías. 

Este patrón se repite porque el comunismo necesita líderes que vivan de maravilla para que su electorado crea que, votándolos, llegarán a vivir como ellos. Es la gran ilusión óptica de la izquierda radical: mostrar un estilo de vida aspiracional. Mira a Yolanda, con su cena de 300 euros; mira a Pablo, con sus restaurantes exclusivos. ¿No quieres eso para ti? Vótalos, y el paraíso será tuyo. Lo que no saben los votantes es que a estos líderes no les interesa que vivan mejor. Si la clase obrera asciende, si los precarios se convierten en clase media, el chiringuito se cae. ¿Para qué predicar la lucha de clases si no hay clases oprimidas? ¿Para qué agitar banderas rojas si el rojo ya no es el color de la sangre obrera, sino el del vino caro de sus copas?

Y es que si las clases menos pudientes dejan de serlo, no tendría sentido seguir defendiendo esas ideas. Los comunistas son los primeros interesados en que siga habiendo precariedad, en que el paro muerda, en que los salarios se estanquen. Es su combustible ideológico. Sin pobres no hay revolución; sin oprimidos no hay opresores a los que culpar. El comunismo no busca abolir las clases, busca redefinirlas, con sus líderes como la nueva aristocracia. Yolanda Díaz, Pablo Iglesias y compañía, predican la virtud, pero viven el vicio.

Publicidad