Joaquín Sabina, una jubilación jubilosa
«Fue un rito colectivo, una catarsis compartida, el punto final a una vida dedicada a hacer de su arte poesía musical»

Joaquín Sabina. | Gtres
El pasado viernes, La 1 de Televisión Española, en plena programación navideña, emitió Hola y adiós, el último concierto de Joaquín Sabina en el Movistar Arena de Madrid, grabado el 30 de noviembre anterior. Fue su despedida definitiva de los escenarios tras una gira mundial que recorrió América y España con más de setenta actuaciones. Ante doce mil personas aquel día, y millones frente al televisor ese mismo día, Sabina cerró un ciclo de casi medio siglo sobre los escenarios. No fue un concierto más: fue un rito colectivo, una catarsis compartida, el punto final a una vida dedicada a hacer de su arte poesía musical.
Verle esa noche sentado en su taburete, con el bombín y una voz ronca que parece arrastrar todas las noches de Madrid, me produjo una emoción difícil de contener. El repertorio fue un repaso implacable a su mitología personal: Yo me bajo en Atocha, 19 días y 500 noches, Y nos dieron las diez, Calle Melancolía, Princesa y otras muchas. Cada canción era un puñetazo al alma, pero también una caricia. El público cantaba como si quisiera retenerlo, como si con sus voces pudiera alargar el momento. Hubo lágrimas, ovaciones interminables, una comunión absoluta entre el trovador y su gente. Ese momento único y último, irrepetible, quedó grabado no solo en las cámaras de TVE, sino en la memoria colectiva de varias generaciones.
Porque Joaquín Sabina es, desde que decidió empezar a escribir canciones, el mejor poeta que tiene España desde hace cincuenta años. No exagero. Antes de él, teníamos grandes versos en libros; con él, los poemas bajaron a la calle, se vistieron de rock, de rumba, de tango y de bolero, y se convirtieron en himnos populares. Sus letras son poemas con música: crónicas urbanas llenas de perdedores magníficos, de amores rotos, de noches eternas y mañanas resacosas. Nadie como él ha capturado la sensibilidad de lo cotidiano, esa mezcla de melancolía y vitalidad que define al español medio. Es un trovador urbano, un «flâneur» con guitarra que recorre las calles de Madrid como quien recorre su propia alma.
El rey de Madrid que tuvo que venir de Jaén para coronarse. Úbeda le dio el acento y la raíz; Londres, en su exilio juvenil, le abrió los ojos; pero fue Madrid la que lo adoptó, la que lo hizo suyo. Aquí encontró su voz, su público, su barra de bar eterna. Sabina no canta a la capital desde fuera: la vive, la sufre, la ama con esa pasión desmedida que solo se tiene por lo adoptado. Madrid le acelera el corazón, como él mismo dice, y él le devuelve el favor acelerándonos el nuestro.
Hay algo más profundo en su trayectoria que merece destacarse, especialmente en estos tiempos de trincheras ideológicas. Sabina empezó con los «ojos enrojecidos», como tantos de su generación, con la infantil ilusión de que así cambiaría el mundo. Pero con los años, la ceguera desaparece de los ojos cuando la ideología elegida ha resultado ser un fiasco y el beneficio de unos malvados. Él lo vio claro: el dogmatismo cierra puertas y ciega perspectivas. Sabina abrió los ojos y decidió ser el artista de todo el pueblo y no solo de una parte. Sus canciones no piden carné. Hablan al taxista y al intelectual, al obrero y al bohemio, al que vota a un lado y al que vota al otro. Esa libertad le ha costado críticas, pero le ha granjeado un cariño transversal que pocos logran.
Por todo ello, se merece este descanso. A sus 76 años, tras caídas literales y metafóricas, tras giras interminables y batallas ganadas y perdidas, Joaquín Sabina puede bajarse del escenario con la cabeza alta. Que viva leyendo a sus adorados poetas —Lorca, Cernuda, Neruda, Baudelaire—. Fumando cigarrillos convertidos en inspiraciones propias y ajenas. Toreando la vida como José Tomás o Morante, con una libertad ética y estética que pocos conservan intacta. Que pinte, que escriba sonetos, que haga ese último disco que promete o que simplemente mire por la ventana de su casa la vida pasar. En definitiva, disfrutando de lo que se merece: una jubilación jubilosa.
