‘La casa de los gemelos’ es ’La parada de los monstruos’ de la generación Z
«¿Por qué funciona? Porque es barato, porque es inmediato y porque no pide perdón»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hay fenómenos virales que nacen con vocación de meme y otros que, sin saberlo, vienen con una genealogía. La casa de los gemelos pertenece a esta segunda estirpe: no es solo un directo interminable de YouTube —con jóvenes mirando, comentando y donando de forma compulsiva, a golpe de pulgar, como si el dedo fuera un órgano autónomo—, es también la recuperación, con patrocinadores, de toda una tradición secular: la exhibición del desecho humano convertida en entretenimiento para las masas.
Hollywood ya conocía el potencial del género, y el director Tod Browning lo confirmó en su obra maestra de 1932. Nosotros lo hemos olvidado a fuerza de streamings. La parada de los monstruos no era una película sobre «frikis», sino sobre nosotros, los espectadores, mirándolos con una mezcla de asombro, asco y desdén. El cineasta, que venía del mundo del circo, filmó a personas con malformaciones reales y tuvo el pudor —o la crueldad elegante— de convertirlas en sujetos morales. El monstruo, en su cinta, era en realidad quien creía no serlo y contemplaba el espectáculo desde la falsa seguridad de una atalaya anclada en la normalidad.
Desde entonces, el cine ha ido afinando ese espejo. El Frankenstein de Guillermo del Toro —en Netflix parece más hijo de Mary Shelley que de la Universal— culmina la parábola: el monstruo es la criatura abandonada por una sociedad que le exige humanidad sin concedérsela. Porque el cine redime a sus monstruos, los mira de frente y les da una épica trágica, como hizo David Lynch en El hombre elefante. ¿Cómo olvidar el grito desesperado de su protagonista: «No soy un animal, soy un ser humano»?
La televisión, en cambio, aprendió otro truco. No redime: explota. Y en eso España fue pionera. Crónicas marcianas inauguró el zoológico posmoderno en los años noventa: el plató como jaula, el «friki» como moneda de cambio, el espectador como cómplice con mando a distancia. Con Javier Sardá convertido en jefe de las tres pistas y Javier Cárdenas como aprendiz de domador, se montó un espectáculo al que bautizamos como telebasura sin saber que, a pesar de todo, había límites y códigos tras un barniz de escándalo. El monstruo era un personaje, sí, pero todavía había un guion que fingía contención.
Las lolcows —esa fauna digital a la que internet ordeña hasta el agotamiento— son el siguiente estadio. No son personajes: son procesos. No actúan: reaccionan. No cobran: reciben. Y La casa de los gemelos es su ecosistema perfecto: un reality sin reality, una convivencia sin reglas, una cámara sin descanso. El espectáculo se alimenta de lo que siempre ha alimentado al «circo de los horrores»: exceso, vulnerabilidad, transgresión. Aquí, además, se añaden sustancias, gritos, violencia simbólica y una alegre ambigüedad normativa que desafía las políticas de odio de las plataformas como quien juega al escondite con el algoritmo.
¿Por qué funciona? Porque es barato, porque es inmediato y porque no pide perdón. Funciona porque los jóvenes —esos a los que se les acusa de puritanos— distinguen muy bien entre moral y diversión. O porque les da igual sacrificar una por la otra. Y porque la economía de la atención premia lo que no se puede editar. Gran Hermano prometía verdad con cámaras, pero «La casa de los gemelos» ha entregado la verdad más cruda con un chat activo. El espectador ya no vota: interviene. Ya no espera el resumen: empuja la escena.
El monstruo no está detrás del cristal; está a un botón del teclado de distancia.
Comparado con los realities clásicos, esto no es convivencia sino fricción. No hay arco narrativo, hay combustión. El presentador no reconduce los derrapes; lo que hay es una comunidad que incita a acelerar. Y eso explica su potencia y su miseria.
La potencia: la sensación de estar asistiendo a algo irrepetible.
La miseria: la certeza de que alguien pagará la factura cuando se apaguen las luces.
El cine sabía cerrar el telón, pero en YouTube no se sabe cuándo parar. Vamos cuesta abajo y sin frenos, seguros de que ganamos espectadores. Porque no se espera más de lo mismo, sino lo mismo optimizado. Más casas, más gemelos —metafóricos o literales—, más criaturas desechadas convertidas en contenido. Algún día, quizá, llegue la reacción a través del regreso a la mirada compasiva de Tod Browning por la vía del streaming. Pero ya sabemos que los monstruos no nacen, se hacen.
Nos lo descubrió el cine para alertarnos; luego la televisión normalizó su producción en serie y, finalmente, YouTube lo ha convertido en fenómeno viral y participativo. A nosotros, desde el sofá, nos queda jugar la partida con ironía y humor negro, como si no supiéramos que, al final, el monstruo acabará mirándonos a los ojos de igual a igual. Salvo que nos quede algo de dignidad y no caigamos en la trampa.
