The Objective
Análisis internacional

Le guste o no a Trump, Venezuela será una democracia

«María Corina irradia la serenidad que Mandela y Gandhi transmitían, la que emana de la rectitud de su causa»

Le guste o no a Trump, Venezuela será una democracia

La líder opositora María Corina Machado.

En octubre de 2023, conduje a mi pareja venezolana y a su hija a un colegio en Chamberí donde la oposición venezolana, esta vez en un frente unido para las elecciones, celebró una votación primaria. Las colas para votar daban vueltas a la manzana, pero avanzaban rápido. Participaron personas de todos los colores y clases sociales. El ambiente era de buen humor y determinación. En un momento dado, un joven que llevaba a su tío en una silla de ruedas se enfrentó a una larga escalera para llegar a las urnas, situadas en el sótano. El joven dudó. «Tío, no creo que…». El anciano no le dejó terminar; gimiendo insistentemente y dando instrucciones con las manos. El joven recogió a su tío y lo bajó las escaleras en brazos. Iba a votar.

Nueve meses después, estábamos a 40º frente a la estación de tren de Aluche, mi pareja de voluntaria ayudando a guiar a los votantes hasta el único colegio electoral autorizado de la Comunidad de Madrid. Para entonces, el Gobierno había descalificado a la mayoría de los ciudadanos fuera del país para votar. La Comisión Nacional Electoral estimó que aproximadamente 68.000 de 7,7 millones de venezolanos en el extranjero tenían derecho a voto. De ellos, solo unos 6.000 lograron cambiar su centro de votación al país en el que residían.

Aun así, había un flujo constante de votantes y decenas de voluntarios para saludarles y repartir aperitivos y regalos de campaña después de votar. Aún quedaba la determinación.

A finales del verano de 1979, llegué a Caracas para empezar mi primer trabajo tras la universidad como reportero en The Daily Journal, el diario venezolano en inglés. Me quedé dos años, informando sobre economía y política. Todavía me maravilla la franqueza y cercanía con la que los líderes empresariales y altos funcionarios gubernamentales venezolanos se mostraron con este joven e inexperto estadounidense.

La Venezuela que conocí y en la que trabajé era bulliciosa, vibrante, dinámica y desenfrenada, a veces con un matiz de anarquía. A menudo, la comparábamos con el Lejano Oeste americano. Las fiestas eran extravagantes y el consumo ostentoso, rampante en los relucientes nuevos centros comerciales de Caracas. «Está barato, dame dos», era el refrán atribuido a los venezolanos que regresaban de las compras de fin de semana en Miami.

Lo más importante es que Venezuela era democrática —muy orgullosamente, profundamente democrática—. En una época en la que casi todos sus vecinos tenían algún tipo de dictadura en el poder, Venezuela contaba con una tradición bien arraigada de transiciones pacíficas y democráticas. Los dos principales partidos políticos —los socialdemócratas de Acción Democrática y los democristianos de COPEI— dominaban el espectro político, aunque también participaban partidos de izquierdas más radicales como el Movimiento al Socialismo.

Pero la democracia iba más allá de ser un sistema de gobierno; para cuando llegué, ya formaba parte de la identidad de los venezolanos. Los diferenciaba, colocaba a Venezuela en igualdad de condiciones con los principales países del mundo desarrollado y cumplía el sueño de Simón Bolívar de un continente libre y democrático. Tallada en la entrada de uno de los túneles por los que pasaban los visitantes para entrar en Caracas estaba la advertencia profética de Bolívar: «Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él a mandarlo; es ahí donde se originan la usurpación y la tiranía». (Hugo Chávez lo reemplazó más tarde por «Patria, socialismo o muerte»).

Mirando hacia atrás, las semillas del chavismo ya se estaban sembrando. Junto a la exuberancia, existía una sensación de frustración nacional porque, a pesar de toda su riqueza, el país seguía arrastrando lacras en la educación, la nutrición y el desarrollo. En 1989, pocos años después de que me fui, un aumento en los precios de la gasolina fue suficiente para desatar tres días de disturbios violentos, conocidos como «el caracazo», que resultaron en una dura represión militar. El primer intento de golpe de Chávez llegó apenas tres años después.

Venezuela está ahora en su vigésimo séptimo año de chavismo. Una cuarta parte del país ha huido de la opresión, la corrupción, la pobreza y la desesperanza que ha ofrecido el régimen. Sin embargo, a pesar de las elecciones robadas de 2024, a pesar de tantos intentos fallidos y esperanzas frustradas, hay muchas razones para pensar que los venezolanos siguen creyendo en la democracia. En 2024, el 60% de los venezolanos encuestados por Latinobarómetro manifestó apoyar la democracia, un resultado significativamente superior al de Colombia, Brasil, México, Perú o Ecuador. Solo Argentina, Uruguay y Costa Rica obtuvieron mejores puntuaciones.

Quizá no sea sorprendente que esta cifra haya bajado respecto a años anteriores, pero durante mucho tiempo, incluso cuando sus ciudadanos huían, los venezolanos creyeron en la democracia a las tasas más altas de Latinoamérica, por un amplio margen.

María Corina Machado no necesita que se le recuerde esto mientras se prepara para reunirse con Donald Trump en Washington esta semana. He defendido su acercamiento a Trump en los últimos meses como necesario ante la urgente necesidad de Venezuela de deshacerse del usurpador Nicolás Maduro. Su dedicatoria del Nobel a Trump, incluso sus comentarios sugiriendo interferencias en las elecciones estadounidenses de 2020, los he considerado necesarios para mantener al niño-en-jefe de su lado.

Pero debería quitarse los guantes en Washington esta semana. Como suele ocurrir con los autócratas, Trump se está pasando de frenada en Venezuela con declaraciones imprudentes e incoherentes. Se ha negado a exponer su visión de la transición más allá de declararse presidente en funciones y expropiar los envíos de petróleo. Está claro que Trump prefiere mil veces una dictadura dócil y corrupta antes que una democracia vibrante y llena de esperanza. Creo que está subestimando la determinación democrática del pueblo venezolano.

María Corina irradia el tipo de serenidad que Mandela y Gandhi transmitían, la que emana de la certeza de la rectitud e inevitabilidad de su causa. Los observadores de Trump saben que exige halagos, pero también que detecta a los aduladores y no los respeta. María Corina debería mostrar más su aura de Mandela y Gandhi cuando vaya a la Casa Blanca y dejar de lado el servilismo de los dirigentes de la FIFA.

En aquella vergonzosa reunión en la Casa Blanca hace 11 meses, Trump le dijo a Zelenski que el presidente ucraniano «no tenía las cartas». Resulta que Zelenski sí tenía cartas, unos 38 millones de ellas. María Corina debería recordar sus 30 millones de cartas cuando se reúna con Trump.

¡Gloria al bravo pueblo!

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