¿Qué está pasando en la Casa del Rey?
«El prestigio de la Corona no hace más que soliviantar el ánimo egocéntrico de Sánchez»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Contaré una historia: apenas solventado de aquella manera, o sea muy insuficientemente, el golpe de Estado de 1981, un personaje muy relevante de la Casa del Rey Juan Carlos nos llamó a otro periodista, entonces director de un diario de Madrid, y a mí mismo, a la sazón cronista político de ABC, para pedirnos una gestión: reunir a los máximos columnistas del momento para, textualmente: «Ver —lo dijo con retranca asturiana— cómo tratar a la fiera». Se supone que la «fiera» eran los militares y los civiles que, o habían apoyado directamente la involución armada o se habían constituido en prevengan, en vigilantes de la playa tormentosa que era la característica más notable de nuestro país.
Le hicimos caso sin otro interés que constatar cómo respiraba cada quién, y nos reunimos en una cena numerosa a lo largo de la cual cada uno fue expresando su opinión y su pronóstico. Pues bien: aquello estuvo a punto de terminar como el Rosario de la Aurora porque, para nuestra sorpresa, destacaron la mayoría de los que se ofrecían a una especie de tregua con los rescoldos golpistas que quedaban del 23 de febrero. Todo eso sucedió hasta que un periodista, Ramón Pi, que escribía en La Vanguardia —en ese momento diario español—, se expresó de esta guisa: «¿Sabéis lo que os digo? Pues que ponerse de rodillas ante estos solo garantiza que, en vez de darte una patada en los cojones, te la den en la barbilla». Más o menos allí terminó la presente historia.
No corremos, afortunadamente, tiempos como aquellos, pero el Gobierno de Sánchez ha instalado el miedo (tienen Hacienda) universalmente en España, de modo que, del Rey abajo, casi todo el personal se las mide muy tiesas a la hora de oponerse a los designios comunistas del sujeto. Parecería como si tampoco en este trance quisiéramos «despertar un poco más a la fiera». Un ejemplo, comprendo que comprometido, refrenda esta impresión.
Hace unos días, y al referirse a los sucesos de Venezuela, Sánchez, su ministro de Asuntos Exteriores, el mínimo Albares, y posteriormente el propio rey Felipe VI, coincidieron sospechosamente en tildar de «retenidos» a los centenares de presos que todavía acribilla en sus mazmorras el asesino Maduro. La concurrencia entre ambos ha sembrado el estupor en unos pocos —pocos— analistas de la actualidad. Y es que, que se recuerde, NUNCA, con mayúsculas, la Zarzuela y la Moncloa habían utilizado términos idénticos para calificar un acontecimiento o para emitir una opinión.
La verdad, y con todo respeto a la Corona, esa sincronía ha producido un enorme escándalo. Somos conscientes de que, desde siempre, las intervenciones más sonoras de nuestro Monarca son fiscalizadas por la Presidencia, de forma que ahora el rey Felipe y antes su padre Juan Carlos han tenido que someter sus palabras a la aprobación del jefe del Gobierno de turno. No nos acordamos, sin embargo, de que en alguna otra ocasión ambos Palacios hayan utilizado el mismo vocablo para calificar un determinado comportamiento. «Retenidos». NUNCA. Menos aún para hacer referencia a un momento tan comprometido como el que estamos cumpliendo ahora mismo.
Por tanto, caben tres preguntas: ¿es que ciertamente Zarzuela y Moncloa califican propiamente de «retenidos» y no «detenidos» a los mil y pico venezolanos que durante años han sido, lo son aún, presos del régimen chavista? ¿Existe alguna razón de gran peso internacional para adjetivar así, «retenidos», a estas personas, muchas españolas, víctimas de ese criminal? ¿Ha sido Pedro Sánchez quien ha impuesto al Rey tal concomitancia? Y: ¿este individuo y el propio Felipe VI piensan de verdad que los reclusos a la fuerza solo merecen el título blando de «retenidos»?
Sabemos que estas interrogantes no tendrán respuesta por ninguna de las dos casas. Tampoco por la del Rey. Por lo que es evidente que esta casa se conduce ahora con más templanza y exquisito cuidado que en los momentos primeros del mandato de Camilo Villarino. En aquellos mantuvo algunos choques con el que era jefe del Gabinete del presidente, Óscar López, ministro de no se sabe qué ahora, y con el citado Albares, un sectario de tomo y lomo que había negado a Villarino el «plácet» como embajador en Moscú.
Pues bien: las desavenencias parecen haber menguado o, por lo menos, así se deduce de episodios como el relatado. Desde luego, las actuaciones del Rey se miden con enorme meticulosidad y ensañamiento en la Moncloa. Algunos tenemos la impresión de que los cientos de habitantes de este caserón escudriñan a diario todos los movimientos del jefe de Estado por ver si este traspasa una raya roja, por lábil que sea, que pueda ser usada como argumento contra la propia existencia de la Corona. Así están las cosas y este cronista cree que no exagera.
Sabino Fernández Campo, el mejor jefe de la Casa que nunca haya tenido la Monarquía, solía afirmar literalmente que «al Rey no se le puede poner ni tan alto ni tan bajo que no se le pueda ver». Es posible que la popularidad de nuestro Monarca esté disparada aquí mientras, sin embargo, no hace más que recibir patadones en el hígado por parte de Sánchez; el último, su ausencia desdeñosa en el Día de la Pascua Militar.
El prestigio de la Corona no hace más que soliviantar el ánimo egocéntrico de Sánchez, que trata de convertir al Rey en un guiñapo totalmente prescindible en la España actual. Él pretende ser presidente de la III República y todos debemos entender que ese es su objetivo irrenunciable. Por eso, la pregunta inicial nos la debemos plantear todos los que trabajamos en el tablero de la política nacional: ¿por ponernos de rodillas vamos a evitar las continuas coces de este sujeto indeseable? Lo dicho: del Rey abajo ninguno estamos libres de estas agresiones. Complacer a este psicópata con cesiones como la descrita solo asegura que el zurriagazo lo perpetre en la boca y no en el bajo vientre. Por eso, última y primera pregunta: ¿qué está pasando en la Casa del Rey?
