The Objective
Contraluz

La 'leal oposición' de Vox

Con la ayuda de Abascal, Sánchez mete en las llamas del infierno de la ‘extrema derecha’ a todo el que se le opone

La ‘leal oposición’ de Vox

Ilustración de Alejandra Svriz.

Algunos aún recordamos —memoria histórica no subvencionada— cómo en las primeras legislaturas de Felipe González la concesión del marchamo de «oposición leal» a la antigua Alianza Popular (AP) de Manuel Fraga no fue un gesto de grandeza democrática, sino una operación política finamente calculada. Una obra de ingeniería institucional destinada a eliminar cualquier competencia seria al PSOE por el centroizquierda mientras se decoraba el sistema con una derecha claramente rechazable.

La jugada era brillante en su simplicidad. Se trataba de convertir al heredero del posfranquismo «reformista» en un adversario visible, solemne y permanentemente indignado (igual que Abascal), pero electoralmente inofensivo. Porque, seamos serios: ¿quién iba en los años ochenta a incrementar los votos de Fraga y de los sucesores de los célebres siete magníficos, exministros de Franco recién reciclados en demócratas?

González lo entendió enseguida. Por eso evitó cuidadosamente el discurso de los «ilegítimos herederos del franquismo», la descalificación moral de Fraga y la dialéctica de vencedores y vencidos. No convenía destruir al adversario: había que conservarlo. No me extraña, por tanto, que, pensando en el futuro del PSOE, hoy eche las muelas viendo lo que está haciendo su sucesor en el cargo. Pan para hoy y hambre para mañana.

El truco incluía una segunda parte, aún más elegante: hacer desaparecer del mapa al resto invisibilizándolos. Comunistas, centristas, liberales, democristianos… todos esos partidos que, casualmente, sí se parecían bastante al país real. No fue generosidad democrática; fue clausura del mercado político, neutralización de la posible competencia electoral. Conviene recordarlo: la España de los años ochenta era —y la de hoy sigue siéndolo— mayoritariamente de centroizquierda, europeísta y socialdemócrata. En ese paisaje, la AP de Fraga estaba tan descolocada como un pingüino en el Sáhara. El verdadero peligro para el PSOE no era esa derecha «imposible», sino el centro liberal-reformista y los herederos del eurocomunismo.

La UCD ya había demostrado —antes de desintegrarse con estrépito— que se podía gobernar España sin la izquierda y sin la derecha dura. Miel sobre hojuelas para González, que vio despejado el campo para su proyecto hegemónico. El broche lo puso el propio Fraga cuando, en un alarde de estrategia suicida, se abstuvo en el referéndum de la OTAN. Atlantista convencido, decidió hacerse el interesante. Resultado: el PSOE se quedó con el sí, con el Estado y con la Historia, y AP con cara de póker mal jugado.

«Con la ayuda inestimable de Abascal, Sánchez logra que la derecha vuelva a ser radiactiva»

La clave no fue moral sino un juego pragmático de poder. En términos casi schmittianos: el enemigo útil es el que nunca puede vencer. Con perspectiva histórica, hay que reconocerlo, el resultado fue incluso razonablemente benévolo. La democracia se estabilizó, la derecha se domesticó y el PSOE pudo modernizar el país sin demasiadas molestias. El precio fue evidente: empobrecer las alternativas. Así pasamos de la pluralidad un tanto caótica de la Transición a un duopolio narrativo perfectamente administrado: el PSOE como único Gobierno posible y la derecha de Fraga como oposición inevitable, solemne e indeseable. ¿Les suena el esquema?

Nada esencial ha cambiado. Hoy Pedro Sánchez ha perfeccionado el modelo. El papel de «oposición leal» lo interpreta Vox, con un entusiasmo digno de aplauso. Este espantapájaros funciona de maravilla: asusta a votantes de centro, moviliza a la izquierda y permite presentar al PP como una amenaza medieval con corbata moderna. Con la ayuda inestimable de Abascal, Sánchez logra que la derecha vuelva a ser radiactiva. A la hora de votar, este maravilloso espantajo puede funcionar tanto para votantes de centro como de izquierda.

La ironía es deliciosa. Cuando AP se convirtió en el PP, se desplazó al centro, administró buenas dosis de desodorante a su franquismo y acabó gobernando. El diseño de González terminó produciendo su propio relevo. Desde entonces, el PSOE —con Zapatero, con Sánchez y hasta con el último Felipe (recordemos la campaña electoral del dóberman)— ha intentado encerrar a la derecha en la caverna original en la que estuvo en la Transición.

Hoy Sánchez sigue con fervor la tradición de «la leal oposición». Con la ayuda de Abascal, mete en las llamas del infierno de la «extrema derecha», un día sí y otro también, a todo el que se le opone. Debería cantarle cada mañana al líder de Vox eso de «sin ti, no soy nada». El problema es que sin alternancia no hay democracia, y que el bloqueo sistemático del sistema político suele acabar mal.

«El presidente aún guarda otra carta: la lealtad de esos pequeños partidos que confunden la estabilidad institucional con la nómina»

¿Funcionará esta vez? Esa es la gran pregunta. Sánchez tiene en contra un detalle incómodo: el PP de Feijóo cuenta con una larga trayectoria de gobiernos centristas, reivindica a Suárez y gobierna hoy —paradojas de la «indi-gestión» sanchista— en la mayoría de los pueblos y ciudades de España sin que hayan reaparecido yugos, flechas ni desfiles marciales las fiestas de guardar.

En su partida de póker, el presidente aún guarda, no obstante, otra carta: la lealtad de los opositores de pega (su otra «leal oposición»), esos pequeños partidos que confunden la estabilidad institucional con la nómina a final de mes. La ocasión, como siempre, la pintan calva.

Las consecuencias de este fantástico negocio de la «oposición leal» pueden ser, esta vez, francamente desagradables. Si la mano invisible transformó el maquiavelismo de González en modernización, no está escrito que vuelva a hacerlo. Puede que los malabarismos y marrullerías de Sánchez nos lleven ahora por peor camino. Tal vez necesitemos otra vez que «lo invisible» nos eche una mano. Aunque, para que lo haga, me temo que no servirán rogativas a la Virgen ni al Apóstol Santiago, patrón de España, sino pensarlo bien a la hora de meter nuestra papeleta en la urna. 

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