Una organización criminal llamada PSOE
La corrupción es el funcionario que se lleva una comisión; esto es otra cosa

Ilustración de Alejandra Svriz.
La UCO ha tenido a bien calificar como «organización criminal» al partido que nos gobierna. Agradezco el término, porque es la descripción técnica y forense de una realidad que ha secuestrado las instituciones. A menudo, la palabra «crimen» nos evoca el asesinato, pero aquí no hablamos de delitos de sangre —aunque el PSOE ya mató en el pasado y nada garantiza que no sea capaz de volver a hacerlo—; ni siquiera hablamos de mangonear dinero, el deporte tradicional de los partidos. Hablamos de delitos propios de una estructura mafiosa, de una estructura criminal.
Según cuenta Eduardo Inda —bueno, en realidad se lo ha contado Koldo—, en la sede de Ferraz había armas: una escopeta y dos pistolas sin número de serie, probablemente adquiridas en el mercado negro. La historia que sigue es de novela negra: Se le pidió a Koldo que se deshiciera de ellas. Y lo hizo. Koldo García, siempre obediente y disciplinado, el hombre para todo, viajó a una zona fronteriza entre Vizcaya y Guipúzcoa, empuñó un soplete y se puso manos a la obra. Su misión no fue arreglar una tubería (para eso ya tenemos a la fontanera Leire), sino desintegrar la historia de unas armas diseñadas para matar sin dejar rastro. La orden, según confesó el propio ejecutor sabiendo lo que se jugaba, vino del vértice de la pirámide: «Sánchez me ordenó destruirlas». ¿Cabe alguna duda de la naturaleza de la organización?
Si esto fuera una serie de Netflix, el típico listillo impugnaría el guion de la película por inverosímil, por forzado. Pero estamos en la España de 2026 y la realidad nos está helando la sangre, como bien vaticinó Álvaro Nieto cuando saltó la Operación Delorme. Lo que hemos presenciado en estos últimos ocho años no es una sucesión de casos aislados, esos desfalcos que solíamos tolerar con resignación mediterránea. El PSOE de Pedro Sánchez, el que robó unas primarias para llegar al poder, no ha tenido casos de corrupción; ha operado como una mafia. Y la diferencia es sustancial: el corrupto roba dinero; el mafioso se adueña del sistema antes de formar parte de él.
Hablamos de sedes funcionando como lavanderías industriales, donde entraban bolsas de plástico con miles y miles de euros camuflados en papel —la técnica de la cebolla descrita por Carmen Pano—. «Le esperan en la segunda planta», decían. Y allí subía el dinero negro de hidrocarburos y mordidas. La autopista de blanqueo que describe el Supremo no es un error contable, es una estructura bien engrasada. Esos billetes de 500 euros, esas «txistorras», esos «soles», esas «lechugas», esa cultura del cash que tanta gracia le hacía a los administrativos de Ferraz: «¿De dónde lo sacas? ¡Ja, ja!», dibujan un escenario propio de Los Soprano, no de la socialdemocracia nórdica.
Pero el dinero es solo el lubricante. Lo verdaderamente aterrador es la violencia. Porque sí, además de sustraer la plata, ha habido plomo. ¿Con armas parecidas a las que destruyó Koldo, quizás? El tiroteo al Audi A8 de Víctor de Aldama —vehículo que en su día fue utilizado para llevar a Sánchez a citas discretas— no fue un accidente, fue un mensaje. ¿De quién? No sabemos, pero podemos albergar fundadas sospechas. Tres impactos de un calibre 22, típico de sicarios para dar avisos. En el código del hampa, disparar al coche del jefe es la advertencia final antes de la guerra, una cabeza de caballo entre las sábanas. Aldama calló porque, en un Estado capturado, la víctima sabe que el uniforme azul puede obedecer al mismo amo que el sicario.
La violencia e intimidación se han extendido al entorno de sus rivales. El círculo de Isabel Díaz Ayuso sufrió una campaña de allanamientos coordinados: el vehículo de su novio Alberto González Amador fue abierto mientras estaba estacionado en su lugar de trabajo. Los intrusos no se llevaron tarjetas de crédito ni el dinero que había en el interior. Las viviendas de varios de los abogados de González Amador y de su arquitecto también fueron asaltadas en fechas coincidentes. Ladrones profesionales, con guantes y rostros cubiertos, que ignoraron joyas y dinero para llevarse exclusivamente material informático y datos de la defensa. Un patrón idéntico al sufrido por la exmujer y la hija de José Luis Ábalos: robo de ordenadores y móviles, despreciando otros objetos de valor.
Mientras todo esto sucedía, el aparato del Estado se dedicaba a cazar a los buenos: periodistas, jueces y órganos policiales. La operación Leiregate es quizás el episodio más sórdido de todos: el Gobierno conspirando para incriminar a la policía judicial (UCO) que investiga sus crímenes, llegando a difundir bulos sobre bombas lapa preparadas por la Guardia Civil. «Necesito a Balas», repetía en las grabaciones como una obsesa la fontanera Leire Díez. Han intentado destruir a la única institución que, junto a un puñado de periodistas de investigación y jueces quijotescos, se interpone entre la democracia y este Estado criminal.
Armas, fajos de billetes, amenazas… Burdeles, putas, cocaína… El caso Tito Berni no es una anécdota, es la radiografía del alma del partido: diputados que votan abolir la prostitución por la mañana y celebran sus corruptelas en burdeles por la noche. O los negocios oscuros de la familia de Begoña Gómez, lupanares encubiertos bajo la vigilancia de las cámaras de Villarejo, donde se prostituían menores de edad. Y donde Begoña pagaba con sobres en efectivo. La repugnancia que Sánchez dice sentir ante los audios machistas de sus subordinados no es creíble cuando él mismo ha ascendido y se ha enriquecido gracias a la prostitución y a la trata de personas. El feminismo del PSOE se ha revelado como una estafa de cartón piedra: mucha pancarta morada hacia fuera y una estricta omertà mafiosa hacia dentro. Mientras daban lecciones morales al país, en sus despachos se trituraban denuncias de acoso y se protegía a los agresores.
Pero ¿quién maneja los hilos de todo esto? En la penumbra se adivina la figura de José Luis Rodríguez Zapatero. Jesús Cacho lo señaló como «el español más peligroso». Mientras un demacrado Sánchez trata de disimular mientras se dibujan muecas forzadas en su cara de hormigón, Zapatero opera en las zonas muertas. Como en El Pardo, donde se reunió en una zona sin cobertura con el empresario de la trama venezolana de Plus Ultra minutos antes de las detenciones policiales. Con bolsas de documentos que muy probablemente fueron destruidas. Hasta nos hemos enterado de que Zapatero ya usa el mismo tipo de móviles prepago que usan los narcos. Él es el gran muñidor, el nexo entre el oro de sangre de Maduro, las maletas de Delcy y la Moncloa. Zapatero es quien eleva esta mafia local a la categoría de sucursal de un cártel internacional.
Es así de crudo. El PSOE ha dejado de ser un partido político convencional para transmutar en una maquinaria de poder con dinámicas puramente gansteriles. Cuando una organización almacena armas en su sede, trafica con maletas en aeropuertos, se reúne en zonas sin cobertura, recibe bolsas de efectivo en dobles fondos y, presuntamente —entremos aquí con cautela en el terreno de la especulación necesaria—, tirotea coches blindados o allana moradas, ya no hablamos de corrupción. La corrupción es el funcionario que se lleva una comisión; esto es otra cosa. Esto es la captura del Estado por una banda organizada que ha decidido que el Código Penal es, simplemente, un obstáculo burocrático a demoler.
El miedo ha cambiado de bando, o eso intentan. Koldo amenaza con que caerán todos. Aldama también. No nos engañemos más: esto no es política. Han tomado la Fiscalía, el CIS, Correos, el Constitucional e Indra no para gobernar, sino para protegerse. Han convertido el Estado en su patrimonio y la ley en su escudo. Y el humo negro de sus incendios todavía no nos deja ver la magnitud real de las ruinas que nos van a dejar.
