¿Y si fuera un asunto psiquiátrico?
«Tras hablar esta semana por teléfono con Delcy, Trump ha declarado estar ‘encantado’ con ella»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Apenas se conocen datos sobre la salud mental del actual presidente de Estados Unidos. A juzgar por los actos de su primer mandato (2017-2021) y, sobre todo, de este primer año de su segunda etapa tras ser derrotado por Joe Biden en 2020, no son pocas las dudas sobre el equilibrio emocional de Donald Trump, el individuo más poderoso del mundo occidental, que en pocos meses cumplirá 80 años.
Es complicado entender fuera de su propia lógica —evidentemente— sus amenazas y la aplicación de medidas proteccionistas, su bombardeo a Irán con la complicidad de Israel el pasado junio, su acción en Venezuela para sacar del poder al tirano Nicolás Maduro, sus nuevos avisos a Teherán para detener la represión sangrienta de las autoridades islámicas radicales y la última ocurrencia: apoderarse de Groenlandia, isla autónoma perteneciente desde hace tres siglos a Dinamarca, país miembro de la Alianza del Atlántico Norte (OTAN), organización de la que forma parte Estados Unidos, creada tras la Segunda Guerra Mundial para hacer frente al comunismo de la Unión Soviética y sus satélites, congregados en el Pacto de Varsovia.
Ya lo ha dicho claramente a los daneses y a los aliados de la OTAN: solo hay dos opciones, la invasión militar o la compra del territorio. Y él ya ha puesto precio: entre 600.000 y 700.000 millones de dólares, a negociar. Considera la isla vital —Estados Unidos mantiene ya una pequeña base en el norte— por razones de seguridad, ante un eventual ataque de Rusia y China. Prácticamente toda la superficie de la mayor isla del mundo está cubierta por hielo y su población, unos 59.000 habitantes, vive principalmente de la explotación pesquera, aunque el territorio dispone de recursos minerales, gas y petróleo.
¿Pasaría fácilmente Trump un examen psiquiátrico? Y, sobre todo, ¿quién de sus colaboradores, parlamentarios o empresarios le recomendaría acudir a un psiquiatra o a un psicólogo si la situación fuera grave? «¿Quién se lo dice? Yo no, tú». ¿Tiene depresiones, inseguridades o simplemente no le da tiempo a tenerlas? ¿Recibe medicación?
Donald John Trump es un individuo que padece un narcisismo paranoico que, lejos de atenuarse, se agudiza con el tiempo, además de ser misógino y obsesivo sexual. Ha sido el primer presidente estadounidense acusado y condenado por un delito sexual.
¿Cuántas palabras conforman el vocabulario de Trump? No muchas, a juzgar por cómo se expresa. Carece de formación intelectual sólida, pese a contar con una licenciatura en Derecho; aunque es hábil y astuto para los negocios. Menosprecia la diplomacia y actúa conforme a su vehemencia y a sus raíces: las de un magnate inmobiliario, con un padre de origen alemán que lo despreciaba y le encargó la empresa al hacerse mayor, y una madre por la que sentía un profundo y recíproco cariño.
Es conocido cómo conquistaba a las mujeres: con dinero todo lo podía. Se ha casado dos veces y, curiosamente, ambas esposas procedían del Este europeo. Más de 75 millones de estadounidenses votaron por él en las elecciones presidenciales de noviembre de 2024. Algunos analistas sostienen que el magnate neoyorquino no tiene pliegues, que es exactamente lo que muestra su comportamiento. A diario se observa su apasionamiento, a veces irreflexivo y subrayado con mayúsculas, en los mensajes que escribe en su red social, Truth Social.
En este segundo mandato parece escuchar algo más a sus asesores y leer, al menos, la primera página de los dosieres que le preparan. Si fuera por él, cualquier cosa que le importunase o le encaprichara tendría una respuesta inmediata y sin matices, porque el inquilino de la Casa Blanca odia los matices. Prefiere que le expongan los pros y los contras sin demasiada palabrería y, a ser posible, que encajen con sus gustos.
En el caso de Venezuela, la muerte política del dictador Maduro fue una crónica anunciada, trasladado en una operación militar relámpago este mes a una penitenciaría de Nueva York junto a su esposa, ambos acusados de narcoterrorismo. Trump, asesorado en esta ocasión por el secretario de Estado, Marco Rubio, de origen cubano, aceptó no desmantelar por el momento el régimen chavista al comprobar que no existían fisuras en el Ejército. El precio habría sido un baño de sangre similar al que se vive en Irán.
Si se analiza la conducta del líder republicano, abundan los gestos contradictorios. Es evidente —y así lo ha confesado sin ambages— que el ataque persigue principalmente intereses económicos, para favorecer a las petroleras multinacionales, en especial a las estadounidenses, en la gestión de la explotación de crudo. En segundo plano queda el regreso de Venezuela a la democracia y la celebración de elecciones presidenciales.
Al parecer, las últimas elecciones, ganadas ampliamente por el tándem Edmundo González-María Corina Machado, no satisfacen a la Casa Blanca, que ha optado por una transición más estable con figuras destacadas del régimen de Maduro, como la antigua vicepresidenta Delcy Rodríguez, su hermano Jorge —presidente del Parlamento— y el poderoso ministro del Interior y Justicia, Diosdado Cabello.
Paradójicamente, los Rodríguez figuran en la lista de políticos venezolanos sancionados por la Unión Europea. El nombre de Delcy saltó a la palestra en 2020 cuando intentó aterrizar en Madrid sin autorización, supuestamente sin conocimiento del nuevo Gobierno de Pedro Sánchez. La hoy vicepresidenta interina, gran amiga de José Luis Rodríguez Zapatero, José Luis Ábalos, Koldo García y Víctor Aldama, pretendía reunirse con Sánchez para abordar la deuda con empresas españolas. Nada se sabe aún del voluminoso cargamento de baúles que transportaba en su avión oficial.
Tras hablar esta semana por teléfono con Delcy, Trump ha declarado estar «encantado» con ella, ya que cumple, de momento, todo lo que le exige. Ella también lo ha ensalzado. En cambio, la dirigente opositora Machado ha recibido en la Casa Blanca un trato bastante más frío. El presidente, siempre proclive a utilizar grandes adjetivos con sus interlocutores —para luego desdecirse, como ocurrió con el líder norcoreano Kim Jong-un—, ha dicho que es una mujer «muy simpática» y le ha agradecido el gesto de regalarle la medalla del Nobel de la Paz, concedido en octubre pasado a la dirigente opositora venezolana. Trump, fiel a su estilo de dar patadas a la diplomacia, ha confesado que fue una gran injusticia que el galardón no se le concediera a él.
En Irán, la situación sigue siendo muy confusa, aunque parece que las manifestaciones y la represión se han atenuado. Amnistía Internacional cifra en cerca de 3.000 los muertos en una de las protestas sociales más importantes de los últimos 15 años, superior incluso a las derivadas de la fraudulenta reelección de Mahmud Ahmadineyad en 2009.
Trump, en el momento más álgido de la represión, animó a los iraníes a continuar en la calle y «tomar nota» de los agentes que disparaban y asesinaban. Su idea era repetir un ataque aún más contundente que el de Venezuela. El vicepresidente, J. D. Vance, un joven exsenador más radical incluso que su jefe, logró disuadirlo esta vez, advirtiendo de las consecuencias en un régimen teocrático de islamistas radicales: responderían con un baño de sangre, justificándolo por la implicación de Estados Unidos e Israel.
Tampoco en Irán existen, por ahora, fisuras en el Ejército ni en los temidos Guardianes de la Revolución, pese a que el líder supremo, Alí Jamenei, de 87 años, está enfermo tras 35 años en el poder desde la muerte del ayatolá Jomeini. Jamenei acusa de ser «enemigos de Dios» a quienes protestan. No se vislumbra sucesor, ni oposición visible más allá del hijo del sah, Reza Pahlevi, quien pretende restaurar la monarquía y vive en Estados Unidos desde hace más de media vida.
Lo cierto es que la sociedad iraní se ha levantado por el encarecimiento de los precios, una inflación del 50%, un desempleo desbocado —especialmente juvenil— y una corrupción incontrolable. Por razones muy similares cayó el último sah en 1979 y llegaron al poder los clérigos islamistas. A la cabeza emergió un anciano y hasta entonces desconocido ayatolá, exiliado en Francia, llamado Ruhollah Jomeini.
