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Julio Iglesias, en capilla

«Julio Iglesias ha entrado en capilla, paso previo a su ejecución, su muerte civil o su cancelación»

Julio Iglesias, en capilla

Julio Iglesias en una imagen de archivo. | Gtres

Julio Iglesias se encuentra en el epicentro de una perturbación provocada por las acusaciones de acoso y agresión sexual de que le han hecho víctima dos antiguas trabajadoras de su casa en denuncia pastoreada por Women’s Links Worlwide, una organización feminista radical estadounidense. No conozco los pormenores del caso, lo que me impide tomar una posición moral, pero nada de lo humano me es ajeno, que dijo Terencio o, dicho de otra manera, es difícil que me sorprenda nadie, porque los humanos no somos más que una porción del «material con que se hacen los sueños», según escribió Shakespeare en La tempestad, cita que recogió afortunadamente John Huston al final del El halcón maltés.

Es evidente que la chusma aglutinada en la izquierda ha proclamado, contra su propia biografía, una moral universal ad hominem que solo tiene en cuenta la orientación ideológica del justiciable, nunca los hechos comprobados, y que bajo esa moral habríamos sido condenados todos en algún momento de nuestras vidas, pienso en aquel título tan explicativo de François Truffaut, Besos robados.

Así pues, no pontificaré sobre el fondo del asunto hasta que la Justicia se pronuncie, es decir, hasta que jueces profesionales hayan considerado que las denuncias están sustentadas en pruebas que demuestran una violación del Código Penal. En caso contrario es de esperar que ese acierto estratégico del cantante al fichar a José Antonio Choclán, seguramente el mejor penalista de España, se vuelva contra los que han sentenciado a Iglesias sin otra base que dos testigos que van a ser tratadas por la Fiscalía como testigos protegidas sin que sepamos quién las amenaza. La sentencia ya ha sido condenatoria: Julio Iglesias ha entrado en capilla, paso previo a su ejecución, su muerte civil o su cancelación, como se dice en estos tiempos tan desdichados y tan ayunos de lógica y equidad. Choclán fue el defensor del caso Gürtel que acabó con la carrera judicial de Baltasar Garzón por haber vulnerado el secreto de las comunicaciones entre un procesado y su abogado, no digo más.

En esta vida me he llevado algunas sorpresas como para hacer apuestas sin pruebas. Por ejemplo, el día en que Luis Roldán, aquel tipo que había parecido un eficaz director de la Guardia Civil con la detención de la cúpula de ETA en Bidart, se nos reveló como un falsario, que había mentido dos títulos universitarios de Ingeniería y Economía sin tener ninguno, que había robado mediante el cobro de comisiones por obras en cuarteles y el saqueo de los fondos reservados, así como el expolio de los huérfanos del cuerpo. Fue condenado por cinco delitos, miren, tantos como los que tienen imputada a la mujer del presidente del Gobierno: malversación, cohecho, estafa, fraude fiscal, y falsedad documental. También me chocó que altos cargos del Ministerio del Interior socialista organizaran una banda terrorista para combatir al terrorismo y que tras secuestrar a Segundo Marey, tomándolo por etarra, se plantearan asesinarlo para cubrir su responsabilidad.

En fin, tengo muchos casos en la memoria, pero solo citaré uno más: ¿cómo no asombrarse cuando el dirigente socialista vasco Jesús Eguiguren fue condenado por agredir a su mujer, Assunta Zubiarrain? Como uno ya estaba curado de espanto para entonces, cuando le fue encomendada la misión de negociar con el jefe de ETA, creyó que había sido para que se sentara frente a Josu Ternera con el paraguas en una mano y un zapato en la otra y conseguir que su antagonista se viniera abajo.

El caso es que en la España de ahora mismo, Julio Iglesias se ha convertido en el chivo expiatorio idóneo, animal que, como dijo con fortuna Carlos Rodríguez Braun, es el mejor amigo del hombre. Sobre todo, si es de izquierdas, habría que añadir. Ha sido impresionante la exhibición de ministros, periodistas del régimen y líderes de la izquierda del PSOE, como Sumar y Podemos que se han precipitado en la condena. Habían ignorado previamente las denuncias contra los suyos: esa Yolanda que protegió a un asesor acusado de pederastia, ese Errejón a punto de sentarse en el banquillo cuya pareja no percibió durante siete años su querencia, esa Montero cuyo novio confesaba ser un marxista convertido en psicópata y citaba a las alumnas en los váteres de las discotecas o el Monedero que les metía mano al menor descuido.

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